La designación de Gastón Salmain para manejar hasta cuatro juzgados federales expone una trama de impunidad, corporativismo y parĆ”lisis institucional en plena crisis de credibilidad del sistema judicial. Mientras enfrenta graves acusaciones por cohecho y prevaricato, y tiene prohibido salir del paĆs, el juez federal de Rosario suma subrogancias y poder. El caso desnuda el deterioro de los controles judiciales bajo un Estado que, lejos de fortalecerlos, los deja correr.
El Poder Judicial argentino acaba de regalar una escena difĆcil de explicar sin sonrojarse. En Santa Fe, un juez federal procesado por delitos de corrupción de extrema gravedad institucional no sólo continĆŗa en funciones, sino que amplĆa su radio de poder y pasa a manejar hasta cuatro juzgados al mismo tiempo. El protagonista es Gastón Salmain, magistrado de Rosario imputado por intentar cobrar una coima de 200 mil dólares, con prohibición de salida del paĆs y un historial previo que ya lo habĆa expulsado del Poder Judicial hace mĆ”s de dos dĆ©cadas. Aun asĆ, la maquinaria institucional decidió premiarlo con mĆ”s expedientes, mĆ”s competencia y mĆ”s salario.
La decisión, adoptada por la CÔmara Federal de Rosario, le asigna a Salmain la subrogancia de los juzgados federales Nº1 y Nº2 de Santa Fe durante la licencia del juez Aldo Alurralde, que se extiende del 9 al 19 de febrero. A eso se suma su rol en el Juzgado Federal Nº2 de Rosario y su cargo como titular del Juzgado Nº1 de esa ciudad. En términos concretos, un magistrado cuestionado por fiscales y colegas, y procesado por hechos que involucran corrupción cambiaria, tendrÔ bajo su firma decisiones que afectan la libertad, el patrimonio y los derechos de personas y empresas en dos de las ciudades mÔs importantes de la provincia.
El trasfondo judicial del caso es tan grave como conocido. El 26 de diciembre pasado, el juez federal Carlos Vera Barros procesó a Salmain por cohecho pasivo agravado, incumplimiento de los deberes de funcionario pĆŗblico y prevaricato. SegĆŗn la causa, Salmain intentó cobrar un soborno a cambio de dictar una medida cautelar que obligó al Banco Central de la RepĆŗblica Argentina a vender 10 millones de dólares en billetes a un fideicomiso manejado por el financista rosarino Fernando Whpei, en pleno contexto de restricciones cambiarias. La operatoria habrĆa permitido una ganancia ilegal de 200 mil dólares producto de la diferencia entre el tipo de cambio oficial y el blue. El procesamiento incluyó ademĆ”s un embargo por 200 mil dólares.
Lejos de tratarse de una sospecha endeble, la acusación se apoya en la confesión de un empresario arrepentido, corroborada por localizaciones telefónicas y otros elementos probatorios. Aun asĆ, Salmain no estĆ” detenido. El Ćŗnico motivo es tan simple como inquietante: sus fueros como juez federal. El privilegio corporativo funciona como un escudo que lo mantiene sentado en su despacho mientras el expediente avanza con una lentitud que ya es marca registrada del sistema.
La pregunta que flota en tribunales y fuera de ellos es inevitable: Āæcómo puede un magistrado procesado por corrupción seguir acumulando poder judicial? La respuesta oficial apela a la tradición y a la escasez de recursos humanos. En la CĆ”mara Federal de Rosario sostienen que desde hace mĆ”s de 40 aƱos se asignan subrogancias al juez mĆ”s cercano geogrĆ”ficamente y que sólo hay cuatro magistrados disponibles para cubrir once juzgados, todos ya sobrecargados de trabajo. Romper ese esquema, aseguran, abrirĆa la puerta a recusaciones y dilaciones.
Pero esa explicación formal apenas tapa una realidad mucho mĆ”s incómoda. El camarista AnĆbal Pineda, quien firmó la resolución que beneficia a Salmain, deberĆ” resolver en las próximas semanas la apelación del procesamiento por la coima vinculada al fideicomiso. Si no le asignaba la subrogancia, dicen en tribunales, Salmain podrĆa alegar prejuzgamiento y recusarlo, una prĆ”ctica que el propio juez procesado utiliza de manera sistemĆ”tica bajo el argumento de ser vĆctima de un complot de magistrados y periodistas. Para evitar ser apartado de la causa, la CĆ”mara optó por el camino mĆ”s polĆ©mico: darle mĆ”s poder al juez cuestionado.
El resultado es una paradoja institucional difĆcil de digerir. Para garantizar la āceleridadā de una causa por corrupción, se habilita a un magistrado con antecedentes gravĆsimos a controlar nuevos juzgados. El remedio parece peor que la enfermedad. La lógica corporativa prioriza el equilibrio interno del Poder Judicial por sobre la confianza pĆŗblica y la calidad institucional. En ese esquema, la Ć©tica judicial queda relegada a una nota al pie.
El caso Salmain no es un rayo en cielo despejado. Es la consecuencia directa de la inacción del Consejo de la Magistratura de la Nación, que desde hace mĆ”s de ocho meses acumula denuncias contra el juez, incluidas las presentadas por la diputada provincial santafesina Lionella Cattalini. La historia reciente demuestra que esa parĆ”lisis no es excepcional. El antecedente del juez rosarino Marcelo Bailaque, denunciado en 2020 y reciĆ©n apartado cuatro aƱos despuĆ©s, cuando ya cumplĆa prisión domiciliaria por extorsión y corrupción, funciona como un espejo incómodo. En ese contexto, que Salmain lleve ocho meses sin ser suspendido parece casi ānormalā.
El propio recorrido del magistrado agrava el cuadro. En 2002, la Corte Suprema de Justicia de la Nación lo expulsó del Poder Judicial cuando era empleado por ofrecer una coima a una secretaria encargada de los sorteos de expedientes, con el objetivo de direccionar una causa. Ese episodio no fue consignado en su currĆculum cuando concursó para ser juez, omisión que hoy tambiĆ©n es objeto de investigación. Aun asĆ, en 2023 logró ser designado juez federal en Rosario y juró su cargo con la presencia del ministro de la Corte Ricardo Lorenzetti. La escena, vista en retrospectiva, condensa la liviandad con la que se manejan los antecedentes en el acceso a cargos clave del sistema judicial.
Todo esto ocurre en un contexto polĆtico marcado por el discurso de āmano duraā y anticorrupción del gobierno de Javier Milei. Sin embargo, la realidad muestra otra cosa. Lejos de impulsar reformas que aceleren los mecanismos de control y sanción dentro del Poder Judicial, el Estado nacional asiste pasivamente a un proceso de degradación institucional que mina la credibilidad pĆŗblica. La Justicia aparece como un territorio autónomo, blindado, donde los tiempos y las reglas se acomodan para proteger a los propios, incluso cuando las acusaciones son de una gravedad extrema.
La situación es inĆ©dita y peligrosa. Durante los próximos dĆas, un juez que, segĆŗn la opinión de fiscales y colegas, deberĆa estar detenido, tendrĆ” en sus manos decisiones sensibles en materia penal, civil, comercial y contencioso-administrativa. No se trata sólo de un problema jurĆdico, sino de un mensaje polĆtico devastador: la corrupción judicial no sólo no se castiga, sino que se tolera y, en los hechos, se recompensa.
El caso Salmain expone con crudeza la crisis de legitimidad del Poder Judicial argentino. TambiĆ©n interpela a un gobierno que promete transparencia pero convive sin sobresaltos con estas prĆ”cticas. En un paĆs atravesado por la desconfianza social y el hartazgo frente a los privilegios, sostener este esquema no es una simple omisión. Es una decisión polĆtica con consecuencias profundas para la democracia y el Estado de Derecho.
Fuente:
https://www.lapoliticaonline.com/santa-fe/un-juez-federal-de-rosario-procesado-por-corrupcion-manejara-tres-juzgados-8486/
https://viaszeta.com/2026/02/06/un-juez-federal-sospechado-de-corrupcion-y-con-pedido-de-detencion-fue-premiado-con-un-nuevo-juzgado/

