De Tokio a Buenos Aires: la excusa de los “bots” para tapar el descontento. Japón denuncia interferencia extranjera sin pruebas concluyentes mientras en Argentina el gobierno de Javier Milei recurre al mismo libreto: culpar a actores externos antes que asumir el malestar social
La narrativa de los “bots rusos” cruza fronteras y se instala como explicación fácil frente a crisis políticas reales. En Japón, tras derrotas electorales, y en Argentina, en medio del ajuste, emerge un patrón inquietante: gobiernos que prefieren hablar de operaciones digitales antes que enfrentar el descontento interno
Hay algo profundamente perturbador en la velocidad con la que ciertos relatos se globalizan. No se trata de teorías conspirativas extravagantes ni de delirios marginales, sino de narrativas oficiales que, con matices, empiezan a repetirse como un eco incómodo entre países que poco tienen que ver entre sí. Japón y Argentina, dos realidades culturales, económicas y políticas completamente distintas, parecen hoy compartir un mismo reflejo: cuando la realidad aprieta, cuando la sociedad empieza a incomodarse, cuando el consenso se resquebraja, la culpa es de los “bots”.
En Japón, el nombre que aparece en escena es el de Masaaki Taira, funcionario vinculado a la transformación digital dentro del oficialismo conservador. Bajo el liderazgo político de Sanae Takaichi, una figura de línea dura dentro del Partido Liberal Democrático, el gobierno comenzó a instalar con fuerza la idea de que actores extranjeros —especialmente vinculados a Rusia— estarían operando en redes sociales para influir en la opinión pública. El argumento no es menor: publicaciones masivas, actividad automatizada, contenido amplificado artificialmente. Un cóctel que, según esta mirada, buscaría socavar la democracia japonesa.
El problema es que, cuando uno rasca un poco, la solidez de ese relato empieza a tambalear. Medios japoneses como The Japan Times hablan de “sospechas” de interferencia rusa durante las elecciones de la Cámara Alta de 2025. Sospechas. No certezas. No pruebas concluyentes. Apenas indicios, señales débiles en un océano de información digital que, por definición, es difícil de rastrear con precisión absoluta.
El propio gobierno japonés reconoce que el país podría estar siendo objetivo de operaciones de influencia extranjera. Pero otra vez, el lenguaje es prudente, casi defensivo. Se habla de riesgos, de posibles campañas, de escenarios hipotéticos. Nada que permita afirmar, con contundencia, que existe una operación organizada y determinante capaz de explicar por sí sola el clima político.
Y sin embargo, la narrativa avanza. Se instala. Se viraliza. Se convierte en sentido común.
Lo más interesante —y también lo más incómodo— es que dentro del propio debate japonés empiezan a surgir voces que cuestionan esta explicación. Algunos análisis señalan que, tras los reveses electorales del oficialismo, el Partido Liberal Democrático optó por señalar a redes sociales y supuestos actores extranjeros en lugar de hacerse cargo del desgaste político acumulado. No es un detalle menor. Es un síntoma.
Porque Japón no está atravesando un conflicto artificial. Está lidiando con tensiones reales: una economía que no termina de despegar, una presión fiscal creciente, y sobre todo, un debate profundo sobre inmigración en una sociedad históricamente homogénea. El envejecimiento poblacional obliga a abrir las puertas a trabajadores extranjeros, pero esa apertura genera resistencias. Y esas resistencias, guste o no, no nacen en Moscú ni en ninguna granja de bots.
Nacen en la sociedad japonesa.
Partidos como Sanseito, con discursos nacionalistas y antiinmigración, han crecido en ese contexto. Y su avance no puede explicarse únicamente por algoritmos o cuentas automatizadas. Hay una base social que los respalda, un malestar que encuentran y canalizan. Reducir todo eso a una operación extranjera no solo es intelectualmente pobre, sino políticamente peligroso.
Porque ahí es donde el argumento empieza a funcionar como coartada.
Y es exactamente en ese punto donde el espejo argentino devuelve una imagen inquietantemente familiar. Bajo el gobierno de Javier Milei, la apelación a enemigos difusos, operaciones digitales y conspiraciones externas también empezó a formar parte del discurso político. En un país golpeado por un ajuste feroz, con caída del salario real, aumento de la pobreza y un tejido social cada vez más tensionado, la tentación de explicar el conflicto como resultado de “operaciones” es enorme.
Pero hay una trampa ahí. Una trampa vieja, casi clásica en la historia política: cuando el poder no puede o no quiere explicar el presente, inventa un enemigo que lo explique por él.
En Argentina, ese mecanismo se vuelve especialmente peligroso. Porque el deterioro no es abstracto. Es concreto, cotidiano, palpable. No hace falta ningún bot para entender por qué crece el descontento cuando los precios suben, el trabajo escasea y el Estado se retira de áreas sensibles. No hace falta ninguna operación extranjera para explicar el enojo de una sociedad que ve deteriorarse sus condiciones de vida.
Y sin embargo, el recurso está ahí, disponible, listo para ser usado. Igual que en Japón.
Ahora bien, sería ingenuo negar la existencia de operaciones digitales. La desinformación es real. Las campañas coordinadas existen. Los bots no son un mito. Pero el problema no es ese. El problema es cómo se usan esas verdades parciales para construir relatos totales.
Porque entre reconocer un riesgo y utilizarlo como excusa hay una distancia enorme. Y es en esa distancia donde se juega la credibilidad política.
Lo que muestran los medios japoneses no es una conspiración global perfectamente sincronizada, sino algo mucho más humano, más terrenal y, si se quiere, más preocupante: gobiernos que, frente a la pérdida de legitimidad, buscan explicaciones externas en lugar de revisar sus propias decisiones.
Es un reflejo. Un mecanismo de defensa.
Pero también es una señal de debilidad.
Porque cuando una administración necesita apelar a la idea de que fuerzas invisibles están manipulando a la sociedad, lo que en realidad está diciendo —aunque no lo admita— es que perdió la capacidad de interpretar lo que esa sociedad le está diciendo.
Y eso, en democracia, es grave.
Japón y Argentina no están unidos por una conspiración internacional ni por una opereta coordinada. Están unidos por algo más simple y más inquietante: la dificultad de sus gobiernos para procesar el descontento social sin recurrir a explicaciones que desvíen la mirada.
En ese juego, los bots son útiles. Son invisibles, difusos, imposibles de verificar completamente. Funcionan como un enemigo perfecto: no vota, no protesta en la calle, no exige respuestas concretas.
Pero tampoco explica la realidad.
Y tarde o temprano, esa realidad termina imponiéndose.
Fuentes:
https://www.japantimes.co.jp/news/2025/07/18/japan/politics/russia-influence-japan-election/
https://japan-forward.com/ldp-blames-russia-and-social-media-after-election-rout/
https://www.aa.com.tr/en/asia-pacific/foreign-actors-targeting-elections-claims-japan-ahead-of-sunday-polls/3632355
Tres títulos alternativos (data):
- Bots, elecciones y excusas: el relato que une a Japón con Argentina
- De la desinformación al chivo expiatorio: gobiernos que culpan a los bots
- Japón, Milei y la misma narrativa: cuando la crisis se explica desde afuera
