Sin foto ni certezas, el Presidente intenta blindar a su jefe de Gabinete en medio de denuncias, sospechas de corrupción y una caĆda abrupta de imagen.
La escena es tan elocuente como inquietante: dos horas de reunión en Olivos, sin foto, sin declaración conjunta y con un Ćŗnico mensaje que suena mĆ”s a contención desesperada que a conducción polĆtica. Javier Milei decidió respaldar pĆŗblicamente a Manuel Adorni āhasta el final del mandatoā, pero lo hizo en el peor momento posible, cuando las versiones de renuncia, las denuncias judiciales y el deterioro de imagen convierten al jefe de Gabinete en un problema imposible de disimular.
Lejos de despejar dudas, el encuentro profundizó la sensación de fragilidad. Que el Presidente reciba durante dos horas a su jefe de Gabinete āalgo que deberĆa ser rutinarioā y que eso se convierta en noticia habla menos de gestión que de crisis. El anuncio posterior, que Adorni se reunirĆ” con tres ministros, no aporta nada nuevo: es, en rigor, una obligación bĆ”sica del cargo. Pero en el clima actual, ese gesto mĆnimo se presenta como un intento de sostener lo insostenible.
El trasfondo es mucho mĆ”s grave. Las acusaciones que rodean a Adorni ya no son rumores de pasillo sino un entramado que combina denuncias por enriquecimiento ilĆcito con situaciones difĆciles de explicar. El caso de Claudia Sbabo sintetiza esa tensión: una jubilada que percibe un beneficio social destinado a personas de bajos ingresos aparece, al mismo tiempo, como acreedora de un prĆ©stamo de 100 mil dólares al funcionario. La contradicción es tan evidente que erosiona cualquier intento de defensa.
A esto se suma otra revelación explosiva: la escribana vinculada a Adorni, Adriana Nechevenko, habrĆa trabajado para organizaciones narcocriminales dedicadas a la producción de drogas sintĆ©ticas. Aunque el vĆnculo no implica necesariamente responsabilidad directa, el impacto polĆtico es devastador. En un gobierno que hizo de la ācastaā y la corrupción su principal enemigo discursivo, cada nuevo dato funciona como un boomerang.
El efecto ya se mide en números. Según la última encuesta de Sergio Berenztein, la imagen negativa de Adorni alcanza el 76%, mientras que un 70% de los argentinos lo considera corrupto. Son cifras que no solo comprometen al funcionario, sino que empiezan a arrastrar al propio Milei. La crisis dejó de ser individual para convertirse en estructural.
Dentro del oficialismo, el clima es de tensión creciente. Sectores cercanos a Karina Milei temen que Adorni se transforme en otro ācabo sueltoā, como ya ocurre āsegĆŗn admiten en voz bajaā con figuras como Mauricio Novelli y Manuel Terrones Godoy. La preocupación no es solo polĆtica, sino judicial: el caso $Libra aparece como un punto de convergencia donde las responsabilidades podrĆan escalar.
En ese expediente, Adorni no es un actor secundario. Su participación en el TechForum, considerado el origen del vĆnculo entre Milei y empresarios del mundo cripto, lo ubica en una posición delicada. Su eventual salida del gobierno no serĆa, entonces, un cierre del problema sino el inicio de otro: el de un exfuncionario con información sensible y sin incentivos para el silencio.
Esa es, probablemente, la razón de fondo por la que Milei decide sostenerlo. No se trata de lealtad polĆtica ni de confianza personal, sino de cĆ”lculo. Desplazar a Adorni podrĆa implicar abrir una caja de Pandora en un momento en que el gobierno ya enfrenta demasiados frentes abiertos.
La trama judicial agrega otro nivel de complejidad. La causa $Libra, en manos del juez Marcelo MartĆnez de Giorgi, se mueve en un terreno donde la polĆtica y la Justicia parecen entrelazarse de manera peligrosa. El intento del ministro de Justicia, Juan Bautista Mahiques, de impulsar el ascenso de la esposa del magistrado, Ana Juan, como jueza federal, aparece como una maniobra difĆcil de justificar. MĆ”s aĆŗn cuando, segĆŗn versiones que circulan en Comodoro Py, existieron presiones para ācongelarā el expediente.
Ese tipo de operaciones, lejos de desactivar la crisis, la profundizan. Porque instalan la idea de un gobierno que no solo enfrenta denuncias, sino que ademĆ”s intenta influir en los mecanismos institucionales que deberĆan investigarlas.
Mientras tanto, en la superficie, la polĆtica sigue su curso. Se mencionan posibles reemplazos, se habla de reestructuraciones de gabinete y se ensayan estrategias para ādisfrazarā una eventual salida. Pero ninguna de esas opciones parece resolver el problema de fondo: la pĆ©rdida de credibilidad.
Milei, que llegó al poder prometiendo dinamitar las prĆ”cticas de la vieja polĆtica, se encuentra ahora atrapado en una lógica que combina opacidad, internas y maniobras de supervivencia. El caso Adorni funciona como un sĆntoma de ese desvĆo. Ya no es solo un funcionario cuestionado, sino el espejo de un gobierno que empieza a mostrar sus fisuras mĆ”s profundas.
La decisión de sostenerlo puede ganar tiempo, pero tambiĆ©n tiene un costo. Cada dĆa que pasa, la crisis se vuelve mĆ”s difĆcil de contener y mĆ”s cara en tĆ©rminos polĆticos. Y en ese equilibrio precario, el Presidente parece haber optado por lo Ćŗnico que le queda: resistir. Aunque eso implique cargar con un problema que, lejos de disiparse, amenaza con crecer.

