Taparon imágenes de Perón y Madres en Museo Malvinas

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Gigantografías de Perón, Madres y Abuelas fueron cubiertas sin explicación oficial en la ex ESMA, en un gesto que reaviva la disputa por el sentido de la historia

La decisión de ocultar imágenes clave del relato museológico expone una ofensiva simbólica del gobierno de Javier Milei sobre los sitios de memoria y reabre un debate incómodo: qué historia se cuenta, quién la cuenta y a quién se intenta silenciar

En la Argentina de 2026, a medio siglo del golpe cívico-militar que instauró el terrorismo de Estado, la disputa por la memoria dejó de ser un terreno simbólico para convertirse en una intervención concreta, material, casi brutal en su literalidad. No se trata de discursos, ni de documentos, ni siquiera de interpretaciones historiográficas. Se trata de algo más directo, más incómodo, más difícil de disimular: tapar imágenes. Cubrirlas. Hacerlas desaparecer de la vista. Como si al ocultarlas se pudiera borrar lo que representan.

Eso fue lo que ocurrió en el Museo Malvinas e Islas del Atlántico Sur, ubicado en el predio de la ex ESMA, uno de los espacios más cargados de densidad histórica de la Argentina contemporánea. Según la información publicada el 1 de abril de 2026, el gobierno nacional ordenó cubrir gigantografías de Juan Domingo Perón, de las Madres de Plaza de Mayo y de las Abuelas de Plaza de Mayo. No hubo explicación pública, no hubo instancia de diálogo, no hubo siquiera una justificación técnica formal. La orden fue ejecutada con la lógica de los hechos consumados, en silencio, con la frialdad de quien sabe que el gesto es demasiado elocuente como para necesitar palabras.

La escena, en sí misma, es difícil de digerir. Un museo concebido para articular memoria, soberanía e historia nacional intervenido para eliminar —aunque sea momentáneamente— los rostros y símbolos que justamente estructuran ese relato. Porque no se trata de imágenes decorativas ni de decisiones estéticas inocentes. Las gigantografías que fueron tapadas forman parte de un entramado conceptual que vincula la causa Malvinas con la historia política argentina y, en particular, con el trauma de la dictadura.

En ese sentido, el gesto oficial no puede leerse como un simple reordenamiento museográfico. Es, en todo caso, una operación política. Y como toda operación política sobre la memoria, no es ingenua.

Las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo no son una referencia más en la iconografía nacional. Son, desde hace décadas, emblemas internacionales de la lucha contra el terrorismo de Estado, surgidas en plena dictadura para reclamar por los desaparecidos, por los cuerpos ausentes, por las identidades robadas. Su presencia en el Museo Malvinas no es arbitraria: establece un puente entre la guerra de 1982 y el régimen que la impulsó, la misma Junta Militar responsable de miles de desapariciones, torturas y apropiaciones de bebés.

Quitar esas imágenes —o taparlas, que en términos simbólicos es casi lo mismo— implica intervenir ese puente. Cortarlo. Debilitarlo. Despolitizarlo. O, al menos, intentarlo.

Porque en el fondo, lo que está en juego no es una pared ni una muestra. Es la narrativa. El relato histórico. La forma en que una sociedad se explica a sí misma su pasado reciente.

El Museo Malvinas, lejos de ser un espacio neutral, fue concebido precisamente para eso: para interpretar la guerra en su contexto, para no aislarla de la dictadura, para evitar esa tentación —siempre latente— de construir una épica deshistorizada, despojada de sus condiciones de origen. Intervenir ese relato es, por lo tanto, intervenir la memoria colectiva.

Desde el gobierno, la línea argumental —cuando aparece— apunta a una supuesta “reorganización estética y técnica”, a la necesidad de “modernizar” el museo o de evitar “partidismos”. Pero esa explicación, además de tardía, suena a excusa. Porque resulta difícil sostener que borrar —o esconder— a las Madres y Abuelas es un gesto de neutralidad. Más bien lo contrario: es una toma de posición.

Y es ahí donde la discusión se vuelve inevitablemente incómoda.

¿Qué significa “neutralidad” en un sitio de memoria? ¿Se puede hablar de Malvinas sin hablar de la dictadura que llevó al país a esa guerra? ¿Es posible construir un relato histórico que omita deliberadamente a quienes lucharon contra el terrorismo de Estado?

Las respuestas no son simples, pero la decisión de tapar esas imágenes parece inclinar la balanza hacia una dirección clara: la de una memoria recortada, despojada de sus aristas más conflictivas, más incómodas, más políticas.

El contexto en el que ocurre este episodio no hace más que potenciar su gravedad. No es un hecho aislado ni un error administrativo. Sucede en la antesala del 50° aniversario del golpe de Estado de 1976, una fecha que, en la Argentina, no es una efeméride más, sino un punto de condensación histórica, emocional y política.

En ese marco, los organismos de derechos humanos vienen impulsando campañas activas para sostener la memoria, para evitar que el paso del tiempo se convierta en olvido. La consigna es clara: memoria, verdad y justicia. Tres palabras que, durante décadas, funcionaron como un consenso transversal en la sociedad argentina.

Sin embargo, ese consenso hoy aparece tensionado.

La intervención en el Museo Malvinas se inscribe en un clima más amplio de disputa por el sentido del pasado reciente. Desde distintos sectores se advierte una tendencia a revisar —o directamente cuestionar— la narrativa construida en torno a la dictadura, a introducir matices que, en algunos casos, terminan diluyendo la especificidad del terrorismo de Estado.

En ese contexto, tapar imágenes no es un detalle menor. Es un síntoma. Un indicio de algo más profundo.

Porque la memoria no se borra de un día para el otro. No se elimina con un decreto ni con una lona. Pero sí puede erosionarse, fragmentarse, vaciarse de contenido. Y ahí es donde este tipo de gestos adquieren relevancia.

La pregunta de fondo, entonces, no es solo qué pasó en el Museo Malvinas. Es qué está pasando con la memoria en la Argentina.

¿Se está intentando construir un nuevo relato? ¿Uno que separe la guerra de la dictadura? ¿Uno que reduzca el rol de los organismos de derechos humanos a una presencia incómoda, prescindible, molesta?

No hay respuestas definitivas, y sería ingenuo plantearlo en términos absolutos. La historia siempre está en disputa, siempre se reinterpreta, siempre se reescribe. Pero hay límites. Hay consensos básicos. Hay hechos que no admiten relativización sin poner en riesgo el entramado mismo de la convivencia democrática.

Tapar las gigantografías de Perón, de las Madres y de las Abuelas no es solo una decisión administrativa. Es una señal. Y como toda señal, interpela.

Interpela a quienes creen que la memoria es un campo de batalla. Interpela a quienes sostienen que el Estado debe garantizarla, no recortarla. Interpela, en definitiva, a una sociedad que todavía está procesando su pasado más traumático.

Porque si algo enseñó la historia argentina es que el olvido nunca es inocente. Y que cada intento de borrar, de ocultar o de silenciar termina, tarde o temprano, revelando más de lo que pretende esconder.

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