La suba del indicador financiero y las advertencias de bancos internacionales revelan la fragilidad del programa económico: inflación persistente, reservas escasas y actividad estancada forman el trilema que inquieta a los mercados. En medio de temblores globales y tensiones geopolíticas, el riesgo país argentino volvió a escalar hasta niveles cercanos a los 600 puntos. Informes de bancos de Wall Street recomiendan cautela o incluso salir de activos locales ante dudas sobre la capacidad de pago. La economía enfrenta un dilema estructural entre inflación, reservas y crecimiento.
Hay números que funcionan como termómetros políticos y económicos. El riesgo país es uno de ellos. Cuando el indicador sube, lo que está en juego no es solo un índice financiero, sino la credibilidad de todo un programa económico. En las últimas semanas, el riesgo país argentino volvió a moverse peligrosamente cerca de los 600 puntos básicos, una cifra que en los mercados internacionales se interpreta como una señal de alerta. No es un detalle técnico: es la traducción brutal de una pregunta que vuelve a resonar en los despachos de Wall Street y en las mesas de dinero del mundo. ¿Puede Argentina pagar su deuda en las condiciones actuales?
El indicador, medido por el índice EMBI+ elaborado por JPMorgan, reflejó una volatilidad marcada durante las primeras semanas de marzo de 2026. En algunos momentos llegó a rozar los 600 puntos básicos y el 9 de marzo cerró en torno a los 583 puntos, tras una suba diaria de 18 unidades que representó un incremento del 3,13%. La dinámica del último mes revela la tendencia inquietante: el riesgo país avanzó cerca de 63 puntos, una suba de más del 12%. Los movimientos diarios parecen pequeños en la superficie, pero en el lenguaje del mercado significan mucho más que eso. Son el reflejo de una desconfianza que se va filtrando lentamente entre los inversores.
La montaña rusa del indicador también muestra la fragilidad de la economía argentina frente a los shocks externos. Desde finales de febrero, el índice osciló entre un mínimo de 535 puntos registrado el 4 de marzo y un máximo cercano a 576 puntos el 27 de febrero, con variaciones que superaron el 7%. Para cualquier economía emergente esto ya sería motivo de preocupación. Para Argentina, que arrastra décadas de crisis de deuda y renegociaciones, el mensaje es todavía más contundente.
Detrás de estos movimientos hay factores globales que sacuden a todos los mercados, pero que golpean con mayor fuerza a los países con estructuras económicas más débiles. La escalada del conflicto en Medio Oriente, especialmente la tensión entre Irán e Israel, desató una ola de incertidumbre internacional que empujó el precio del petróleo hacia los 120 dólares por barril y provocó ventas masivas de activos considerados riesgosos. Cuando el mundo financiero entra en modo defensivo, los capitales se refugian en economías sólidas y abandonan aquellas que perciben como frágiles. Argentina suele ocupar el primer lugar en esa lista incómoda.
El problema es que la economía argentina llega a este escenario con debilidades estructurales que amplifican cualquier turbulencia externa. Las reservas internacionales siguen siendo escasas, el acceso al financiamiento internacional es limitado y la credibilidad del programa económico depende casi exclusivamente de la confianza de los mercados. Ese cóctel explosivo explica por qué el país aparece entre los más vulnerables frente a los llamados “temblores globales”.
Las advertencias de Wall Street no tardaron en aparecer. Informes de grandes bancos internacionales comenzaron a circular en los últimos días con un tono cada vez más prudente, cuando no directamente pesimista. Entidades como Citibank y JPMorgan sugirieron cautela respecto a la economía argentina, e incluso algunos reportes recomendaron reducir posiciones en bonos locales ante las dudas sobre la capacidad de pago de la deuda. El mensaje que llega desde los centros financieros globales es claro: el programa económico todavía no logró disipar los interrogantes sobre la sostenibilidad de la deuda soberana.
Citibank, por ejemplo, ubicó a Argentina entre los países emergentes más vulnerables si el conflicto en Medio Oriente se prolonga. El argumento central es simple y brutal: sin reservas sólidas de divisas, cualquier shock externo puede convertirse en una crisis financiera doméstica. JPMorgan, por su parte, advirtió en su outlook para 2026 que el país enfrenta riesgos significativos derivados de la volatilidad de las tasas internacionales, la dependencia de la confianza de los mercados y la necesidad constante de acceder a financiamiento externo para refinanciar vencimientos de deuda.
Ese diagnóstico coincide con una percepción que empieza a instalarse en los mercados: la estabilidad del programa económico depende de factores extremadamente delicados. Sin acumulación de reservas en el Banco Central, especialmente durante la temporada de liquidación de exportaciones agrícolas entre abril y julio, la posibilidad de sostener la desinflación y mantener el tipo de cambio bajo control se vuelve cada vez más incierta.
Mientras tanto, el comportamiento de las acciones argentinas en Wall Street refleja esa mezcla extraña de expectativa y nerviosismo. Los ADRs registraron repuntes moderados en algunas jornadas, incluso con cierres mayoritariamente positivos el 9 de marzo, pese a las caídas iniciales de los bonos soberanos. El índice S&P Merval sufrió una baja semanal cercana al 2%, aunque algunas petroleras lograron subas de hasta el 8% impulsadas por el alza del precio del crudo. Los rebotes técnicos existen, pero no deben confundirse con confianza estructural. En los mercados, cuando el contexto es incierto, los movimientos positivos suelen ser apenas respiraciones breves en medio de una tendencia más profunda.
En el corazón de esta discusión aparece un concepto que empieza a repetirse entre economistas y analistas: el trilema económico argentino. La expresión describe la dificultad de sostener simultáneamente tres objetivos que el gobierno intenta equilibrar al mismo tiempo. Reducir la inflación, acumular reservas en el Banco Central y reactivar la actividad económica. En teoría, esos objetivos deberían complementarse. En la práctica, la realidad argentina los convierte en fuerzas que se tensionan entre sí.
La desinflación requiere disciplina fiscal y monetaria, lo que implica un ajuste que golpea inevitablemente al consumo y a la actividad. La acumulación de reservas exige mantener tasas altas y un tipo de cambio relativamente estable, lo que también enfría la economía. Y la reactivación del crecimiento, por su parte, suele generar presiones inflacionarias que desestabilizan el esquema. Es una especie de triángulo imposible donde cada decisión tiene consecuencias que complican las otras dos variables.
Algunos economistas describen este dilema con crudeza. Según diversos análisis, el Banco Central viene acumulando reservas a costa de sacrificar dinamismo económico. Las tasas altas sostienen la estabilidad cambiaria, pero al mismo tiempo enfrían la inversión y el consumo. El resultado es una economía que parece atrapada en un equilibrio frágil, donde cualquier movimiento puede desatar nuevas tensiones.
Las proyecciones para 2026 reflejan esa incertidumbre. Las estimaciones hablan de un crecimiento del PBI inferior al 3%, con inflación mensual todavía en torno al 3% durante el primer trimestre del año. Es un avance respecto a los picos inflacionarios de años anteriores, cuando la suba de precios superaba niveles anuales del 200% o incluso 300%, pero todavía está lejos de ser una estabilidad consolidada.
En ese contexto, el debate sobre el rumbo económico se vuelve inevitablemente político. El gobierno de Javier Milei presentó su programa como una ruptura radical con el pasado, una apuesta por la ortodoxia fiscal y el liberalismo económico como receta definitiva para estabilizar el país. Sin embargo, la reacción de los mercados sugiere que el experimento está lejos de haber despejado las dudas. El riesgo país cercano a los 600 puntos funciona como una señal incómoda que el discurso oficial no puede ignorar.
Porque detrás de cada punto del riesgo país hay algo más que números. Hay percepciones, expectativas y temores. Los mercados no reaccionan solamente a los datos actuales, sino a las historias que creen que vendrán después. Y en la historia argentina, el fantasma de la deuda siempre vuelve a aparecer cuando las cuentas externas se vuelven frágiles.
La paradoja es que el propio programa económico que prometía estabilidad absoluta depende ahora de una variable extremadamente volátil: la confianza de los mercados financieros. En un país con reservas débiles, inflación todavía elevada y crecimiento incierto, esa confianza puede evaporarse con la misma rapidez con la que llegó.
El riesgo país al borde de los 600 puntos no es solo un número que parpadea en las pantallas de los operadores financieros. Es una advertencia. Una señal de que, detrás del relato de estabilidad, la economía argentina sigue caminando por una cuerda floja.
Fuente:
https://perspectivas.cohen.com.ar/articulos/dailyupdate-the-country-credit-risk-is-approaching-600-basis-points
https://buenosairesherald.com/economics/argentinas-dollar-bonds-plummet-country-risk-rises-due-to-war-in-middle-east
https://www.rionegro.com.ar/economia/el-riesgo-pais-alcanza-su-maximo-nivel-en-el-2026-mientras-que-las-acciones-argentinas-caen-hasta-9-en-wall-street-4488603/
https://tendenciadenoticias.com.ar/eco%20%26%20negocios/bancos-de-wall-street-advierten-que-la-argentina-sigue-entre-las-economias-emergentes-mas-vulnerables-ante-un-shock-global
https://www.laarena.com.ar/el-pais/los-grandes-bancos-de-wall-street-recomiendan-abandonar-argentina-20263517170
https://www.lanacion.com.ar/economia/las-advertencias-de-seis-bancos-internacionales-sobre-la-economia-argentina-nid04032026/
