Milei cae al 24% y Bullrich crece: crisis en la Rosada

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Alarma total en la Casa Rosada: Milei perfora su núcleo duro y el poder empieza a correrse hacia Bullrich. La aprobación presidencial cae al 24% en marzo y marca el peor momento del gobierno libertario, en medio de escándalos, crisis económica y un gabinete paralizado por internas.

El derrumbe de la confianza social, la persistencia de la inflación y el impacto del caso Adorni exponen una fragilidad estructural en la gestión de Javier Milei, mientras Patricia Bullrich capitaliza el desgaste y se posiciona como figura de orden.

El experimento libertario empieza a mostrar sus grietas más profundas. Lo que hace apenas unos meses era presentado como un modelo de ajuste heroico con promesa de redención futura, hoy se deshilacha frente a una realidad que golpea sin anestesia. La caída de la aprobación de Javier Milei al 24% en marzo de 2026 no es simplemente un número: es el síntoma de una ruptura más amplia, un quiebre entre el relato oficial y la experiencia concreta de millones de argentinos que ya no compran la idea del “sacrificio necesario”.

El dato, surgido de un sondeo reservado al que accedió La Política Online, es tan contundente como incómodo. Veinte puntos de caída desde octubre de 2025. Un desplome que no encuentra piso claro y que, lo más preocupante para la Casa Rosada, perfora el núcleo duro de apoyo que el propio oficialismo consideraba inquebrantable. Ese 30% que funcionaba como escudo político hoy aparece resquebrajado, dejando al Presidente expuesto en un escenario de extrema debilidad.

Pero los números, por sí solos, no cuentan toda la historia. Detrás de esa caída hay un cambio de clima social que ya no se puede disimular con slogans ni con apelaciones épicas al mercado. Consultoras como ARESCO, citadas en los informes, advierten que lo que se rompió es algo más profundo: la expectativa. El “aguante” económico, esa paciencia social que el gobierno daba por garantizada, se evaporó. La gente ya no cree mayoritariamente que el esfuerzo actual vaya a traducirse en un futuro mejor. Y cuando esa fe se pierde, lo que queda es puro desgaste.

El gobierno, sin embargo, parece atrapado en su propia narrativa. Mientras la inflación vuelve a mostrar señales de persistencia —con proyecciones del 3,3% para marzo impulsadas por alimentos y combustibles— y el temor al desempleo comienza a superar a la preocupación por los precios, la respuesta oficial oscila entre la negación y la obstinación. Es una combinación peligrosa. Porque cuando el bolsillo aprieta y el trabajo tambalea, el margen para discursos abstractos se reduce drásticamente.

En ese contexto, el llamado “caso Adorni” operó como un catalizador del deterioro. El escándalo por un supuesto préstamo de 100.000 dólares otorgado por una jubilada —que al mismo tiempo solicitaba subsidios por pobreza— no solo generó indignación, sino que expuso una contradicción brutal en el corazón del discurso libertario. ¿Cómo se sostiene la narrativa del ajuste moral cuando aparecen este tipo de situaciones? ¿Cómo se explica que quienes predican el fin del Estado dependan, directa o indirectamente, de sus beneficios?

El impacto político fue inmediato. Según los reportes, dentro del propio gabinete crece la presión para desplazar a Manuel Adorni, pero Milei se resiste. Esa negativa no es gratuita: refleja una lógica de poder cada vez más cerrada, más personalista, más desconectada de las señales de alarma. El resultado es un “loop” de desgaste que paraliza la gestión. El gobierno no logra retomar la iniciativa, queda atrapado en la defensa permanente, en la justificación constante, en una especie de inercia autodestructiva.

Y mientras el Presidente se hunde en ese pantano, otra figura comienza a emerger con claridad: Patricia Bullrich. No es casual. En un escenario de crisis económica y descrédito político, el discurso del orden vuelve a ganar terreno. Bullrich, con su agenda centrada en la seguridad, logra sostener niveles de aprobación cercanos al 50% según algunas mediciones. Es, hoy por hoy, la única área del gobierno que no aparece completamente erosionada.

Pero hay algo más interesante —y más inquietante— en su ascenso. Bullrich no solo resiste: se despega. Construye una identidad propia, relativamente autónoma de la debacle económica y de los escándalos que salpican al resto del gabinete. En términos políticos, eso la posiciona como una alternativa dentro del propio espacio oficialista o aliado. Una especie de plan B que empieza a tomar forma en silencio, mientras el liderazgo de Milei se debilita.

Este desplazamiento no ocurre en el vacío. Es la consecuencia lógica de un modelo que, en su radicalidad, empieza a mostrar límites concretos. El ajuste, presentado como solución mágica, se traduce en caída del consumo, aumento del desempleo y deterioro de las condiciones de vida. La promesa de estabilidad choca con una inflación que se resiste a desaparecer. Y la narrativa de eficiencia estatal se ve opacada por escándalos que revelan prácticas, como mínimo, cuestionables.

En ese marco, la crisis de confianza se vuelve estructural. No se trata solo de un mal momento en las encuestas, sino de un proceso más profundo de erosión política. Cuando un gobierno pierde la capacidad de generar expectativas positivas, entra en una zona de riesgo permanente. Cada error pesa más, cada escándalo amplifica su impacto, cada dato negativo refuerza la percepción de fracaso.

La Casa Rosada, según describen los informes, vive estas semanas en estado de “alarma total”. Pero la pregunta es si esa alarma se traduce en cambios reales o si queda reducida a un diagnóstico tardío. Hasta ahora, las señales no son alentadoras. La resistencia a tomar decisiones, la dificultad para ordenar el gabinete, la insistencia en una hoja de ruta que ya no convence, todo apunta a una gestión que se encierra en sí misma.

En paralelo, el escenario político comienza a reconfigurarse. La debilidad de Milei no solo fortalece a Bullrich, sino que reabre el juego para otros actores, tanto dentro como fuera del oficialismo. En política, los vacíos de poder no existen: se llenan. Y cuando un liderazgo se erosiona, las tensiones latentes salen a la superficie.

Lo que está en juego, en definitiva, no es solo la suerte de un gobierno, sino el rumbo de un país que atraviesa una de sus crisis más complejas. La apuesta libertaria, con su promesa de shock y transformación, enfrenta hoy su prueba más dura. Y los resultados, al menos por ahora, distan de ser los esperados.

Quizás el dato más revelador de este momento no sea el 24% de aprobación, sino lo que ese número representa: el fin de una ilusión. La idea de que el ajuste podía ser políticamente sostenible sin costos sociales profundos. La creencia de que el mercado, por sí solo, resolvería desequilibrios históricos. La convicción de que el desmantelamiento del Estado no tendría consecuencias inmediatas en la vida cotidiana.

Hoy, esas certezas se desmoronan. Y en ese derrumbe, lo que emerge no es una alternativa clara, sino un escenario de incertidumbre, disputa y reconfiguración. Un terreno fértil para el avance de discursos autoritarios, de soluciones simplistas, de salidas que, lejos de resolver los problemas, pueden profundizarlos.

La historia argentina ofrece suficientes ejemplos de cómo terminan estos procesos. La pregunta es si esta vez habrá capacidad política y social para evitar que la crisis derive en algo aún más profundo. Por ahora, lo único claro es que la alarma está encendida. Y que el tiempo, para el gobierno de Milei, empieza a jugar en contra.

Fuente:
.https://www.lapoliticaonline.com/politica/alarma-total-en-la-casa-rosada-milei-cae-debajo-del-30-en-las-encuestas-y-crece-patricia/

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