La fiscalía acusó a Gonzalo “Chispa” Sánchez, exintegrante del Grupo de Tareas 3.3.2, como pieza activa del engranaje represivo. Documentos, testimonios y su propio historial en la fuerza lo ubican en el corazón del terrorismo de Estado.
El Ministerio Público Fiscal volvió a poner sobre la mesa una verdad incómoda que ciertos sectores insisten en relativizar: la maquinaria del terrorismo de Estado no fue una abstracción, sino una estructura concreta, con nombres, cargos, funciones y responsabilidades precisas. En ese marco, los fiscales Félix Pablo Crous y Marcela Obetko solicitaron 25 años de prisión e inhabilitación absoluta para Gonzalo “Chispa” Sánchez, acusado de haber participado en la privación ilegal de la libertad de 179 personas en la ESMA.
El pedido de condena no surge de conjeturas ni de reconstrucciones débiles: se apoya en un entramado probatorio que, lejos de disiparse con el paso del tiempo, se consolida con cada juicio. Documentos oficiales, testimonios de sobrevivientes y registros históricos configuran una trama que ubica a Sánchez como un engranaje activo dentro del Grupo de Tareas 3.3.2, uno de los dispositivos operativos más letales de la dictadura.
Durante dos audiencias, la fiscalía expuso un alegato que no sólo reconstruyó los hechos, sino que desnudó el funcionamiento interno del aparato represivo. Allí, Sánchez no aparece como un actor marginal, sino como un “miembro destacado y notorio” del grupo, con funciones operativas en secuestros, interrogatorios bajo tortura y control de cautivos. También cumplía un rol estratégico: el de enlace entre la Prefectura y la Armada, lo que revela el grado de coordinación entre fuerzas en la ejecución del plan criminal.

El juicio, iniciado el 22 de octubre de 2025, se desarrolla en el Tribunal Oral en lo Criminal Federal N°5, con un tribunal integrado por la jueza Adriana Palliotti y los magistrados Daniel Obligado y Germán Castelli. En ese escenario, lo que se debate no es sólo la responsabilidad individual de Sánchez, sino la persistencia de una memoria judicial que incomoda a quienes pretenden clausurar el pasado.
Uno de los aspectos más contundentes del alegato fue la reconstrucción documental de la carrera del imputado. Lejos de cualquier improvisación, su trayectoria dentro de la Prefectura —a la que ingresó en 1975— estuvo marcada por evaluaciones elogiosas de sus superiores, quienes lo calificaban como “confiable, leal” y con “excelente desempeño”. Esa caracterización, presentada como mérito en su momento, adquiere hoy un significado perturbador: la eficacia en el cumplimiento del deber dentro de una estructura criminal.
Pero el dato más revelador surge de los propios documentos oficiales de la dictadura. Un informe de 1986, firmado por el vicealmirante Ramón A. Arosa, detalla que Sánchez fue condecorado con la medalla al “Heroico Valor en Combate” por su actuación en la denominada “guerra contra la subversión”. La distinción, lejos de ser un reconocimiento neutro, aparece como una evidencia más de su participación activa en el sistema represivo.

A ello se suma la Resolución 745/78, firmada por Emilio Eduardo Massera, donde se lo menciona entre los escasos oficiales de Prefectura distinguidos dentro del Grupo de Tareas. El mensaje es claro: no se trataba de un actor periférico, sino de alguien integrado al núcleo duro de la represión.
Los testimonios de sobrevivientes terminan de cerrar el círculo probatorio. Al menos 33 personas identificaron a Sánchez dentro de la ESMA, describiendo su apariencia, su conducta y su rol. No se trata de recuerdos aislados, sino de relatos convergentes que lo ubican en situaciones concretas: operativos de secuestro, sesiones de tortura y momentos en los que se informaba a los cautivos sobre su destino final.
Ese destino —los llamados “vuelos de la muerte” o ejecuciones encubiertas— también aparece en la causa a través de documentos y testimonios. Una carta de 1978, escrita por una víctima, relata cómo el propio “Chispa” describía los métodos utilizados para eliminar detenidos: sedación, traslado y desaparición en el mar. No es sólo una acusación, es la voz del horror transmitida desde el interior del sistema.

La fiscalía también vinculó el caso con antecedentes judiciales de la ESMA, donde ya fueron condenados otros integrantes del mismo grupo, como Jorge Manuel Díaz Smith y Juan Antonio Azic, y recordó la participación de la Prefectura en los vuelos de la muerte, como en el caso del grupo de la Iglesia Santa Cruz.
El punto central del alegato no deja margen para ambigüedades: Sánchez formó parte de una estructura criminal organizada y cumplió funciones específicas dentro de ella. No fue un espectador ni un subordinado pasivo. Fue, según la acusación, coautor de un delito sistemático y reiterado.
En tiempos donde resurgen discursos negacionistas y se intenta relativizar el alcance del terrorismo de Estado, este juicio vuelve a poner en evidencia algo más profundo: la persistencia de una verdad judicial que, pese a las décadas transcurridas, sigue abriéndose paso. Y con ella, la incomodidad de una historia que no admite atajos ni simplificaciones.
La solicitud de 25 años de prisión no es sólo una cifra. Es la expresión de una disputa más amplia: la que enfrenta a la memoria documentada con los intentos de olvido. En esa tensión, cada testimonio, cada archivo y cada sentencia funcionan como recordatorios de que el pasado no está cerrado. Y que, en la Argentina, todavía hay cuentas pendientes con la verdad y la justicia.
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