La apelación de Javier Milei a las estadísticas se vuelve un arma de doble filo cuando se las lee completas y en contexto. El análisis del economista Hernán Letcher, basado en datos oficiales y difundido desde su cuenta de X, expone una radiografía incómoda: más desocupación que en 2023, destrucción del empleo registrado, avance de la informalidad y un entramado productivo que se achica.
El Presidente pide “mirar los números”. El problema es que, al hacerlo sin recortes ni slogans, los datos que sistematiza Hernán Letcher desmienten el relato oficial y revelan el costo social del ajuste: precarización laboral, cierre de empresas y una economía que sobrevive licuando derechos.
“Miren los números”, lanzó el Presidente en la apertura de sesiones del Congreso, con tono pedagógico y una chicana innecesaria sobre la dificultad ajena para sumar. La frase buscó clausurar la discusión. Sin embargo, cuando se toman en serio las estadísticas y se las observa con el rigor que exige la realidad social, el resultado no confirma el éxito que el gobierno proclama. Al contrario, desnuda un proceso de deterioro del trabajo y de la estructura productiva. Esa lectura crítica fue realizada por Hernán Letcher, Magíster en Economía Política por FLACSO y director del Centro de Economía Política Argentina, quien difundió su análisis a través de su cuenta en la red social X.
El primer dato que interpela al discurso oficial es la tasa de desocupación. En el tercer trimestre de 2023, antes de la asunción de Javier Milei, el indicador se ubicaba en 5,7%. Dos años después, en el tercer trimestre de 2025, trepó a 6,6% en la serie comparable de los 31 aglomerados urbanos. Es cierto que el gobierno destaca una baja reciente respecto del trimestre inmediato anterior y frente al mismo período de 2024. También es cierto que subraya el aumento de la población económicamente activa para presentar esa variación como una hazaña. Pero el análisis de Letcher advierte que esa lectura es incompleta y funcional al relato: la comparación estructural muestra que hay más personas sin trabajo que al inicio de la gestión.
«Miren los números, yo entiendo que suman con dificultad, pero miren los números» dice Milei.
Los números:
🔸 La tasa de desocupación pasó de 5,7% en IIIT23 a 6,6% en IIIT25
🔸 Pero es peor: 85% de los empleos que se crearon fueron informales.
🔸 Se perdieron 290.600 trabajos… pic.twitter.com/dUICwdSJjH— Hernán Letcher (@hernanletcher) March 2, 2026
La diferencia no es menor ni anecdótica. En términos absolutos, ese salto implica cientos de miles de personas que quedaron fuera del mercado laboral en un contexto de recesión prolongada, caída del consumo y ajuste fiscal. No se trata de desempleo friccional, ese que aparece y desaparece con los movimientos normales de la economía. Es destrucción neta de puestos. Y ocurre en un país con un mercado laboral históricamente frágil, donde cada punto de desocupación tiene efectos sociales amplificados.
Pero el dato más revelador, subraya Letcher, no es solo cuántos empleos hay, sino qué tipo de empleos se están generando. Entre el tercer trimestre de 2024 y el de 2025 se crearon alrededor de 238 mil puestos ocupados. De ese total, cerca del 85% fueron informales. Es decir, trabajo sin aportes jubilatorios, sin obra social, sin estabilidad y sin derechos básicos. La informalidad alcanzó al 43,3% de los ocupados, el nivel más alto en dos años. El mercado laboral no se recompone; se degrada.
Esta dinámica explica por qué la desocupación no “explota” como algunos esperaban. Muchas personas no encuentran un empleo formal, pero tampoco figuran como desocupadas porque sobreviven en changas, aplicaciones de reparto, autoempleos precarios o monotributos de baja categoría. No hay mejora en la calidad del trabajo, sino una adaptación forzada a la intemperie laboral. La baja reciente de la desocupación que el gobierno exhibe como trofeo es, en buena medida, una baja sostenida sobre la precarización.
El ajuste también golpeó de lleno al núcleo del empleo formal. Comparando noviembre de 2023 con noviembre de 2025, los datos oficiales muestran la pérdida de 290.600 puestos de trabajo registrados. Letcher enfatiza que no es una cifra abstracta: cada empleo registrado que desaparece implica menos aportes al sistema previsional, menos cobertura de salud y más presión sobre un esquema de seguridad social que el propio gobierno dice querer “ordenar”. La contradicción es evidente: se invoca el equilibrio fiscal mientras se destruyen los pilares que lo sostienen.

La destrucción del empleo registrado vino acompañada por un fenómeno igual de alarmante: el cierre de empresas. En el mismo período desaparecieron 21.938 firmas con empleados registrados, lo que equivale a unos 30 cierres por día. La mayoría no fueron grandes corporaciones con espalda financiera, sino pymes, comercios y pequeñas unidades productivas que no resistieron la combinación de recesión, tarifazos, apertura importadora y caída del crédito. Cuando una empresa cierra, advierte el análisis, el daño no es reversible en el corto plazo. Se pierde capital, saber hacer, redes productivas y empleo local. Se rompe el tejido que permite que una economía funcione más allá de los números macro.
Los sectores más golpeados confirman el diagnóstico. Construcción, industria manufacturera y comercio concentran buena parte de la caída del empleo registrado. No es casualidad. Son actividades sensibles al nivel de actividad, a la demanda interna y a la política pública. En lugar de amortiguar el impacto, el gobierno profundizó la recesión. La apertura importadora presionó sobre la producción local; la quita de subsidios elevó costos; la contracción del consumo redujo ventas. El resultado fue una sangría de puestos formales que se “absorbe” en informalidad para evitar un salto mayor del desempleo abierto.
Frente a este cuadro, el discurso oficial se apoya en comparaciones de corto plazo y en una lectura selectiva de las estadísticas. Letcher plantea que esa estrategia puede servir para una defensa política coyuntural, pero no resiste un análisis integral. Comparar un trimestre contra el anterior puede mostrar oscilaciones, pero no define un modelo. La comparación con el punto de partida de la gestión y la lectura de la calidad del empleo revelan un proceso de precarización sostenida.
Las fuentes que sustentan este diagnóstico no son opositoras ni alternativas. La tasa de desocupación y la informalidad surgen de los relevamientos del INDEC. La pérdida de empleo registrado y el cierre de empresas están documentados por la Superintendencia de Riesgos del Trabajo. Letcher toma esos datos oficiales, los ordena y los pone en contexto. No hay conspiración ni manipulación: hay una lectura incómoda de la realidad.
Reconocer la complejidad del mercado laboral argentino no implica diluir responsabilidades. Es cierto que la informalidad y la fragilidad productiva no nacieron con este gobierno. Pero también es cierto que las políticas públicas pueden profundizar o amortiguar esos problemas. En este caso, el rumbo elegido los agravó. El ajuste no solo redujo el gasto: redujo la calidad del empleo y achicó la estructura productiva. La economía no se “sinceró”; se encogió.
La apelación a “mirar los números” se vuelve, así, un boomerang. Cuando se los mira completos y se los suma bien, el resultado no cierra con el relato oficial. Más desocupación que en 2023, menos empleo registrado, más informalidad y miles de empresas menos. El análisis de Hernán Letcher, difundido desde X, pone palabras y contexto a lo que muchos perciben en su vida cotidiana: un mercado laboral más precario y un futuro más incierto.
“Miremos los números”, entonces. Pero sin trampas discursivas. Porque cuando las estadísticas dejan de ser un slogan y se convierten en diagnóstico, muestran un modelo que licúa derechos, expulsa empresas y transforma el trabajo en supervivencia. Ese es el balance que emerge de los datos. Y ese balance, por más retórica libertaria que se le aplique, no se puede maquillar.
Fuente:
https://x.com/hernanletcher
https://www.indec.gob.ar
https://www.argentina.gob.ar/srt






















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