En menos de 24 horas, Donald Trump pasó del 10 al 15 por ciento de aranceles globales, desoyó al máximo tribunal de su país y volvió a poner al mundo frente a una política económica unilateral, agresiva y jurídicamente frágil, cuyos efectos ya generan inquietud en Europa y dejan a la Argentina de Javier Milei en un terreno tan incierto como peligroso.
La escena es conocida, pero no por eso menos inquietante. Un presidente acorralado por la Justicia responde no con moderación, sino con más poder concentrado. Más aranceles. Más confrontación. Más ruido.
El sábado 21 de febrero de 2026, Donald Trump anunció que elevaría con efecto inmediato al 15 por ciento el nuevo arancel global a las importaciones, apenas horas después de haber firmado una orden ejecutiva que los fijaba en el 10 por ciento. No fue una corrección técnica ni un ajuste fino. Fue un desafío abierto al fallo adverso de la Corte Suprema de Estados Unidos, que había declarado ilegal gran parte de su programa arancelario por carecer de sustento en una supuesta “emergencia económica”.
Trump no sólo avanzó igual. Lo hizo denunciando la decisión judicial como “ridícula” y “extraordinariamente antiestadounidense”, en un tono que ya no distingue entre control institucional y enemistad personal. Desde su red Truth Social, el presidente volvió a presentarse como víctima de jueces desleales y reafirmó su narrativa preferida: el mundo ha “estafado” a Estados Unidos durante décadas y él es el único dispuesto a devolver el golpe.
La suba al 15 por ciento no es un detalle menor. Es el máximo que la ley utilizada por Trump le permite aplicar y sólo por un período de 150 días. Es decir, se trata de una medida temporal, jurídicamente acotada y políticamente explosiva. La propia normativa que invoca el presidente deja en evidencia la fragilidad de su maniobra: no está claro cómo podría sostenerse más allá de ese plazo ni bajo qué marco legal podría renovarse sin una autorización explícita del Congreso.
La paradoja es contundente. El fallo de la Corte Suprema fue emitido por una mayoría de seis jueces sobre nueve, en un tribunal dominado por magistrados conservadores que, en reiteradas ocasiones, se alinearon con el Partido Republicano. Incluso así, el máximo órgano judicial consideró que Trump se excedió en sus competencias y que no puede imponer aranceles globales alegando una emergencia económica sin demostrar una autorización clara del Poder Legislativo. El mensaje institucional fue inequívoco: hay límites. La respuesta presidencial, también.
Lejos de acatar el espíritu del fallo, Trump redobló la apuesta. Atacó con nombre y apellido a jueces que él mismo había designado, como Neil Gorsuch y Amy Coney Barrett, a quienes acusó de deslealtad, y reservó elogios para los magistrados que votaron en disidencia, en especial Brett Kavanaugh, a quien definió como su “nuevo héroe”. La Justicia, así, quedó reducida a una grieta más, evaluada no por su apego a la Constitución sino por su utilidad política.
Mientras tanto, el impacto global comenzó a sentirse de inmediato. La nueva tasa del 15 por ciento alcanza a países y bloques que mantienen acuerdos comerciales con Washington, como la Unión Europea, Japón, Corea del Sur y Taiwán. En Europa, las reacciones oscilaron entre la cautela diplomática y la advertencia explícita. Alemania y Francia reclamaron una respuesta unificada, subrayando que la política aduanera es competencia comunitaria y no de los Estados miembros. Emmanuel Macron celebró el fallo judicial estadounidense como una prueba de que los controles y contrapesos siguen siendo esenciales en una democracia y pidió no quedar a merced de decisiones unilaterales.
En este tablero movedizo, la Argentina aparece mencionada, pero no aclarada. Y esa ambigüedad es, quizás, el dato más elocuente. Según la información disponible, el impacto concreto de los aranceles sobre el país todavía no es claro, a pesar de haberse firmado un acuerdo recíproco de comercio e inversiones el pasado 5 de febrero. Tras el anuncio inicial del 10 por ciento, el gobierno argentino se aferró a la idea de una posible excepción. Sin embargo, con la suba al 15 por ciento, volvieron las dudas. No está definido si se requiere una nueva firma, un anexo o algún otro mecanismo formal. El acuerdo existe, pero su alcance real quedó suspendido en una nebulosa diplomática.
Esa incertidumbre debería encender alarmas. No sólo por el efecto potencial sobre exportaciones o inversiones, sino por lo que revela acerca del modelo de inserción internacional que impulsa el gobierno de Javier Milei. Apostar todo a una relación personal e ideológica con Trump implica asumir, también, los costos de su imprevisibilidad. Cuando la política comercial de la principal potencia del mundo puede cambiar en cuestión de horas, por un posteo en redes sociales o por una pulseada con la Justicia, la supuesta seguridad que prometen los alineamientos automáticos se convierte en una ilusión peligrosa.
Más aún cuando los propios fundamentos legales de la medida están en disputa. La Corte Suprema dejó la puerta abierta a posibles reembolsos de aranceles ya pagados por las empresas, un proceso que, según el propio Trump y el juez Kavanaugh, podría derivar en años de litigios y en un verdadero desorden administrativo. Los aranceles afectados por el fallo superaron los 130 mil millones de dólares recaudados en 2025. No es un detalle técnico: es una bomba de tiempo jurídica y económica.
Para la Argentina, el escenario es doblemente incómodo. Por un lado, depende de reglas claras para comerciar con un socio clave. Por otro, observa cómo ese socio redefine las reglas sobre la marcha, sin reparar en fallos judiciales ni en compromisos previos. Y, en el medio, un gobierno que se proclama defensor del libre mercado y enemigo de toda regulación, pero que guarda silencio ante una de las políticas más proteccionistas y discrecionales de las últimas décadas, siempre que provenga de un aliado ideológico.
La suba de aranceles de Trump no es sólo una noticia internacional. Es un espejo incómodo. Muestra hasta dónde puede llegar un liderazgo que desprecia los límites institucionales y convierte la economía en un arma política. Y expone, al mismo tiempo, la fragilidad de quienes deciden atar el destino del país a ese tipo de apuestas, sin red, sin plan alternativo y sin capacidad real de incidencia cuando el tablero se sacude.
En un mundo donde las reglas se tensan y los fallos judiciales se desafían desde el poder, la pregunta ya no es sólo qué hará Trump en los próximos 150 días. La pregunta es qué hará la Argentina cuando descubra que la afinidad ideológica no garantiza previsibilidad, y que el costo de esa apuesta puede pagarse en exportaciones, empleo y soberanía económica. La respuesta, por ahora, sigue tan difusa como los alcances reales del último acuerdo firmado.
Fuente:
https://p.dw.com/p/59CQz
https://www.dw.com/es/trump-dice-que-subir%C3%A1-el-nuevo-arancel-global-a-un-15-ciento/a-76074433
https://www.perfil.com/noticias/internacional/trump-elevo-los-aranceles-de-nuevo-hasta-15-a-las-importaciones.phtml
https://www.pagina12.com.ar/2026/02/21/trump-vuelve-a-aumentar-los-aranceles-globales-tras-el-fallo-de-la-corte/
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