Los datos oficiales que el discurso presidencial esquiva y el costo social de un mercado de trabajo cada vez más precario. Mientras Javier Milei asegura que bajó el desempleo y creció el empleo, las estadísticas públicas revelan otra historia: más desocupación, destrucción del trabajo registrado, salarios que pierden contra la inflación y un avance silencioso de la informalidad como única válvula de escape.
Hay frases que buscan clausurar cualquier discusión. “Bajamos el desempleo y creció el empleo. Ustedes no saben nada”, lanzó Javier Milei en la apertura del Congreso de 2026. La sentencia, cargada de desdén, intenta instalar una verdad cerrada, casi moral, donde los números serían incuestionables y quienes los discuten simples ignorantes. Sin embargo, cuando se revisan con detenimiento las estadísticas oficiales, esas mismas que el Gobierno dice dominar, el cuadro que emerge es bastante más incómodo, complejo y, sobre todo, contradictorio con el relato triunfal.
La información que sistematizó Rosalía Costantino no surge de una interpretación caprichosa ni de una lectura sesgada. Es, en esencia, una lectura integrada de datos públicos que expone una fisura central del modelo: el empleo crece, sí, pero lo hace por la vía más frágil y regresiva, mientras el trabajo con derechos se achica y la calidad de vida de los hogares se deteriora. La pregunta de fondo no es cuántos puestos existen, sino qué tipo de trabajo se está creando y a qué costo social.
El punto de partida es el desempleo. Entre el tercer trimestre de 2023 y el tercer trimestre de 2025, la tasa de desocupación pasó de alrededor del 5,4/5,7 por ciento a ubicarse entre el 6,3 y el 6,6 por ciento, según las series comparables. Traducido a la vida real, esto implica decenas de miles de personas más sin trabajo. No es un matiz técnico ni una discusión académica: es gente que busca y no consigue. El Gobierno responde que el desempleo “bajó a pesar de que aumentó la oferta laboral”, una frase que suena sofisticada pero que no logra ocultar el dato duro: respecto del final de 2023, la desocupación es mayor.
A ese aumento se suma un indicador todavía más revelador del malestar laboral: los ocupados que demandan otro empleo. Ese porcentaje creció del 14,8 al 15,4 por ciento. Son trabajadores que ya tienen un puesto, pero que necesitan buscar otro porque el ingreso no alcanza o porque la jornada es insuficiente. Es el síntoma más claro de un mercado laboral que no ofrece estabilidad ni previsibilidad. No hay pleno empleo ni bienestar; hay supervivencia.
El corazón del argumento oficial está en la frase “creció el empleo”. Es cierto, pero incompleto hasta rozar la manipulación. El empleo total aumentó, pero lo hizo casi exclusivamente a través de la informalidad y el cuentapropismo precario. Desde diciembre de 2023 se contabilizan unos 540 mil trabajadores informales más y alrededor de 137 mil nuevos monotributistas. En muchos casos, lejos de tratarse de emprendedores que encontraron una oportunidad, se trata de trabajadores expulsados del empleo formal y empujados a facturar para no figurar como empleados. Es una forma elegante de trasladar costos, riesgos y responsabilidades desde las empresas hacia las personas.
Mientras tanto, el empleo registrado se desangra. Entre noviembre de 2023 y noviembre de 2025 se destruyeron cerca de 192.320 puestos privados registrados. A eso se suman unos 79.620 empleos públicos menos, producto del ajuste fiscal, y 22.436 trabajadoras de casas particulares que dejaron de estar registradas. La postal es nítida: cae el trabajo con derechos, con aportes y con cobertura social, y crece el trabajo sin red. El mercado laboral no se fortalece; se precariza.
Los sectores más golpeados no sorprenden a nadie que mire la economía real. Industria, comercio, turismo y construcción, pilares históricos del empleo, muestran caídas persistentes. La apertura importadora, la recesión del consumo interno y la paralización de la obra pública forman un combo explosivo. Cada fábrica que reduce turnos, cada comercio que cierra, cada obra que se frena, empuja trabajadores hacia la informalidad o directamente hacia el desempleo. El discurso de la eficiencia choca contra la realidad de un aparato productivo que se achica.
En este contexto, la afirmación de que la economía está “estabilizada” también merece una lupa. Aunque la inflación anual de 2025 fue significativamente menor que la de 2024, la dinámica mensual muestra otra cosa. Tras tocar un piso a mediados de 2025, la inflación volvió a acelerarse y lleva varios meses en alza. Estabilizar no es lograr un número más bajo en el promedio anual; es sostener una tendencia descendente. Cuando los precios vuelven a empujar, la estabilidad se vuelve un eslogan.
“Bajamos el desempleo y creció el empleo. Ustedes no saben nada”, dijo Milei en la apertura del Congreso 2026.
LOS DATOS OFICIALES👇🏻
❌Desocupación SUBIO de 5,4% en 3T de 2023 a 6,3% en 3T 2025.
❌Los ocupados q demandan empleo SUBIÓ de 14,8% a 15,4%
Creció el empleo. SI, es… pic.twitter.com/WNjdb3bv25
— Rosalía Costantino (@colocostantino) March 2, 2026
La economía doméstica ofrece otro termómetro inapelable: la morosidad. Si la gente estuviera mejor, si los salarios alcanzaran y el empleo fuera sólido, no habría récords de incumplimiento. Sin embargo, la mora en créditos personales ronda el 12 por ciento, frente al 4,2 por ciento de noviembre de 2023. En las billeteras virtuales, donde se endeudan los sectores más vulnerables para cubrir gastos básicos, la mora llega al 24,5 por ciento. No es irresponsabilidad financiera; es asfixia. Cuando el ingreso no alcanza, la deuda se vuelve un parche hasta que deja de serlo.
El salario registrado completa el cuadro. Ajustado por inflación, perdió alrededor de un 10 por ciento respecto de noviembre de 2023. Esa pérdida explica casi todo lo demás: la búsqueda de un segundo empleo, el crecimiento del monotributo como refugio, el endeudamiento para llegar a fin de mes y la morosidad récord. El salario volvió a ser la variable de ajuste, mientras el Gobierno celebra números agregados que no reflejan la vida cotidiana.
Nada de esto implica negar la complejidad del mercado laboral ni desconocer que existen movimientos intertrimestrales o matices técnicos. La economía no es una foto fija y los indicadores pueden mostrar comportamientos diversos en el corto plazo. Pero cuando se observa la tendencia desde el inicio de la gestión, el patrón es consistente: más precarización, menos empleo de calidad y una transferencia silenciosa del ajuste hacia los trabajadores.
El problema del relato oficial no es solo que omite datos, sino que naturaliza un modelo donde el deterioro social se presenta como éxito macroeconómico. El empleo crece, sí, pero de peor calidad. El desempleo “baja”, pero en la comparación relevante sube. La inflación “se estabiliza”, pero vuelve a acelerarse. Los salarios “se ordenan”, pero pierden poder adquisitivo. La economía no se estabiliza empobreciendo: se licúa.
En definitiva, los números no mienten. Lo que miente es la forma en que se los recorta y se los exhibe. Detrás del triunfalismo hay un mercado laboral más frágil, hogares más endeudados y trabajadores obligados a aceptar lo que haya. Esa es la cara que el discurso no quiere mostrar, pero que las estadísticas oficiales, cuando se las deja hablar completas, revelan sin rodeos.
Fuente:
https://x.com/colocostantino
























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