En el editorial de Roberto Navarro en El Destape, la escena se abre con una frase que golpea: “Está difícil el día a día”. Y no es metáfora, es diagnóstico. Comedores vacíos, provincias al borde del colapso y una sociedad que empieza a recordar lo peor de su historia reciente.
La narración avanza como un parte de guerra social: colectivos que no llegan, salarios que no alcanzan, jubilados sin medicamentos. El Estado, ausente. El gobierno, según Navarro, elige no intervenir incluso cuando el conflicto escala, dejando que el mercado imponga su propia ley sobre una población exhausta.
En paralelo, el relato desnuda un poder fragmentado, atravesado por internas y sospechas de corrupción. La figura de Adorni emerge no como vocero sino como síntoma de un esquema que, lejos de ordenar, profundiza el desconcierto. La política, atrapada en su propia implosión.
El cierre es una advertencia: la insustentabilidad no es una consigna opositora sino una realidad palpable en cada fila interminable para tomar un colectivo. Navarro no sugiere, interpela: sin un giro, el desenlace no será técnico ni gradual, sino abrupto y socialmente devastador.
