Viajes, alineamiento ideológico y acuerdos políticos: la política exterior como retribución interna mientras el ajuste avanza y los resultados económicos no aparecen. El Presidente refuerza su vínculo con Estados Unidos, invita a gobernadores radicales a giras internacionales y acelera la reforma laboral en el Congreso. Detrás de la agenda global, se consolida un esquema de premios políticos y una diplomacia que, hasta ahora, no dejó beneficios económicos concretos para la Argentina.
El presidente Javier Milei volvió a subirse a un avión rumbo a Estados Unidos en un momento políticamente sensible. No se trata solo de un nuevo viaje al exterior ni de una agenda diplomática cargada de discursos grandilocuentes. El contexto lo dice todo: mientras el Gobierno empuja una reforma laboral profundamente cuestionada y negocia voto a voto su aprobación en el Congreso, el mandatario arma un “tour internacional” al que invita selectivamente a gobernadores radicales que garantizaron gobernabilidad. La señal es clara, casi obscena en su simpleza: acompañar las reformas tiene recompensa.
La decisión de sumar a Alfredo Cornejo y Juan Pablo Valdés a la gira por Washington y Nueva York, con eje en la Argentina Week, no puede leerse como un gesto institucional neutro. En la lógica real del poder, estos viajes funcionan como capital político. Fotos, visibilidad internacional, acceso a foros empresariales y cercanía con el Presidente operan como moneda de cambio para quienes facilitaron el avance de una reforma laboral resistida por sindicatos, provincias y amplios sectores sociales. No es diplomacia clásica: es administración de lealtades.
El oficialismo sabe que carece de estructura territorial propia y que su margen de maniobra legislativa es frágil. Por eso, cada apoyo se paga. En ese esquema, el radicalismo dialoguista encontró un lugar incómodo pero funcional: acompañar al Gobierno libertario a cambio de protagonismo, acuerdos electorales y gestos de poder. Cornejo lo explicitó en Mendoza, donde selló una alianza con La Libertad Avanza; Valdés lo expresa desde Corrientes, aportando influencia sobre un bloque de senadores clave. El viaje no es casualidad: es el premio.
Mientras tanto, el Presidente acelera su alineamiento internacional con Estados Unidos y, en particular, con la agenda del expresidente Donald Trump. Su participación en la primera sesión formal de la Junta o Consejo de Paz impulsado por el republicano confirma una política exterior ideológica, más cercana al seguidismo que a una estrategia soberana. Milei no solo avala un organismo que busca desplazar a la Organización de las Naciones Unidas, sino que se ofrece como socio entusiasta de una iniciativa que generó recelos en buena parte del mundo y escasa adhesión regional.
La paradoja es evidente. Mientras el Presidente habla de paz, reconstrucción y liderazgo global, en la Argentina el conflicto social escala. El mismo día que emprendió el viaje, el Gobierno debió dictar la conciliación obligatoria por el cierre de la planta de Fate, exponiendo una contradicción central del relato libertario: el Estado que no debe intervenir aparece cuando el conflicto amenaza con desbordar. La foto del Presidente en Washington convive con la de trabajadores al borde del despido en el conurbano bonaerense.
Pero más allá del impacto político, hay un dato que resulta imposible de esquivar y que el Gobierno evita discutir: los viajes internacionales de Milei no han dejado resultados económicos positivos concretos. Desde diciembre de 2023, el Presidente multiplicó visitas a Estados Unidos, foros empresariales y encuentros de alto perfil con la promesa reiterada de inversiones, dólares y confianza de los mercados. La realidad es menos épica. No hubo anuncios significativos de inversión productiva, no se tradujeron los discursos en crecimiento del empleo ni en alivio para la economía real, y la situación financiera del país sigue marcada por la fragilidad.
La única excepción que suele mencionarse —y que confirma la regla— es el salvataje que realizó Estados Unidos durante la presidencia de Trump para que la Argentina pudiera cumplir con sus compromisos con el Fondo Monetario Internacional. Pero incluso ese episodio dista de ser un éxito. Fue un rescate político-financiero de emergencia, no un plan de desarrollo. Permitió ganar tiempo, sí, pero dejó como herencia una deuda monumental y condicionamientos que aún pesan sobre la economía argentina. No fue inversión, no fue crecimiento: fue oxígeno para evitar el colapso.
Sin embargo, Milei parece haber convertido ese antecedente en modelo. Su alineamiento automático con Washington parte de la premisa de que la afinidad ideológica traerá beneficios económicos. Hasta ahora, esa expectativa no se cumplió. La diplomacia de vidriera no se traduce en dólares, y los gestos de subordinación no garantizan resultados. Aun así, el Presidente insiste, acumula millas aéreas y refuerza un relato internacional que contrasta con el ajuste interno.
En ese marco, el “tour internacional” con gobernadores radicales adquiere un sentido político más profundo. No se trata solo de mostrar unidad o pluralismo. Es una señal interna hacia el sistema político y hacia las provincias: el Gobierno recompensa a quienes acompañan su agenda, incluso cuando esa agenda implica retrocesos en derechos laborales. La política exterior se convierte así en una extensión de la negociación doméstica, en una herramienta para disciplinar y ordenar apoyos.
La escena es elocuente y deja una pregunta incómoda flotando en el aire. ¿Cuánto de esta agenda internacional responde a una estrategia de desarrollo y cuánto a la necesidad de sostener un proyecto político que avanza a fuerza de acuerdos transaccionales? Mientras el Presidente viaja, los costos del ajuste se quedan en casa. Y mientras algunos suben al avión como premio, millones de argentinos siguen esperando que tanta gira, tanta foto y tanto discurso se traduzcan en algo más que promesas recicladas.





















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