Los nuevos legisladores de Javier Milei recibieron una “bolsita” con la Constitución Nacional y el reglamento del Congreso. Lo que debía ser una jornada de inducción terminó en el meme político del día. Entre la solemnidad institucional y el stand-up libertario, el mileísmo vuelve a confirmar que confunde la República con un emprendimiento de autoayuda.
La escena parece salida de una comedia política, pero ocurrió de verdad. Este 4 de noviembre de 2025, en Casa Rosada, los flamantes diputados electos de La Libertad Avanza participaron de una reunión de transición y recibieron un kit de bienvenida. Dentro de una bolsita prolija —de esas que podrían contener un souvenir o un llavero— encontraron un ejemplar de la Constitución Nacional, el Reglamento de la Cámara de Diputados y algunos materiales básicos para la acreditación. En cualquier otro momento, el gesto habría pasado inadvertido. Pero en el mileísmo, donde la puesta en escena es más importante que el contenido, hasta una carpeta con papeles se convierte en material para el archivo del absurdo.
El video se viralizó en cuestión de horas gracias a la cuenta @ArrepentidosLLA, que mostró a los diputados posando con sus bolsitas mientras alguien comentaba, entre risas: “Al fin les dan la Constitución, así aprenden qué juramento van a hacer”. La ironía fue inmediata y justificada: los autoproclamados “defensores de la libertad” parecían alumnos en su primer día de clases, recibiendo el manual de instrucciones de la República que dicen querer refundar.
La reacción en redes fue un festival. “Les dieron la Constitución en bolsita, faltó el guardapolvo y la cartuchera”, escribió un usuario. Otro agregó: “Milei les prometió dinamitar el sistema, pero primero tuvieron que aprender cómo se prende el micrófono del recinto”. Detrás del sarcasmo hay una verdad incómoda: La Libertad Avanza llegó al Congreso con un grupo de improvisados que, en muchos casos, desconocen hasta las nociones básicas de funcionamiento legislativo.
Y sin embargo, la entrega del material no fue ninguna invención. Es un protocolo de la Cámara de Diputados que se repite desde hace años para todos los bloques. La diferencia es que esta vez la formalidad se topó con un grupo que hizo de la informalidad su identidad política. En la estética libertaria, lo institucional huele a casta. Lo colectivo suena a estatismo. Lo reglamentado es sinónimo de jaula. Por eso la imagen de los diputados libertarios sosteniendo la Constitución con cara de sorpresa tiene un peso simbólico demoledor: los anarquistas de TikTok descubriendo que el Estado tiene papeles, artículos y obligaciones.
Lo más tragicómico es que Javier Milei, que se jacta de citar la Constitución como si fuera un versículo sagrado, es el primero en violentar su espíritu. Porque no se trata de recitar el preámbulo como mantra liberal, sino de entender que la democracia es un pacto colectivo, no una cadena de mandatos individuales dictados por un iluminado. El mileísmo confunde libertad con capricho, y Estado con enemigo. Por eso su discurso choca frontalmente con el texto que ahora sus diputados reciben envuelto en celofán. “Nos los representantes del pueblo argentino…” dice el preámbulo. No “Nos los tuiteros libertarios en nombre del algoritmo y de Elon Musk”.
Los perfiles de quienes recibieron la bolsita confirman el diagnóstico. Influencers antivacunas, empresarios cripto, exyoutubers, libertarios de ocasión y exdirigentes de Juntos por el Cambio reciclados en nombre de la “nueva política”. Gente que nunca pisó una comisión, que jamás redactó un proyecto de ley y que confunde “moción de preferencia” con “preferencia de moción”. En la práctica, el Congreso se transformará en un laboratorio de improvisación ideológica. Habrá quienes lean a Hayek antes de votar, y quienes graben historias de Instagram desde su banca. El espectáculo está garantizado; la calidad legislativa, no tanto.
Lo paradójico es que muchos de estos recién llegados jurarán lealtad a la misma Constitución que Milei desprecia cada vez que amenaza con vetar leyes o cerrar organismos por decreto. Y tal vez sea eso lo más inquietante: los libertarios necesitan el sistema que dicen odiar para poder existir. Sin Estado no hay Congreso, sin Congreso no hay banca, y sin banca no hay sueldo ni asesores. El antiestatismo de La Libertad Avanza dura lo que dura la sesión. Después, como buenos funcionarios públicos, firman, cobran y posan para la foto.
La entrega de la bolsita también reactualiza un viejo tema: los errores de LLA durante su primera experiencia legislativa en 2023. Aquella vez, los diputados libertarios se hicieron famosos por no saber usar el sistema de votación electrónica, presentar proyectos sin firma o pedir exámenes de idoneidad para el resto de los bloques. Hubo sesiones suspendidas por desconocimiento del reglamento y discusiones absurdas transmitidas en vivo, con legisladores libertarios acusándose entre sí de “estatistas infiltrados”. Si algo demuestra la historia reciente, es que el problema no es la ideología, sino la incompetencia.
Pero el mileísmo no aprende: convierte cada papelón en épica. Donde hay error, ve revolución. Donde hay inexperiencia, ve autenticidad. Donde hay ignorancia, ve pureza moral. Ese relato de “somos distintos” se desmorona frente a la simple realidad de que gobernar requiere saber cómo se hace. Y ahí no hay memes que salven.
El episodio de la bolsita es apenas una metáfora del proyecto político de Milei: mucho envoltorio, poca sustancia. Un Estado al que se quiere destruir, pero del que se vive. Un gobierno que predica la austeridad mientras multiplica viajes en jets privados. Una revolución que se vende por redes sociales pero se negocia con banqueros y CEOs extranjeros. Todo es marketing, todo es relato, todo es impostura. Hasta la educación cívica se convierte en acto publicitario.
En el fondo, lo que más irrita del mileísmo no es su ideología, sino su impostura permanente. La Libertad Avanza se presenta como un movimiento de ruptura, pero repite los mismos vicios de la vieja política: oportunismo, soberbia, desconocimiento, promesas vacías. La diferencia es que ahora, además, lo hace con estética de meme y soundtrack de heavy metal. La República convertida en un recital.
Quizás por eso el video generó tanto revuelo. Porque condensa en pocos segundos todo lo que está mal en el experimento libertario: la superficialidad, la desinformación, la confusión entre Estado y empresa privada, el desprecio por la historia institucional del país. La risa que provoca la bolsita es la misma que deja un sabor amargo. No es solo una broma sobre legisladores inexpertos: es el espejo de una Argentina que parece resignada a ver cómo su clase dirigente se degrada entre hashtags y gritos televisivos.
El preámbulo, ese texto que ahora algunos diputados leerán por primera vez, dice que la Constitución busca “afianzar la justicia, consolidar la paz interior y promover el bienestar general”. Ninguna de esas metas figura en el diccionario de Milei, que prefiere hablar de motosierra, mercado y dinamita. Pero si algo enseña la historia es que los países no se sostienen con metáforas explosivas, sino con instituciones que funcionen. Y para eso se necesita conocimiento, no furia; formación, no slogans; compromiso, no likes.
La bolsita con la Constitución fue un intento de bienvenida. Pero terminó siendo un retrato de época: la República convertida en souvenir, la democracia empaquetada para la foto, la libertad reducida a mercancía. Si algo le sobra a este gobierno es escenografía; lo que le falta, justamente, es contenido. Tal vez algún día comprendan que leer la Constitución no es un acto simbólico, sino un deber. Y que la libertad sin responsabilidad no es libertad: es barbarie con cuenta verificada.





















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