Precios en alza y salarios en caída: el impacto del modelo económico tras las elecciones

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Precios en fuga y salarios en retirada: el ajuste que el gobierno intenta disimular tras las urnas. Un relevamiento expone el verdadero saldo económico del ciclo post electoral: aumentos generalizados, tarifas desatadas y una pérdida brutal del poder adquisitivo

Un análisis difundido por Julia Strada, doctora en Desarrollo Económico, directora del Centro de Economía Política Argentina y diputada nacional por Unión por la Patria, revela que, tras las elecciones de octubre de 2025, los precios esenciales se dispararon muy por encima de los salarios. La narrativa oficial choca contra una realidad incómoda: el costo de vida acelera mientras los ingresos quedan rezagados.

El relato de estabilidad que intenta construir el gobierno de Javier Milei empieza a resquebrajarse cuando se contrastan los números con la vida cotidiana. No hace falta un doctorado en economía para percibirlo: ir al supermercado, cargar nafta o pagar una factura de servicios se ha convertido en una experiencia cada vez más hostil. Sin embargo, lo que hasta ahora era percepción encuentra respaldo en datos concretos que incomodan, que pinchan el globo discursivo libertario y que exponen un patrón tan viejo como conocido: los precios vuelan, los salarios caminan.

El diagnóstico no proviene de una tribuna improvisada sino de un análisis puntual difundido por la economista Julia Strada, quien además de su formación académica y su rol como directora del Centro de Economía Política Argentina, ocupa una banca en el Congreso nacional. Su doble condición, técnica y política, le otorga al señalamiento un peso específico que excede la coyuntura de redes sociales y se proyecta como una advertencia estructural.

La pregunta que plantea es tan simple como incómoda: qué pasó con la economía después de que el oficialismo consolidara su rumbo en las elecciones de octubre de 2025. La respuesta, lejos de ser abstracta, se traduce en porcentajes que golpean directo en el bolsillo.

El gráfico que acompaña su análisis funciona casi como una radiografía del deterioro. Entre noviembre y marzo, los alimentos subieron un 18%. Puede parecer un número más dentro de la inflación argentina, pero en un contexto de ingresos estancados, ese incremento adquiere otra dimensión. Es el pan, la leche, los productos básicos los que se encarecen. No hay margen para ajustar el consumo sin afectar la calidad de vida.

Pero el dato más elocuente, quizás, es el de la carne vacuna, con un aumento del 30%. En un país donde el asado es parte de la identidad cultural, ese número no es sólo económico: es simbólico. Marca un quiebre en el acceso a un alimento históricamente central para amplios sectores sociales. El mensaje implícito es brutal: lo que antes era cotidiano ahora empieza a convertirse en un lujo.

La presión no termina ahí. Las tarifas de electricidad y gas también registraron un incremento promedio del 30%, resultado directo de la combinación entre subas y quita de subsidios. Es decir, no se trata únicamente de ajustes puntuales sino de una política deliberada que traslada el costo al usuario final. La promesa de eficiencia se traduce, en la práctica, en facturas cada vez más impagables.

El transporte público, otro pilar de la vida urbana, aumentó un 20%. En ciudades donde millones dependen de colectivos, trenes o subtes para trabajar, estudiar o simplemente moverse, ese incremento tiene un efecto dominó. No es solo el boleto: es el costo de sostener una rutina.

Y si hay un número que sintetiza la lógica del modelo es el de los combustibles: 43%. Un salto que no sólo impacta en quienes cargan nafta sino que se filtra en toda la estructura de precios. Porque cuando sube el combustible, sube todo. Es el engranaje invisible que empuja hacia arriba cada producto y cada servicio.

Frente a este panorama, la evolución de los salarios aparece casi como una provocación. Según el relevamiento del observatorio paritario del Centro de Economía Política Argentina, los ingresos apenas crecieron un 8% en el mismo período. La distancia entre precios y salarios no es una brecha: es un abismo.

La dinámica es clara y, al mismo tiempo, profundamente regresiva. Mientras los precios de bienes esenciales y servicios básicos avanzan a un ritmo acelerado, los salarios quedan atrapados en una lógica de contención que responde a la pauta oficial. El gobierno, a través del ministro Luis Caputo, recién elevó la pauta salarial del 1% al 2% cuando la inflación ya rondaba el 3%. La secuencia no deja lugar a interpretaciones benevolentes: siempre se llega tarde, siempre se corre de atrás.

Lo que emerge de este esquema es una transferencia silenciosa pero constante de ingresos desde los trabajadores hacia otros sectores. No hace falta hablar de conspiraciones. Basta con observar cómo se redistribuye el esfuerzo. Quienes viven de un salario ven cómo su poder adquisitivo se erosiona mes a mes, mientras los precios se ajustan con una velocidad que parece no tener techo.

Hay, además, un elemento político que no puede soslayarse. El período analizado coincide con la consolidación electoral del oficialismo. Es decir, lejos de moderar su rumbo, el gobierno interpretó el resultado de las urnas como una validación de su programa. La consecuencia fue una profundización de las políticas que hoy se traducen en estos números.

En ese contexto, la remarcación generalizada que señala Strada no aparece como un fenómeno aislado sino como una respuesta sistémica. Los formadores de precios, en un escenario de liberalización y menor regulación, encuentran margen para trasladar costos y ampliar márgenes. El resultado es un mercado donde el consumidor queda cada vez más desprotegido.

La retórica oficial insiste en que el ajuste es necesario, que se trata de un tránsito hacia una economía más ordenada. Pero los datos sugieren otra cosa. Lo que se está ordenando, en todo caso, es una nueva distribución de cargas donde los sectores populares absorben el impacto más fuerte. La pregunta, entonces, no es si el modelo funciona en términos macroeconómicos, sino a costa de quién lo hace.

El problema es que este tipo de dinámicas no se sostienen indefinidamente sin consecuencias sociales. Cuando el salario pierde frente a los precios de manera sistemática, se erosiona no solo el consumo sino también la cohesión social. La frustración, el enojo y la incertidumbre empiezan a ocupar un lugar central.

Hay, por supuesto, matices. La economía argentina arrastra problemas estructurales desde hace décadas y no existe una solución mágica. Pero eso no exime de responsabilidad a las decisiones actuales. Elegir un camino implica asumir sus efectos. Y los números que expone este relevamiento son, en ese sentido, difíciles de maquillar.

El gráfico es contundente porque no necesita interpretación sofisticada. Las barras hablan por sí solas. De un lado, precios que se disparan en alimentos, carne, tarifas, transporte y combustibles. Del otro, salarios que apenas se mueven. La asimetría es tan evidente que cualquier intento de relativizarla suena forzado.

En definitiva, lo que se está jugando no es sólo una discusión técnica sobre porcentajes sino un modelo de sociedad. Uno donde el ajuste recae sobre quienes menos margen tienen para absorberlo, mientras se insiste en una narrativa de eficiencia que no logra traducirse en bienestar tangible.

La advertencia de Julia Strada no es un simple posteo más. Es una síntesis incómoda de una realidad que muchos prefieren no ver. Pero los números están ahí, tercos, insistentes. Y cuentan una historia que desmiente, con crudeza, el optimismo oficial.

Fuente:

.https://x.com/Juli_Strada/status

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