Escenario crítico para la industria textil: desplome productivo, empleo en caída y un modelo económico que empuja al abismo

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La industria textil atraviesa uno de los peores momentos de las últimas décadas: utilización de capacidad instalada por debajo del 30%, destrucción sostenida del empleo y una apertura importadora que profundiza el deterioro productivo bajo el gobierno de Javier Milei.

Los últimos datos de la Federación de Industrias Textiles Argentinas revelan un cuadro alarmante. Caída récord de la actividad, cierre de fábricas, miles de puestos de trabajo perdidos y un mercado interno devastado. Lejos de ser un daño colateral, el derrumbe textil aparece como una consecuencia directa del rumbo económico elegido por el Gobierno.

La industria textil argentina está atravesando una tormenta perfecta. No es una metáfora exagerada ni un recurso retórico: los números duros, oficiales y sectoriales muestran un deterioro que no admite eufemismos. Según el último informe económico de la Federación de Industrias Textiles Argentinas correspondiente a enero de 2026, el sector se encuentra en uno de los niveles más bajos de actividad de la última década, con indicadores que retrotraen a los peores momentos de la pandemia, pero sin pandemia que los explique. Esta vez, el factor central es político y económico: el modelo impulsado por el gobierno de Javier Milei.

En noviembre de 2025, la actividad textil se desplomó un 36,7% interanual. No se trata de una caída más dentro del ciclo económico, sino de un derrumbe muy superior al promedio industrial, que en el mismo período retrocedió un 8,7%. Mientras la industria en su conjunto logró mostrar un crecimiento acumulado del 2% entre enero y noviembre, el sector textil se contrajo un 6,4%. Es decir, la economía industrial creció sin la industria textil, o peor aún, a costa de su sacrificio.

Este retroceso no es homogéneo ni circunstancial. Todas las ramas del sector exhiben caídas superiores al 20%, con especial gravedad en los tejidos y el acabado de productos textiles, pero también en la preparación de fibras, hilados y otros segmentos clave de la cadena productiva. El resultado es un entramado industrial paralizado, con fábricas que funcionan a media máquina o directamente detenidas.

El indicador más brutal de esta parálisis es la utilización de la capacidad instalada. En noviembre de 2025, la industria textil utilizó apenas el 29,2% de su capacidad. Es el peor desempeño entre todos los sectores industriales y uno de los registros más bajos de los últimos diez años. La caída fue de 3,3 puntos porcentuales respecto del mes anterior y de 19 puntos interanuales. En términos históricos, este nivel solo encuentra comparación con mayo de 2020, en pleno confinamiento sanitario. Pero hoy no hay cuarentena: hay apertura irrestricta de importaciones, caída del consumo interno y costos de producción que asfixian a las empresas locales.

La contracara social de este proceso es el empleo. La destrucción de puestos de trabajo en el sector textil ya no es una amenaza, es una realidad consolidada. Solo entre septiembre y octubre de 2025 se perdieron 2.000 empleos formales. En octubre, el complejo textil, confección, cuero y calzado registró 103.000 puestos de trabajo, 10.000 menos que en el mismo mes de 2024. Desde diciembre de 2023, la sangría supera los 18.000 empleos perdidos. Detrás de cada número hay familias, economías regionales y saberes productivos que se diluyen sin que el Estado mueva un dedo para evitarlo.

El dato es aún más grave si se considera que la industria textil es una de las más intensivas en mano de obra y con fuerte presencia en el interior del país. Cada cierre de planta no solo destruye empleo directo, sino que golpea comercios, talleres, proveedores y comunidades enteras. Sin embargo, el Gobierno parece observar este proceso con una mezcla de indiferencia ideológica y dogmatismo económico, convencido de que el mercado resolverá lo que la política abandona.

Paradójicamente, el informe de FITA muestra que, aun en este contexto adverso, el sector mantuvo un esfuerzo inversor. Durante 2025 se importó maquinaria por 175 millones de dólares, superando el registro de 2024. Este dato, lejos de contradecir el cuadro crítico, lo vuelve más dramático. Las empresas invirtieron, apostaron, se endeudaron y modernizaron procesos, pero chocaron contra un modelo que destruye la demanda interna, encarece los costos y deja la cancha inclinada a favor de los productos importados.

La dinámica del comercio exterior es otro de los factores centrales del derrumbe. En 2025, las importaciones textiles alcanzaron 272.970 toneladas por un valor de 735 millones de dólares. En términos interanuales, esto implica un aumento del 79% en volumen y del 42% en valor. Pero el problema no es solo el crecimiento de las importaciones, sino su composición: cada vez más bienes finales de consumo y menos insumos intermedios. Confecciones, prendas y tejidos de punto avanzan sobre el mercado local mientras la producción nacional queda relegada.

Este proceso se da, además, en un contexto en el que los precios textiles no muestran comportamientos abusivos. En diciembre de 2025, los precios del rubro prendas de vestir, cuero y calzado aumentaron apenas 1,1% mensual, muy por debajo del nivel general de inflación. En términos interanuales, el aumento fue del 15,3%, aproximadamente la mitad del promedio de la economía. Lo mismo ocurre con los precios mayoristas del sector, que crecieron menos que el promedio industrial. Es decir, la industria textil no es responsable de la inflación, pero sí es víctima del ajuste.

La narrativa oficial insiste en que la apertura comercial traerá competencia note, precios más bajos y eficiencia. Pero los datos muestran otra cosa: caída de la producción, destrucción de empleo, sustitución de producción nacional por importaciones y un tejido industrial que se deshilacha a velocidad récord. No hay evidencia de un proceso virtuoso de reconversión, sino de un retroceso estructural que compromete el futuro del sector.

Desde FITA, su presidente Luis Tendlarz fue claro al advertir que el desafío trasciende lo sectorial. La crisis textil impacta directamente en el empleo, las familias, las economías regionales y la estructura industrial del país. Planteó la necesidad de políticas claras y previsibles, reglas de juego estables y una competencia justa con los productos importados. En otras palabras, pidió que el Estado deje de mirar para otro lado mientras una de las industrias históricas de la Argentina se desmorona.

Reconocer la complejidad del contexto no implica relativizar responsabilidades. La caída del poder adquisitivo, la recesión inducida, la apertura importadora sin protección y la ausencia total de una política industrial configuran un combo letal. No es un fenómeno inevitable ni un daño colateral: es el resultado directo de decisiones políticas concretas.

La industria textil argentina no está pidiendo privilegios, sino condiciones mínimas para sobrevivir. Sin mercado interno, sin empleo y sin producción, el relato del equilibrio fiscal y la libertad de mercado se transforma en una postal de fábricas vacías y trabajadores despedidos. El ajuste, una vez más, se cose en los talleres y se paga con empleo nacional.


Fuente:
https://www.fita.org.ar/informe-mensual-enero-2026
Archivo: Informe Mensual FITA – Enero 2026

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