El periodista de LN+ leyó una disculpa en vivo luego de haber calificado de “vagos” y “criminales” a médicos del Hospital Garrahan. Su arrepentimiento duró veinte segundos y parece dictado por el manual del daño controlado.
La viralización del exabrupto contra profesionales de la salud infantil desató un repudio masivo. Incluso dentro de sectores cercanos al oficialismo, el ataque fue considerado una “aberración”. El intento de reparación de Feinmann, lejos de calmar los ánimos, reavivó el debate sobre la violencia mediática que ampara el gobierno de Javier Milei.
La escena fue breve, pero suficiente para mostrar el nivel de cinismo al que se ha llegado en ciertos estudios de televisión. Eduardo Feinmann, uno de los principales voceros mediáticos del gobierno de Javier Milei, abrió su programa en LN+ con una frase insólita: “Pido perdón por lo de ayer. Lo vi y no me gusté, se me saltó la cadena. Pido disculpas”. Lo dijo mirando un papel, con tono monocorde, sin levantar la vista del guion que —a juzgar por su incomodidad— no había escrito él.
El clip dura apenas un minuto y medio, pero su contenido explotó en redes. En cuestión de horas, el video se convirtió en tendencia con más de 200 mil reproducciones y miles de comentarios que, entre la ironía y la furia, coincidían en una lectura: la disculpa no fue un acto de reflexión, sino una orden bajada desde arriba. “Le llegó el focus group”, escribió la cuenta @ArrepentidosLLA en X, sintetizando el espíritu de la jornada.
La historia venía de un día antes. En la emisión del 4 de noviembre, Feinmann había perdido completamente los estribos mientras entrevistaba a la jefa de terapia intensiva pediátrica del Hospital Garrahan. Gritó, interrumpió, insultó. Llamó “vagos”, “aberrantes” y “criminales” a los médicos que, según su versión, no atendían pacientes oncológicos en horario vespertino. Lo hizo sin evidencia alguna, con una violencia verbal que descolocó incluso a su propia entrevistada, una profesional que dedica su vida a salvar niños en estado crítico.
El video original fue compartido millones de veces. La indignación fue inmediata. En redes, trabajadores de la salud, periodistas y ciudadanos comunes coincidieron en algo pocas veces visto: el repudio fue transversal. No importó la afiliación política ni la preferencia partidaria. El ataque a quienes sostienen el sistema público de salud —en uno de los hospitales más emblemáticos del país— fue considerado un límite moral.
La reacción social fue tan contundente que los productores de LN+ no tuvieron margen para la improvisación. Según trascendió entre bastidores, las encuestas internas mostraron una caída abrupta de la imagen del periodista y un pico de rechazo entre el público general. En tiempos de rating medido al segundo y opinión pública monitorizada como si fuera la Bolsa, no hubo espacio para la espontaneidad: había que pedir perdón, aunque fuera por mandato.
Así apareció Feinmann leyendo un texto sin convicción, apenas una fórmula para apagar el incendio. Pero las redes no perdonan lo impostado. El posteo de @ArrepentidosLLA, publicado el 5 de noviembre a las 22:38, fue un resumen perfecto del clima social: “Pido perdón por lo de ayer. Lo vi y no me gusté, se me saltó la cadena. Pido disculpas. Le llegó el focus group y parece que insultar médicos que salvan niños en vivo no está bien visto. Quién lo diría, ¿no?”. En menos de diez horas, el mensaje acumuló más de 10 mil “me gusta”, 1.200 reposts y 560 respuestas.
Lo interesante del episodio no es solo el exabrupto —lamentablemente, ya habitual en la agenda mediática oficialista— sino el mecanismo de contención posterior. El discurso del arrepentimiento calculado, del “me equivoqué pero no tanto”, se ha vuelto una estrategia comunicacional recurrente entre los voceros libertarios. Primero el golpe, después la excusa. Golpear para instalar, disculparse para simular humanidad.
El caso Feinmann es apenas un síntoma del clima político que se respira desde que Javier Milei llegó al poder. Un gobierno que no disimula su desprecio por el Estado ni por los trabajadores públicos, pero que al mismo tiempo se escuda en ellos cuando las consecuencias de su propia gestión se vuelven inocultables. Los médicos del Garrahan —víctimas de un ajuste feroz, con salarios que apenas alcanzan la mitad de lo necesario para vivir— fueron el blanco perfecto de un discurso que busca demonizar lo público y santificar lo privado.
No es casual que el ataque se haya dirigido a un hospital emblemático, símbolo de la salud pública argentina y orgullo regional. Ni que el timing haya coincidido con la difusión del aumento salarial conseguido por los trabajadores del Garrahan tras meses de lucha sindical, reuniones en el Congreso y presión social. En otras palabras, Feinmann arremetió justo cuando el sector mostraba que la organización colectiva todavía podía torcerle el brazo al ajuste.
El intento de deslegitimar esa conquista no fue un error, fue un reflejo. En la lógica de la ultraderecha mediática, los médicos que protestan son “vagos”, los docentes que marchan son “adoctrinadores” y los científicos que reclaman presupuesto son “ñoquis”. Todo aquel que no se somete al relato de la “eficiencia” del mercado se convierte en enemigo público.
Pero esta vez la jugada salió mal. La sociedad reaccionó con una mezcla de bronca y hartazgo. La idea de que quienes salvan vidas infantiles puedan ser insultados en horario central generó una indignación genuina. Lo que para Feinmann fue un exabrupto más, para miles fue una línea roja cruzada. El daño simbólico fue tan grande que ni la disculpa ensayada logró disimularlo.
Hay algo profundamente revelador en esta secuencia: el mismo sistema mediático que ayudó a instalar a Milei hoy comienza a tropezar con los límites de su propio discurso. La “libertad de decir cualquier cosa” se enfrenta a la realidad de un país que, pese a la crisis, conserva un mínimo sentido ético. Porque no todo vale. Ni siquiera para sostener a un gobierno que convierte la crueldad en bandera.
La escena final de Feinmann leyendo su disculpa podría servir de metáfora involuntaria de una época: la del comunicador que ya no comunica, del operador que se descubre prisionero de la opinión pública que ayudó a manipular. Y aunque la indignación en redes pueda durar un par de días, lo cierto es que algo se resquebraja. Cuando hasta los focus groups dicen basta, la propaganda empieza a mostrar su desgaste.





















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