Portugal frenó a la ultraderecha: António José Seguro ganó la presidencia con una amplia mayoría

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El triunfo del socialista moderado en la segunda vuelta presidencial no solo cerró el paso a la extrema derecha en Portugal, sino que dejó una señal potente para una Europa atravesada por el avance del autoritarismo y el populismo reaccionario, un espejo incómodo para gobiernos como el de Javier Milei. Con más del 66 por ciento de los votos, António José Seguro se convirtió en presidente de Portugal y derrotó al ultraderechista André Ventura. La elección funcionó como un dique democrático frente al avance del extremismo, en un contexto europeo convulsionado y con resonancias directas en América Latina.

El resultado de la segunda vuelta presidencial en Portugal no fue simplemente un recambio institucional ni una alternancia de nombres en el Palacio de Belém. Fue, ante todo, una definición política de fondo. El triunfo del socialista moderado António José Seguro, con una diferencia contundente frente al líder ultraderechista André Ventura, cerró el paso a un proyecto que buscaba capitalizar el malestar social con una retórica de confrontación, exclusión y antipolítica. Portugal, contra muchas previsiones, decidió no subirse a la ola reaccionaria que recorre buena parte de Europa.

Con más del 66 por ciento de los votos, según el escrutinio avanzado, Seguro logró articular un respaldo transversal que desbordó al Partido Socialista y sumó apoyos provenientes del centro y sectores conservadores preocupados por el crecimiento del extremismo. No fue una victoria ideológica pura, sino una construcción política amplia, sostenida en la defensa de los valores democráticos, el consenso institucional y la moderación frente al ruido ensordecedor del discurso antisistema. En tiempos de gritos, Portugal eligió hablar bajo.

La elección tuvo además una carga simbólica fuerte. Por primera vez en veinte años, un dirigente de izquierda vuelve a ocupar la Presidencia portuguesa, luego de una larga etapa dominada por figuras conservadoras. Ese dato, que podría leerse como anecdótico, adquiere peso cuando se observa el contexto: un continente sacudido por el avance de la ultraderecha, gobiernos cada vez más hostiles a los derechos sociales y democracias tensionadas por el miedo, la desinformación y la precarización económica.

El propio proceso electoral estuvo atravesado por circunstancias excepcionales. Más de once millones de ciudadanos estaban habilitados para votar, pero casi 37.000 no pudieron hacerlo debido a las graves inundaciones provocadas por una seguidilla de temporales que dejaron víctimas fatales y obligaron a postergar la votación en varias localidades. Aun así, la jornada se desarrolló con normalidad, sin incidentes relevantes, y dejó en claro que incluso en contextos adversos la institucionalidad puede sostenerse cuando existe voluntad política y reglas claras.

La figura de Seguro emergió durante la campaña como una respuesta deliberada al clima de polarización. Exvice primer ministro, exsecretario general del Partido Socialista y alejado de la política institucional durante una década, regresó al escenario electoral con un discurso que evitó la estridencia y apostó a la mediación. No prometió soluciones mágicas ni agitó fantasmas. Habló de responsabilidad cívica, cooperación entre poderes y respeto por las reglas del juego democrático. En un mundo acostumbrado al show permanente, esa sobriedad terminó siendo una virtud.

Del otro lado, Ventura intentó consolidar el crecimiento de su partido Chega, que en pocos años pasó de la marginalidad a convertirse en la principal fuerza opositora en el Parlamento. Su campaña se apoyó en un discurso duro contra la inmigración, las élites políticas y el sistema institucional, con propuestas de reforma constitucional orientadas a concentrar más poder en la figura presidencial. Un libreto conocido, repetido en distintas latitudes, que busca canalizar el enojo social hacia salidas autoritarias.

La derrota de Ventura no implica la desaparición de ese fenómeno. Por el contrario, deja al descubierto que la ultraderecha existe, tiene base social y capacidad de disputar poder. Pero también demuestra que no es invencible. Que puede ser contenida cuando el sistema político logra ofrecer una alternativa creíble, amplia y democrática. Portugal no negó los problemas estructurales ni el desencanto de una parte de la sociedad, pero eligió no responder a ellos con odio ni exclusión.

Este punto resulta clave si se lo observa desde la Argentina actual. El gobierno de Javier Milei se inscribe en una constelación ideológica similar a la que representa Ventura: desprecio por la política tradicional, retórica antisistema, demonización del Estado y apelación constante a enemigos internos. La experiencia portuguesa muestra que ese camino no es inevitable ni irreversible. Que existen sociedades capaces de poner límites cuando el discurso del ajuste permanente y la confrontación amenaza con erosionar la convivencia democrática.

El rol del presidente en Portugal, si bien es mayormente institucional, no es irrelevante. Tiene capacidad de veto, puede disolver el Parlamento en situaciones de bloqueo y actúa como garante del equilibrio entre poderes. En ese marco, la llegada de Seguro al cargo no solo frena a la ultraderecha, sino que refuerza un modelo de presidencialismo moderado, alejado del personalismo extremo y de la lógica del shock permanente.

Durante la jornada electoral, el presidente saliente Marcelo Rebelo de Sousa advirtió que quien asuma enfrentará un escenario internacional complejo, marcado por conflictos armados, tensiones económicas e inestabilidad política. No exageraba. Pero precisamente en ese contexto, la elección de un perfil conciliador adquiere mayor relevancia. Portugal decidió no apostar por el incendio, sino por el extintor.

El mensaje que dejó el electorado portugués es incómodo para quienes gobiernan desde la provocación constante. Demuestra que el miedo no siempre gana, que el voto puede ser una herramienta defensiva de la democracia y que la moderación no es sinónimo de debilidad. En un tiempo donde el ajuste se presenta como destino y el autoritarismo como solución, Portugal ensayó una respuesta distinta.

No se trata de idealizar ni de trasladar mecánicamente experiencias de un país a otro. Cada sociedad tiene su historia, sus tensiones y sus límites. Pero sí de entender que el avance de la ultraderecha no es una fatalidad biológica ni un mandato histórico. Es una construcción política que puede ser disputada. Y a veces, derrotada.

La victoria de António José Seguro no resuelve por sí sola los problemas estructurales de Portugal ni garantiza un futuro sin conflictos. Pero marca un punto de inflexión. Un freno. Un límite. Un recordatorio de que, incluso en medio de la tormenta, la democracia todavía puede decir basta.


Fuente:
https://www.pagina12.com.ar/2026/02/08/portugal-el-triunfo-socialista-puso-un-dique-a-la-ultraderecha/
https://www.dw.com/es/balotaje-en-portugal-le-da-triunfo-a-la-izquierda-despu%C3%A9s-de-20-a%C3%B1os/a-75864376
https://www.france24.com/es/europa/20260208-elecciones-en-portugal-un-socialista-moderado-y-el-l%C3%ADder-de-la-ultraderecha-compiten-por-el-poder

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