Por Lala Brillos
Mientras en Córdoba buscaban a Agostina Vega, de 14 años, en Misiones aparecía muerta en una construcción abandonada Dulce María Beatriz Candia, después de once días de búsqueda.
Dos nombres. Dos familias atravesadas por una desesperación imposible de explicar. Dos búsquedas. Dos territorios distintos. Y la misma sensación que vuelve a instalarse en el cuerpo de tantas mujeres: el miedo, la impotencia y una tristeza que ya ni siquiera entra en las palabras.
Es insoportable.
Porque no estamos hablando de cifras ni de titulares que se pisan entre sí en los portales de noticias, estamos hablando de vidas, de adolescentes buscadas durante días que tenían una historia, una voz, vínculos, proyectos, gente que las esperaba y que hoy tiene que atravesar el horror más brutal.
Y también estamos hablando de algo que como sociedad no podemos mirar como si fuera una excepción: Nos siguen matando.
Y duele escribirlo porque cada vez que lo decimos pareciera que lo repetimos demasiado, como si la repetición le quitara peso. Pero no, no pierde peso. Al contrario, se acumula, se mete en el cuerpo, se convierte en angustia, en alerta.
Hay algo profundamente cruel en la frecuencia. En que mientras todavía intentamos procesar un nombre, aparece otro. Mientras una familia está hablando frente a cámaras pidiendo ayuda, otra está reconociendo un cuerpo. Mientras una provincia está conmocionada, en otra se vuelve a encender la misma búsqueda, la misma incertidumbre, el mismo desenlace devastador.
Y entonces aparece la bronca.
Bronca con una violencia machista que no deja de cobrarse vidas. Bronca con las instituciones que siempre llegan tarde y hablan desde la distancia técnica mientras del otro lado hay familias destrozadas. Bronca con una sociedad que todavía naturaliza demasiadas cosas y que muchas veces reacciona recién cuando ya es irreversible.
Porque ninguna tendría que convertirse en noticia para que importe.
Agostina Vega y Dulce María Beatriz Candia no son un caso policial más. No son contenido para un portal. No son una discusión de un par de días hasta que llegue el Mundial.
Son vidas que faltan.
Son nombres que merecen respeto, verdad y justicia.
Y también son el recordatorio más duro de algo que seguimos diciendo y que duele cada vez más: no tendría que ser tan difícil estar vivas. No tendría que dar miedo salir ni volver.
Hay un dolor colectivo que se hace muy difícil de sostener.
Y una rabia también.
Hace falta decirles algo a muchos varones: esto no nos pasa en abstracto ni se vive desde afuera. Nos atraviesa el cuerpo y organiza nuestra forma de movernos por el mundo desde muy chicas. Escuchar de verdad, revisar silencios propios y no correrse del problema también es una forma urgente de hacerse cargo.
No queremos acostumbrarnos ni aprender a convivir con esto. No queremos que la violencia contra mujeres y niñas se vuelva parte del paisaje informativo, algo que aparece y desaparece hasta la próxima.
Queremos que sus nombres importen incluso cuando bajen las cámaras.
Queremos justicia de verdad.
Queremos prevención de verdad.
Queremos poder vivir sin miedo.
Y aunque el dolor sea enorme, aunque a veces la impotencia quita aire, seguir nombrándolas también es una forma de negarnos al olvido.
Por Agostina.
Por Dulce María.
Por las que faltan.
Por las que siguen teniendo miedo.
Por todas.
Ni una menos. Nunca una menos más.
