Rodrigo Paz hunde Bolivia: dólar récord, hambre y muerte

El dólar paralelo asfixia la economía popular alcanzando los 10.15 Bs mientras el gobierno de Rodrigo Paz sacrifica la paz social en el altar de un dogmatismo libertario que solo cosecha escasez, represión y muerte.

Bajo el barniz de una supuesta libertad económica que solo parece ensanchar los bolsillos de los grandes capitales agroindustriales y las élites exportadoras, Bolivia atraviesa hoy uno de sus capítulos más sombríos, desangrándose en una crisis de desabastecimiento, violencia estatal y una asfixia monetaria que ha transformado el plato de comida en un lujo inalcanzable para la clase trabajadora. La retórica oficialista, imbuida de un fanatismo de mercado que recuerda peligrosamente a las recetas de desguace social de Javier Milei en la Argentina, intenta vender un escenario de estabilidad técnica mientras el ciudadano de a pie observa con angustia cómo el dólar paralelo ha perforado la barrera de los 10.15 Bs, sentenciando a muerte el poder adquisitivo de las familias bolivianas. Esta realidad, que los tecnócratas de palacio pretenden maquillar con discursos de «buen ánimo» y convocatorias a diálogos estériles, se estrella frontalmente contra el asfalto de las carreteras, donde la desesperación ha movilizado a un pueblo que ya no tiene nada que perder porque la lógica del capital le ha arrebatado incluso la certidumbre del pan cotidiano; la incapacidad de Rodrigo Paz para leer el pulso de las calles no es un simple error de gestión, sino una ceguera ideológica deliberada que prioriza la salud de las cifras macroeconómicas por encima de la dignidad humana, ignorando que la paz social no se sostiene con indicadores financieros, sino con soberanía alimentaria y justicia distributiva.

El colapso de este modelo neoliberal, que pretende emular fórmulas foráneas de ajuste salvaje y desmantelamiento de las protecciones estatales, se manifiesta con una crueldad estadística que golpea directamente el estómago de los más humildes; cuando el dólar roza los diez bolivianos en el mercado informal, lo que realmente se está tasando es la quiebra de un sistema que ha hipotecado la independencia de la nación a cambio de una desregulación que solo beneficia a sectores como la ANAPO, que exigen biotecnología y liberación de exportaciones mientras el pueblo hace filas interminables frente a surtidores que declaran su «incapacidad para operar». Es una humillación histórica que un país con la riqueza productiva de Bolivia deba recibir cuatro toneladas de alimentos desde el Perú como una limosna necesaria para paliar la carestía, un símbolo de la pérdida de soberanía alimentaria que se agrava con el anuncio de la ayuda humanitaria de Washington, una asistencia alimentaria y logística que el analista crítico identifica no como solidaridad, sino como el barniz de caridad imperialista que intenta estabilizar un régimen aliado que se cae a pedazos por su propia impericia. Mientras tanto, figuras de la política metropolitana como César Dockweiler se lamentan por la pérdida de competitividad de La Paz, enmarcando la crisis como un problema de logística urbana y no como el rugido de hambre de una población que ha sido empujada al abismo por un gobierno que prefiere importar gasoil a precio de oro antes que fortalecer la producción interna para el consumo popular.

La deconstrucción del argumento libertario revela que el mercado solo se «regula» a costa de la miseria del eslabón más débil, y esa regulación hoy tiene el rostro de 59 puntos de bloqueo que mantienen un cerco asfixiante sobre la sede de gobierno como última trinchera de resistencia frente a la sordera oficialista. Tras 24 días de conflicto, la narrativa estatal intenta reducir el clamor popular a meros actos de sabotaje, pero la realidad de las rutas narra una crónica de insurgencia legítima contra un poder que ha decidido judicializar la protesta social en lugar de resolver sus causas estructurales; mientras la Central Obrera Boliviana (COB) y la Federación Túpac Katari mantienen una postura infranqueable, rechazando cualquier simulacro de negociación mientras pesen órdenes de aprehensión contra dirigentes como Argollo, el Estado responde con una violencia que ya ha cobrado vidas jóvenes, demostrando que detrás de la retórica de la libertad se esconde el fusil listo para ser disparado contra quienes se atreven a cuestionar el dogma del capital. La tragedia humana alcanzó su punto más oscuro en Vilaque, donde Víctor Cruz, un joven de apenas 24 años, vio truncada su existencia por un impacto de bala durante el fallido operativo del «corredor humanitario»; una muerte que el certificado forense documenta con la frialdad de la ley pero que el Gobierno, en un acto de cinismo intolerable, ha intentado negar calificándola de desinformación, a pesar de que el acta forense confirma el uso de arma de fuego en una zona donde la represión estatal fue la única respuesta a la demanda de diálogo.

Víctor Cruz no es una estadística más del desorden público, es el reflejo de una generación sacrificada en el altar de un orden económico que considera las bajas civiles como daños colaterales necesarios para la «pacificación» de las rutas; el operativo de las «banderas blancas», encabezado por el ministro Mauricio Zamora, no fue más que un teatro de pacificación que terminó en emboscadas en Copata y Tilata, evidenciando que la confianza en las instituciones está tan fragmentada como los vidrios del vehículo oficial del ministro, destrozados por la rabia de quienes se sienten traicionados por un gobierno que les habla de paz mientras moviliza al contingente policial-militar. En este escenario de parálisis, el autoritarismo emerge como la última trinchera de un régimen acorralado por sus contradicciones, buscando en la abrogación de la Ley 1341, conocida políticamente como la «Ley Eva Copa», una vía libre para ejercer la fuerza sin los candados democráticos que la Constitución exige para los estados de excepción; esta maniobra legislativa en el Senado, rematada por la desfachatez de permitir que el Tribunal Departamental de Justicia de La Paz se declare en vacación judicial en medio del estallido social, deja a la ciudadanía en una indefensión absoluta, cerrando las persianas del Estado mientras los hospitales, como el Hospital del Niño, declaran emergencia ante la falta crítica de insumos médicos y oxígeno para los neonatos.

Resulta un insulto a la conciencia nacional que Rodrigo Paz y su gabinete se presenten ante las cámaras alegando «buen ánimo», como si el país no estuviera al borde de un abismo sistémico, ignorando las noches gélidas que pasan los transportistas secuestrados por la desidia gubernamental y la angustia de las madres de familia que recorren mercados vacíos en busca de alimentos a precios impagables; la gestión del gobernador Luis Revilla y la administración municipal de La Paz parecen observar el desastre desde la barrera, evidenciando una fragmentación del poder que solo profundiza la herida social. La estabilidad prometida por el neoliberalismo ha demostrado ser una falacia de cartón que se desmorona ante el primer síntoma de realidad social, probando que un modelo que prioriza el flujo de divisas y la libertad empresarial de las oligarquías de Santa Cruz —quienes hoy claman por la militarización y el estado de sitio— por encima de los derechos humanos y laborales es, por definición, insostenible. Bolivia no requiere más recetas de ajuste ni la bota militar en su geografía, sino un retorno urgente a la solidaridad nacional y al respeto por el trabajo digno, rechazando la lógica de un capital que hoy pretende normalizar el hambre como el costo colateral de su supuesta libertad.

La historia de estas semanas de conflicto no se escribirá en los balances del Banco Central ni en los comunicados de prensa de los ministerios, sino en el asfalto gastado de las rutas nacionales donde el pueblo boliviano sigue resistiendo a pesar de la represión y el abandono; mientras el dólar sube y el gobierno de Rodrigo Paz se encierra en su laberinto de soberbia y autoritarismo, la conciencia social se fortalece en la lucha por una sociedad justa donde el mercado no sea el juez ni el verdugo de la existencia humana. La debacle del modelo actual es total; el espejismo de la prosperidad liberal se ha roto definitivamente y lo que queda es la cruda realidad de un pueblo que, a pesar de todo, no está dispuesto a entregar su futuro a las garras de un neoliberalismo que solo sabe conjugar el verbo saquear mientras el hambre golpea la puerta de cada hogar en la nación; el desenlace de esta crisis marcará el fin de una era de engaños y el inicio de una lucha frontal por recuperar la soberanía que nos fue arrebatada en nombre de una libertad que, como siempre, nunca llegó para los desposeídos.

Fuentes

  • Brújula Digital. (2026, 24 de mayo). Senado aprueba abrogación de ley sobre estados de excepción y remite proyecto a Diputados. https://brujuladigital.net
  • Erbol. (2026, 24 de mayo). Justicia de La Paz se declara en vacación y suspende atención por una semana a partir de este lunes. https://erbol.com.bo
  • Los Tiempos. (2026, 23 de mayo). Zamora señala que sufrió dos emboscadas y contó: “He sentido mi vida en riesgo”. https://www.lostiempos.com
  • Red Uno. (2026, 24 de mayo). ¿Subió o bajó? Así cierra el dólar en el mercado paralelo este domingo. https://www.reduno.com.bo
  • Urgentebo. (2026, 24 de mayo). Acta y certificado forense dan cuenta de la muerte de Víctor Cruz, en Vilaque y por arma de fuego. https://urgentebo.com
  • Visión 360. (2026, 24 de mayo). Precios elevados, filas y fichas: familias de La Paz y El Alto viven entre angustia y preocupación para comprar alimentos. https://www.vision360.bo

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