La designación de Juan Bautista Mahiques en Justicia desató una interna feroz dentro del círculo más íntimo de Javier Milei y reveló una disputa brutal por el control del Estado, la justicia y el armado político de La Libertad Avanza. El nombramiento impulsado por Karina Milei reconfiguró el mapa de poder del gobierno y dejó expuesta una tensión creciente con el estratega presidencial Santiago Caputo. El episodio refleja algo más profundo que un choque de egos: la pelea por la lapicera, el control del aparato estatal y el rumbo político del oficialismo.
El poder libertario, que durante meses intentó proyectar una imagen de cohesión absoluta, empieza a mostrar grietas cada vez más visibles. Lo que durante mucho tiempo se presentó como un “triángulo de hierro” sólido e inquebrantable —integrado por Javier Milei, su hermana Karina Milei y el estratega político Santiago Caputo— hoy parece atravesado por tensiones que ya no se pueden disimular. En los pasillos de la Casa Rosada se habla de un verdadero temblor político, una disputa interna que no solo revela diferencias personales sino algo mucho más delicado: la lucha por el control real del poder dentro del gobierno.
El detonante más reciente de este conflicto fue la designación de Juan Bautista Mahiques como ministro de Justicia. A simple vista podría parecer un cambio administrativo más dentro de un gabinete que ya atravesó varias reconfiguraciones. Pero puertas adentro la decisión tuvo un significado mucho más profundo. La llegada de Mahiques no fue una decisión neutra ni una mera reorganización institucional. Fue, en cambio, una señal clara de que Karina Milei logró imponer su propio esquema de poder en uno de los ministerios más sensibles del Estado.
El movimiento tuvo además un efecto inmediato: desplazó a figuras vinculadas al armado político de Santiago Caputo y consolidó el avance del entorno más cercano a la secretaria general de la Presidencia. En política, esas señales pesan. Y pesan mucho.
Para entender la dimensión del conflicto hay que retroceder unos pasos. Desde el inicio del gobierno libertario quedó claro que el poder no se concentraba exclusivamente en el presidente. La arquitectura política de la administración Milei siempre estuvo marcada por ese triángulo de conducción informal compuesto por el propio mandatario, su hermana Karina —conocida dentro del oficialismo como “El Jefe”— y Santiago Caputo, el asesor que diseñó la narrativa política y comunicacional del proyecto libertario.
Durante los primeros meses ese esquema funcionó con relativa armonía. Cada uno parecía ocupar su territorio. Milei como figura central y conductor ideológico; Caputo como estratega político y arquitecto del discurso público; Karina como guardiana del acceso al presidente y administradora de la estructura política emergente de La Libertad Avanza.
Sin embargo, con el paso del tiempo ese equilibrio comenzó a resquebrajarse. El crecimiento del poder de Karina Milei dentro del gobierno empezó a generar incomodidad en otros sectores del oficialismo. Desde su oficina en la Secretaría General, la hermana del presidente fue acumulando atribuciones que exceden ampliamente las funciones protocolares del cargo. Control de la agenda presidencial, acceso directo al mandatario, influencia decisiva en nombramientos, relación con armadores políticos territoriales y capacidad de definir candidaturas. Un combo explosivo para cualquier estructura de poder.
La designación de Mahiques terminó de confirmar esa tendencia. Según las versiones que circulan en el propio oficialismo, fue Karina quien impulsó su llegada al Ministerio de Justicia. Pero el movimiento no terminó allí. También logró colocar a Santiago Viola, abogado de su máxima confianza y apoderado de La Libertad Avanza, como secretario de Justicia y representante en el Consejo de la Magistratura.
El resultado fue contundente: el área judicial del gobierno quedó bajo la órbita del armado político de Karina Milei. Y eso implicó un golpe directo para la estructura de influencia que Santiago Caputo había construido en ese mismo sector.
La jugada dejó heridos políticos. Entre ellos, Sebastián Amerio, un funcionario que respondía al espacio de Caputo y que quedó desplazado en la reorganización del ministerio. En el lenguaje áspero de la política, lo que ocurrió fue una derrota clara en una batalla por la lapicera.
Las tensiones no tardaron en filtrarse. En el entorno libertario se habla abiertamente del enojo de Caputo por decisiones que no pasaron por su mesa política. El asesor presidencial venía desempeñando un rol clave en el diseño de la estrategia política del gobierno y en la construcción del relato que llevó a Milei al poder. Pero ahora enfrenta un escenario distinto: la expansión del poder de Karina Milei dentro del Estado.
Fuentes políticas describen ese avance como una suerte de “voracidad política”. No en el sentido puramente personal, sino como una estrategia deliberada para consolidar el control de áreas sensibles del gobierno. Justicia fue el primer gran paso visible. Pero dentro del oficialismo ya se mencionan otros posibles territorios en disputa, como organismos vinculados a la recaudación estatal o incluso al sistema de inteligencia.
Ese crecimiento del poder de la secretaria general no solo altera el equilibrio interno del gobierno. También plantea interrogantes sobre el funcionamiento real de una administración que prometía romper con las viejas lógicas del poder político argentino.
Porque aquí aparece una contradicción difícil de disimular. El discurso libertario que llevó a Milei a la presidencia se apoyaba en una narrativa de ruptura con las estructuras tradicionales del Estado. Sin embargo, la designación de figuras con vínculos históricos con el poder judicial y las redes de influencia del sistema político tradicional genera suspicacias incluso dentro de sectores que apoyaron al oficialismo.
La tensión alcanzó un punto simbólico durante el acto de jura de Mahiques. Las imágenes del evento circularon rápidamente por redes sociales y portales de noticias. En uno de los momentos más comentados, Karina Milei saludó a Santiago Caputo con un beso protocolar. Él permaneció inmóvil, con las manos en los bolsillos y gesto adusto. Un detalle mínimo, quizás. Pero en política los gestos dicen mucho más que los discursos.
El episodio se convirtió en una especie de metáfora visual del momento que atraviesa el gobierno: una convivencia tensa dentro del círculo más cercano al presidente.
En el mismo acto ocurrió otro episodio que alimentó las especulaciones. Javier Milei protagonizó un intercambio con Daniel Scioli, actual secretario de Turismo y Ambiente. El comentario presidencial, aparentemente en tono humorístico, incluyó una frase que muchos interpretaron como una advertencia: “¿Me estás gambeteando?”.
En el mundo de la política argentina, esas bromas suelen tener doble filo. Algunos analistas interpretaron el comentario como un mensaje disciplinador hacia Scioli. Otros creen que fue una señal más amplia dirigida a sectores del gobierno que podrían estar jugando sus propias cartas dentro del tablero interno.
La escena fue seguida por un abrazo prolongado entre Milei y Caputo, una imagen que pareció diseñada para transmitir calma y negar públicamente cualquier ruptura. Pero en política los gestos de unidad suelen aparecer precisamente cuando las tensiones empiezan a ser demasiado visibles.
Más allá de los nombres propios, el episodio deja al descubierto un problema estructural del gobierno libertario. La Libertad Avanza no es un partido tradicional con décadas de organización territorial y mecanismos internos de resolución de conflictos. Es una fuerza política relativamente nueva, construida alrededor de una figura presidencial fuerte pero con una estructura partidaria todavía frágil.
En ese contexto, la concentración de poder en un núcleo muy reducido de actores puede convertirse en un arma de doble filo. Por un lado, permite decisiones rápidas y control centralizado. Por otro, amplifica cualquier disputa interna.
El resultado es un gobierno donde las tensiones personales se transforman rápidamente en conflictos políticos de gran escala. La pelea por la lapicera no es un simple choque de egos. Es la disputa por quién decide, quién nombra, quién controla los resortes del Estado.
Y en ese juego, el avance de Karina Milei parece haber inclinado la balanza.
La gran incógnita es cuánto durará ese equilibrio inestable. Por ahora, la interna parece contenida dentro de los límites del poder presidencial. Pero en la política argentina las disputas por el control del Estado rara vez quedan congeladas por mucho tiempo.
El triángulo de hierro que sostuvo el ascenso del gobierno libertario ya no parece tan sólido. Y cuando el poder comienza a crujir desde adentro, los temblores suelen sentirse mucho más allá de los muros de la Casa Rosada.





















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