El pacto silencioso con gobernadores aliados expulsó al peronismo mayoritario de la conducción del Senado y colocó a Carolina Moisés como pieza clave de una ingeniería parlamentaria diseñada para acercar al oficialismo a los dos tercios. Detrás de la maniobra, cargos, disciplinamiento político y una agenda acelerada al ritmo de la Casa Rosada.
La designación de Carolina Moisés como vicepresidenta del Senado no fue un gesto de pluralismo sino el resultado de una operación política quirúrgica. Con la complicidad de gobernadores peronistas y la conducción directa del oficialismo, el gobierno de Javier Milei avanzó en la construcción de una mayoría artificial que erosiona la representación real, margina a la primera minoría y prepara el terreno para decisiones estructurales sin consenso social.
La escena ocurrió en una sesión que, en los papeles, debía ser meramente administrativa. Sin embargo, la designación de las autoridades del Senado expuso algo mucho más profundo: el modo en que el gobierno de Javier Milei avanza sobre el sistema institucional para torcer la voluntad expresada en las urnas y convertir una minoría parlamentaria en una mayoría funcional a sus objetivos más ambiciosos. No fue una anomalía ni un accidente. Fue una estrategia.
El interbloque peronista Popular, conducido por José Mayans, es la primera minoría de la Cámara Alta. Ese dato, en cualquier democracia que se precie de tal, debería traducirse en representación institucional. Pero no ocurrió. La Libertad Avanza, con el respaldo explícito de senadores alineados a gobernadores que orbitan cada vez más cerca de la Casa Rosada, decidió dejar afuera al kirchnerismo de la conducción del cuerpo y ocupar ese espacio con un bloque de apenas tres legisladores que rompieron con el peronismo. El mensaje fue claro: no importa cuántos representen a cuántos, importa quién garantiza gobernabilidad al Ejecutivo.
La ruptura del bloque que encabezaba Mayans se concretó apenas un día antes de la sesión. Tres senadores —Carolina Moisés, Guillermo Andrada y Sandra Mendoza— abandonaron el interbloque y conformaron Convicción Federal. Era una crónica anunciada. La presión de los gobernadores, el clima de disciplinamiento y la promesa de cargos funcionaron como catalizadores de una decisión que no responde a diferencias ideológicas profundas sino a una lógica de alineamiento con el poder real.
La jugada terminó de revelarse cuando Patricia Bullrich, figura central del oficialismo en el Senado, anunció la designación de Moisés como vicepresidenta del cuerpo. La explicación fue tan cruda como sincera: el objetivo es alcanzar una mayoría de 47 senadores. Un número que no es inocente. Deja al gobierno a un paso de los dos tercios necesarios para avanzar en decisiones estructurales, como el nombramiento de jueces de la Corte Suprema, sin necesidad de negociar con Cristina Fernández de Kirchner ni con el núcleo duro de la oposición.
Lo que se presentó como un gesto de apertura fue, en realidad, un acto de colonización institucional. La vicepresidencia que había estado en manos del kirchnerismo pasó a un espacio construido a medida del Ejecutivo, con senadores que responden más a los gobernadores que a un proyecto político colectivo. La democracia representativa quedó reducida a una aritmética fría, donde los votos pesan menos que las lealtades coyunturales.
Desde el peronismo, Mayans no ahorró palabras. Habló de atropello, de una lógica donde “tengo el número y hago lo que quiero”. La frase no es una exageración retórica. Resume con precisión el espíritu de la maniobra. El oficialismo no solo impuso los nombres, sino que lo hizo ignorando deliberadamente la correlación de fuerzas surgida de las elecciones. La institucionalidad quedó subordinada a la urgencia del Ejecutivo por avanzar sin frenos.
La creación del interbloque “Impulso País” profundizó esa lógica. Siete gobernadores definieron articular un espacio propio en el Senado, integrado por legisladores de distintas provincias y sellos partidarios, pero unidos por un denominador común: garantizarle a Milei los votos necesarios para sostener su agenda. El federalismo, en este esquema, no aparece como una defensa de las autonomías provinciales sino como una red de contención política para un gobierno que necesita mayorías prestadas.
El resultado es un Senado fragmentado, donde los bloques ya no expresan identidades políticas claras sino alineamientos tácticos. En ese contexto, la figura de Carolina Moisés adquiere un valor simbólico particular. Su trayectoria peronista, su enfrentamiento con el kirchnerismo y su reciente acercamiento al oficialismo la convierten en una pieza funcional a la narrativa de “transversalidad” que el gobierno intenta instalar. Pero detrás de esa narrativa hay sombras que no pueden ser ignoradas.
El pasado de Moisés incluye un episodio grave ocurrido en 2012, cuando atropelló a un trabajador azucarero en San Pedro de Jujuy, en un hecho que la tuvo como protagonista bajo acusaciones de haber manejado en estado de ebriedad y haber intentado fugarse. El caso, documentado por medios locales y nacionales, dejó a la víctima con lesiones permanentes. Que una dirigente con ese antecedente sea elevada hoy a la vicepresidencia del Senado no parece un detalle menor, sino una señal del tipo de acuerdos que el poder está dispuesto a tolerar cuando los números cierran.
La historia política de Moisés también habla de vaivenes, rupturas y reacomodamientos. Fue parte del kirchnerismo, lo enfrentó, volvió a respaldar a Cristina cuando fue condenada por la causa Vialidad y ahora se convierte en aliada de un gobierno que hace del antikirchnerismo su bandera principal. No es una contradicción personal: es el reflejo de un sistema político que premia la plasticidad ideológica cuando sirve a los intereses del Ejecutivo.
Mientras tanto, el cronograma legislativo se ajusta a la obsesión presidencial por marcar agenda. El tratamiento adelantado del acuerdo Unión Europea-Mercosur responde menos a un debate serio sobre sus implicancias económicas y más al deseo de Milei de ser el primer presidente de la región en ratificarlo. La prisa no es casual. Se trata de posicionarse internacionalmente mientras puertas adentro se avanza con reformas regresivas como la modernización laboral, la modificación de la Ley de Glaciares y un régimen penal juvenil que despierta fuertes cuestionamientos.
Todo ocurre en un clima de aceleración permanente, donde las mayorías se construyen a fuerza de pactos opacos y la deliberación queda relegada. El Senado, que debería ser una cámara de equilibrio y representación federal, se transforma así en una escribanía sofisticada, al servicio de un proyecto que no tolera obstáculos.
La designación de Moisés como vicepresidenta no es un hecho aislado. Es la postal de una etapa. La de un gobierno que, lejos de fortalecer la democracia, la tensiona hasta el límite para imponer su programa. La de un sistema político donde los gobernadores negocian poder a cambio de obediencia. Y la de una institucionalidad que, bajo el discurso del orden y la eficiencia, se vacía de contenido representativo.
La pregunta que queda flotando no es solo cómo llegó Milei a construir esta mayoría especial, sino qué precio institucional está pagando la Argentina por permitir que eso ocurra. Porque cuando la política se reduce a una suma de voluntades compradas, la democracia deja de ser una promesa colectiva y se convierte en una herramienta al servicio de unos pocos.
Fuente:
https://www.tiempoar.com.ar/ta_article/una-mayoria-especial-para-milei-el-trasfondo-del-pacto-que-puso-a-la-jujena-moises-como-vicepresidenta-del-senado/
https://periodicotribuna.com.ar/el-dia-que-borracha-carolina-moises-atropello-a-un-hombre-y-se-escapo-del-lugar/
https://www.lanacion.com.ar/politica/carolina-moises-la-nueva-aliada-que-consiguio-el-gobierno-entre-los-desertores-del-kirchnerismo-nid24022026/
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