Por el «milagro» libertario Argentina está entre los 6 países con más inflación en el mundo

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Durante meses, el presidente Javier Milei sostuvo una promesa tan rotunda como riesgosa: la inflación en Argentina iba a desaparecer. No como una meta de largo plazo ni como una tendencia gradual, sino como un resultado concreto, medible y cercano. En entrevistas, streams y apariciones públicas hacia fines de 2025, aseguró que para mediados de 2026, incluso para agosto, la inflación mensual “empezaría con cero coma algo”. La explicación era técnica y presentada como irrefutable: saneamiento del Banco Central, control estricto de la cantidad de dinero y rezagos monetarios de 26 meses. Una cuenta cerrada. Un dogma libertario.

A comienzos de 2026, sin embargo, la escena es otra. Un informe reciente de Goldman Sachs proyecta para la Argentina una inflación anual del 20% en 2026. Lejos de ser leído como una señal de incumplimiento de la promesa presidencial, el dato fue presentado por sectores oficialistas y medios afines como una noticia extraordinaria, casi épica: “el nivel más bajo desde 2013”, “una caída brutal”, “un milagro económico”.

En términos históricos, el recorrido es innegable: 211% en 2023, alrededor de 118% en 2024, un 31% estimado para 2025 y una proyección del 20% para 2026. La desaceleración es real. Goldman Sachs la atribuye al ajuste fiscal sostenido, a las reformas estructurales y a una mejora en la confianza del mercado, incluso señalando que el resultado electoral facilitó ese proceso. El mismo informe proyecta, además, un crecimiento del PBI del 2,7% para 2026.

Un 20% anual implica, en promedio, una inflación mensual cercana al 1,5%. Puede ser un alivio en un país acostumbrado al desborde inflacionario. Puede representar una mejora respecto del colapso previo. Pero está muy lejos de lo que el propio presidente prometió. No es “cero coma algo”. No es estabilidad de precios. No es el final del problema inflacionario. Es, apenas, una versión más ordenada del mismo fenómeno.

La distancia entre promesa y realidad se vuelve todavía más evidente cuando se observa que el propio mercado converge en el mismo número. El Relevamiento de Expectativas de Mercado del Banco Central de la República Argentina ubica la inflación de 2026 en torno al 20–21%, prácticamente en línea con Goldman Sachs. Ni bancos, ni consultoras, ni analistas financieros, ni agentes económicos creen en una inflación mensual cercana a cero en el corto plazo. Ni siquiera el Presupuesto oficial logró sostener un escenario claramente más optimista: las proyecciones oscilaron entre bandas amplias que, en los hechos, validan ese mismo orden de magnitud.

En ese contexto aparece un segundo giro discursivo, aún más revelador: la comparación internacional. En placas celebratorias y posteos oficiales se insiste con que la Argentina “salió del top 10 de los países con más inflación del mundo”. El dato es formalmente correcto, pero conceptualmente tramposo. Según esas mismas comparaciones, el país solo quedó por detrás de economías atravesadas por guerras, colapsos estatales o crisis humanitarias severas como Irán (42,4%), Sudán (87,2%), Zimbabue (89%), Sudán del Sur (97,5%) y Venezuela (269,9%).

Es decir, la nueva vara de éxito no es la estabilidad de precios ni la normalidad macroeconómica, sino dejar de compartir ranking con Estados fallidos o economías en emergencia permanente. El desplazamiento del relato es evidente: se pasó de prometer el fin de la inflación a celebrar no estar entre los peores del planeta.

Ese cambio no es menor. Pasar del “vamos a terminar con la inflación” al “ya no estamos entre los cinco países con más inflación del mundo” no es una hazaña económica: es una redefinición del fracaso. La inflación sigue siendo alta para cualquier país que aspire a funcionar con previsibilidad, crédito y salarios reales estables, pero se la presenta como un triunfo porque el punto de comparación dejó de ser el mundo desarrollado y pasó a ser el infierno inflacionario global.

A eso se suma otro dato que suele quedar fuera del festejo: el propio informe de Goldman Sachs advierte riesgos al alza. Tensiones cambiarias, presiones sobre el dólar y eventuales desajustes en el frente externo podrían enlentecer o incluso revertir el proceso de desinflación. El 20% no está garantizado. Es una proyección, no una certeza. Y aun si se cumple, sigue sin ser lo prometido.

En definitiva, lo que hoy se presenta como un “milagro económico” es, en realidad, un ajuste de expectativas a la baja. Para algunos, es un avance histórico: sacar a la Argentina del podio mundial de la inflación extrema. Para otros, es la prueba de que la épica libertaria chocó con los límites de la economía real. Ambas cosas pueden ser ciertas al mismo tiempo.

Pero conviene no confundirlas.

Reducir la inflación es un paso necesario. Vender el 20% como si fuera inflación cero es otra cosa. Es marketing político. Y cuando el marketing reemplaza a la verdad, el milagro dura lo que dura el titular.

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