Con declaraciones crudas y sin filtros en Radio Splendid AM 990, Sain dijo que le “preocupa” tener a “un tipo con tratamiento psiquiátrico al frente de la Nación” y lanzó una frase de alto voltaje que se viralizó en redes. La polémica expone no sólo su estilo confrontativo sino también el nivel de deterioro del debate público bajo el gobierno de Javier Milei. La política argentina tiene larga tradición de frases incendiarias, pero lo ocurrido este 10 de febrero de 2026 volvió a correr la vara. Marcelo Fabián Sain, politólogo, académico y exministro de Seguridad de Santa Fe durante la gestión de Omar Perotti, lanzó una de las críticas más crudas que se recuerden contra un presidente en ejercicio. Lo hizo en el programa La Mañana de Radio Splendid AM 990, conducido por Alfredo Casado, y el fragmento no tardó en viralizarse en X, amplificado por cuentas opositoras y replicado por portales digitales.
“Me preocupa tener a un tipo con tratamiento psiquiátrico al frente de la Nación”, dijo Sain. Ante la repregunta del periodista, redobló la apuesta con una frase brutal: “Un tipo que se caga y mea encima no puede estar al frente de los destinos del país. Lo lamento como persona enferma”. Cuando le señalaron la dureza de sus palabras, respondió con un “Me chupa un huevo” que terminó de convertir el momento en un fenómeno viral.
No presentó pruebas ni documentos. No ofreció diagnósticos médicos ni referencias clínicas. Habló en tono político, con el estilo frontal que lo caracteriza desde hace décadas. Pero el impacto fue inmediato porque tocó un punto sensible: la estabilidad emocional del Presidente Javier Milei, un aspecto que desde 2025 ha sido motivo de especulaciones públicas, comentarios mediáticos y debates sobre los límites del escrutinio político.
El oficialismo y sectores libertarios reaccionaron con indignación. Acusaron a Sain de caer en el ataque personal, de especular sin fundamento sobre la salud mental del Presidente e incluso de violar el espíritu de la Ley de Salud Mental, que desalienta diagnósticos o conjeturas sin base profesional y consentimiento. En paralelo, voces opositoras aprovecharon el episodio para profundizar críticas previas al estilo de conducción de Milei, al que describen como errático, impulsivo y emocionalmente volátil.
El episodio no puede analizarse aislado del contexto. Sain no es un outsider improvisado ni un tuitero provocador. Es licenciado en Ciencia Política por la Universidad del Salvador, magíster por FLACSO-Argentina, doctor en Ciencias Sociales por la UNICAMP de Brasil y posdoctor por la UBA. Desde 1992 es profesor titular e investigador en la Universidad Nacional de Quilmes y dirige el Núcleo de Estudios sobre Gobierno y Seguridad en la UMET. Publicó obras como Seguridad, democracia y reforma del sistema policial en la Argentina y Política, policía y delito, textos de referencia en debates sobre reforma policial y crimen organizado.
Su trayectoria en gestión también es extensa y conflictiva. Fue subsecretario de Planificación en el Ministerio de Seguridad bonaerense entre 2002 y 2003, interventor de la Policía de Seguridad Aeroportuaria entre 2005 y 2009, director de la Escuela Nacional de Inteligencia, diputado provincial por Nuevo Encuentro entre 2011 y 2015 y ministro de Seguridad de Santa Fe entre 2019 y 2021. En ese último cargo impulsó investigaciones contra bandas narco como el clan Alvarado, fortaleció el Organismo de Investigaciones y se enfrentó abiertamente con sectores policiales y judiciales.
También acumuló controversias. Fue acusado de espionaje ilegal en Santa Fe, enfrentó sumarios administrativos por “faltas graves” y la Corte Suprema provincial rechazó recursos que intentaban frenar esos procesos. Él calificó esas causas como persecuciones políticas en represalia por sus investigaciones contra mafias y el juego clandestino. Su estilo siempre fue confrontativo, áspero, incómodo para el statu quo.
Esa personalidad frontal es la que volvió a aparecer en la entrevista radial. No hubo matices diplomáticos ni eufemismos. Hubo una crítica directa al corazón del liderazgo presidencial. Y allí es donde el debate se vuelve más complejo. ¿Se trata de un exceso personal que empobrece la discusión pública? ¿O es la expresión extrema de un clima político que el propio gobierno de Milei ha contribuido a enrarecer con su retórica de confrontación permanente?
La gestión de Javier Milei se caracteriza por un discurso disruptivo, agresivo y muchas veces descalificador hacia opositores, periodistas y dirigentes. En ese contexto, el tono de Sain parece una respuesta en espejo, una escalada en la lógica del “todo vale”. Pero cuando la discusión deriva hacia la salud mental, el terreno se vuelve resbaladizo. No sólo por el respeto a la intimidad y la dignidad personal, sino porque banaliza un tema sensible que afecta a millones de personas.
Sain dijo que lo plantea como “preocupación”. Sin embargo, la ausencia de pruebas concretas y la utilización de una imagen escatológica refuerzan la percepción de que se trató más de una provocación política que de una advertencia institucional. Y aun así, la frase prendió como pólvora en redes sociales. Miles de likes, reposts y comentarios demuestran que existe un sector significativo de la sociedad dispuesto a amplificar ese tipo de cuestionamientos.
El silencio oficial en las primeras horas posteriores agrega otro condimento. No hubo hasta ahora una réplica fuerte del gobierno nacional. Tal vez porque responder implicaría darle aún más visibilidad al ataque. Tal vez porque la estrategia es dejar que el escándalo se diluya en el vértigo informativo. O tal vez porque en un escenario de polarización extrema, cada chispa alimenta el incendio.
Lo cierto es que el episodio desnuda el estado del debate público en la Argentina actual. Un país atravesado por crisis económicas, tensiones sociales y reformas profundas necesita discusiones de fondo sobre políticas públicas. Sin embargo, la agenda se ve capturada por declaraciones altisonantes que desplazan el eje hacia la descalificación personal.
Eso no exime de responsabilidad al gobierno. La administración de Milei ha construido buena parte de su capital político sobre la confrontación y la provocación. Cuando el Presidente utiliza términos despectivos para referirse a adversarios, cuando reduce la política a un campo de batalla retórico, habilita un clima donde la respuesta en espejo se vuelve casi inevitable. La pregunta es quién gana con ese espiral.
Marcelo Sain, con su trayectoria académica y su experiencia en seguridad, eligió esta vez el camino de la frase explosiva. Puede argumentarse que su intención fue sacudir conciencias o poner en discusión la idoneidad presidencial. Pero el método elegido deja más preguntas que certezas. En un país con historia de estigmatización y silenciamiento en torno a la salud mental, convertir ese tema en arma arrojadiza tiene costos simbólicos que trascienden la coyuntura.
La tormenta política recién empieza. Las repercusiones judiciales o institucionales están por verse. Lo que ya quedó expuesto es el nivel de crispación que atraviesa a la dirigencia argentina y la fragilidad de un debate público que oscila entre la indignación y el aplauso acrítico. En ese terreno movedizo, cada palabra pesa. Y esta vez, pesó como una piedra lanzada al centro del tablero.






















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