En A Contramano, el conductor Alfredo Zaiat pone el foco sobre un gobierno que ya no logra sostener su propio relato. La imagen de un presidente hiperactivo en redes, desbordado por la coyuntura, aparece como síntoma de algo más profundo: una gestión que pierde control mientras intenta retener iniciativa discursiva.
El programa desmenuza una tensión cada vez más visible. A la falta de recuperación económica se le suma un clima político enrarecido, marcado por rupturas incluso con antiguos aliados. El aislamiento ya no sería una estrategia sino una consecuencia de decisiones que erosionan apoyos y desgastan la gobernabilidad.
Zaiat avanza sobre una idea incómoda: la promesa de destruir la “casta” habría mutado en su reverso. Lo que emerge, según su análisis, es una nueva élite, menos sofisticada pero más explícita, que combina retórica moralizante con prácticas que replican —y profundizan— los vicios que decía combatir.
En ese marco, el conductor de A Contramano describe un fenómeno que excede nombres propios: una estructura de poder que, bajo la bandera de la libertad, reorganiza privilegios, tensiona al Estado y exhibe una contradicción cada vez más difícil de ocultar ante una sociedad que empieza a percibir el desgaste.
