Tras las elecciones, CFK reclama autocrítica y unidad: “No me interesa tener razón, me interesa ganar”

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Desde su reclusión injusta, Cristina Fernández de Kirchner publicó un documento que reinterpreta los resultados del 26 de octubre. Lejos de la resignación, expone una lectura cruda sobre los errores de estrategia en la provincia de Buenos Aires, el reagrupamiento del voto antiperonista y el rol del miedo como herramienta política. Un texto que funciona como autocrítica, advertencia y hoja de ruta para el campo nacional y popular.

“A los compañeros y compañeras militantes”, así comienza Cristina Fernández de Kirchner su nuevo documento político, escrito desde San José 1111, donde cumple una prisión que ella misma califica como injusta y persecutoria. Pero el tono no es el de una víctima, sino el de una estratega que lee el mapa político argentino tras los comicios del 26 de octubre con precisión quirúrgica. El texto es, en sí mismo, una intervención política: no busca consuelo, sino reorientar al peronismo tras una derrota que considera evitable.

La primera definición clave que hace Cristina es histórica. Compara la elección de medio término con todas las anteriores desde 1983: recuerda que solo De la Rúa y Alberto Fernández perdieron sus elecciones legislativas iniciales. Reivindica el triunfo de Néstor Kirchner en 2005, cuando obtuvo el 45,77% de los votos en la provincia de Buenos Aires con una participación del 77,38%. Pero de inmediato desactiva cualquier ilusión determinista: ganar una intermedia no garantiza la reelección. Mauricio Macri, que había arrasado en 2017, cayó dos años después. Y el partido que ganó en 2021, recuerda, “ni siquiera entró al balotaje”. De ese repaso extrae una conclusión contundente: los resultados son coyunturales, pero los errores estratégicos pueden costar mucho más que una elección.

Cristina no evita señalar responsabilidades. En el segundo punto de su documento, apunta directamente a la decisión del gobernador bonaerense de desdoblar los comicios provinciales. Lo califica como un “error político” y recuerda que lo advirtió públicamente el 14 de abril, cuando pidió mantener la concurrencia electoral para “no dividir esfuerzos en dos elecciones separadas por apenas 49 días”. Esa frase resume su concepción táctica: la dispersión del voto peronista, especialmente en Buenos Aires, resultó letal. Lo dijo entonces y lo repite ahora con un dejo de amargura, pero sin revancha personal: “No me interesa tener razón, me interesa ganar las elecciones”.

El diagnóstico es demoledor. Para Cristina, el desdoblamiento produjo un “efecto balotaje” que permitió reagrupar el voto antiperonista en octubre. Lo que en septiembre parecía una victoria parcial terminó transformándose en un boomerang político. Con datos concretos, explica que la diferencia de casi 14 puntos en las elecciones del 7 de septiembre en la provincia de Buenos Aires actuó como una “primera vuelta” que unificó al electorado opositor. No hay mística en ese razonamiento, sino análisis empírico: las clases medias, los sectores concentrados y el voto antiperonista clásico se reagruparon detrás del miedo a una continuidad del peronismo. Y esa reconfiguración explica por qué, a nivel nacional, el peronismo logró un 35% frente al 40% de La Libertad Avanza.

El documento avanza más allá de los números y explora el componente emocional del voto. Cristina introduce una categoría política que trasciende las estadísticas: el miedo. Según su lectura, la sociedad fue empujada a votar bajo una sensación inducida de catástrofe. “Algunos creyeron que si el gobierno perdía la elección de medio término, se caía”, advierte. Y agrega que esa hipótesis fue alimentada “desde medios y discursos”, en medio de una escalada del dólar, un aumento del riesgo país y la inestabilidad estructural del modelo bimonetario. El miedo, entonces, operó como disciplinador. A ese clima interno, se sumó —señala— un actor externo de peso: el presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, quien intervino en la campaña al advertir que la ayuda del Tesoro norteamericano cesaría si Milei no ganaba. Una frase que, según Cristina, “sobreestimuló emocionalmente” a una parte del electorado.

Esa dimensión emocional del voto, basada en la manipulación y el temor, refuerza la tesis central del texto: no hubo una derrota ideológica del peronismo, sino una operación de miedo y concentración política. Cristina incluso alude al fenómeno del “ausentismo y la indiferencia ciudadana”, que define como un signo de “insatisfacción democrática”. Lo había anticipado en 2017 en el Parlamento Europeo y hoy lo retoma para describir la desafección social con la política tradicional.

Sin embargo, la expresidenta no se queda en la crítica al contexto. También asume la responsabilidad de repensar estrategias y conceptos. En el punto seis, recuerda que el país que dejó en 2015 “no existe más”. Aquel modelo de desendeudamiento, pleno empleo y salarios altos fue desmantelado por el endeudamiento macrista y la crisis posterior. “No tenerle miedo al debate y a la discusión de nuestras ideas” es su consigna para reconstruir un proyecto político en un escenario totalmente distinto. No hay nostalgia, sino una convocatoria al pensamiento crítico dentro del movimiento.

La lectura política del documento combina autocrítica con advertencia. Cristina afirma que se avecina una “ofensiva para tratar de romper el peronismo y el campo nacional y popular”. No se trata de un exceso retórico, sino de una observación concreta sobre el poder real: “Transformar la Argentina en una factoría y quebrar su organización social y política requiere algo más que ganarle una elección”. Esa frase condensa su diagnóstico: el gobierno de Milei, apoyado por sectores económicos concentrados y por el aparato mediático-judicial, busca reconfigurar estructuralmente el país. La persecución judicial contra dirigentes populares no sería un hecho aislado, sino parte de ese plan.

La referencia al fallo de la Corte Suprema —a la que llama “la Corte de los Tres”— es el punto más político del texto. En un solo día, dice, el tribunal sobreseyó a Mauricio Macri por el espionaje a los familiares del ARA San Juan, a Luis Caputo, a Federico Sturzenegger y al propio Javier Milei, mientras confirmaba condenas contra dirigentes opositores como Martín Sabbatella y Guillermo Moreno, e incluso rechazaba recursos suyos vinculados al atentado del 1° de septiembre de 2022. Para Cristina, ese contraste evidencia un “día de furia antiperonista” en el que la justicia se comportó como un actor político.

Pero el eje del documento no es el lawfare, sino su consecuencia política: la amenaza a la dirigencia. “La dirigencia política, sindical y social está en libertad condicional”, escribe. Esa frase no es un lamento, sino una alerta. Si el mensaje que el poder envía es que defender los intereses nacionales puede costar la cárcel o la proscripción, el efecto es disciplinador. El desafío, entonces, es romper ese cerco con “dirigentes con cabeza, corazón y mucho coraje”. La mención a la unidad no es una consigna vacía: es una herramienta de supervivencia política frente a un adversario que —según su diagnóstico— busca “balcanizar” el campo popular mediante la cooptación y la seducción de figuras disidentes.

Cristina cierra su texto reafirmando el valor de la unidad “como instrumento político de construcción nacional, popular y democrática”. Lo hace desde una posición de debilidad formal —presa y proscripta—, pero con la autoridad simbólica de quien sigue marcando el pulso del peronismo. Su mensaje combina historia, análisis y autocrítica: reconocer errores, evitar fracturas y entender que la derrota no es el fin, sino parte de un ciclo.

El documento, de casi diez páginas, se inscribe en una larga tradición del peronismo: la de los textos doctrinarios que buscan reordenar al movimiento después de una crisis. Tiene el tono de las cartas de Perón a la militancia en el exilio y la contundencia de los informes que Cristina ha publicado en momentos de redefinición política. Su “estudie historia” final, citando a Churchill, no es una pose intelectual: es una declaración de método. En tiempos de improvisación y redes sociales, reivindica la mirada larga, la comprensión estructural de los procesos políticos y la necesidad de volver a pensar antes de actuar.

En definitiva, su lectura del resultado electoral del 26 de octubre no se limita a contar votos, sino que radiografía un proceso más profundo: la convergencia entre el miedo, los errores tácticos y la desafección política. Cristina propone, sin decirlo explícitamente, un retorno al pensamiento estratégico. El peronismo, sugiere, no perdió por falta de apoyo popular, sino por haber subestimado los mecanismos del poder real y haber desoído una advertencia que hoy suena profética.

Desde su lugar de resistencia, Cristina Fernández de Kirchner lanza un mensaje que es a la vez una autopsia política y un llamado a la reconstrucción. Porque, como decía Néstor Kirchner —y ella misma recuerda—, “no hay derrotas definitivas ni triunfos eternos”.

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