El experimento libertario convierte a la Argentina en el segundo país con mayor caída fabril del planeta mientras el Gobierno celebra un modelo de exportación primaria que deja un tendal de persianas bajas y miles de familias en la calle.
La Argentina atraviesa un proceso de desguace productivo que no tiene parangón en la historia reciente, un experimento a cielo abierto donde la frialdad de los números de Excel choca de frente con la angustia de quienes ven desmoronarse el trabajo de toda una vida. Bajo el dogma innegociable de Javier Milei, el país se ha transformado en un laboratorio de desmanufacturación donde el éxito se mide en reservas del Banco Central y el fracaso se oculta tras los portones oxidados de las fábricas que ya no volverán a abrir. No es una crisis más; es una mutación genética de la matriz económica argentina que busca extirpar la industria nacional como si fuera un tumor molesto para el libre mercado. Las cifras no mienten y son un puñetazo en la cara de cualquier relato oficialista: la economía argentina enfrenta una contracción industrial tan profunda que nos posiciona como la segunda peor a nivel global, solo superada por Hungría, con una caída acumulada entre 2024 y 2025 que alcanza un escalofriante 7,9%. Este no es un daño colateral imprevisto, sino el resultado directo de una política que combina la apertura comercial indiscriminada con un desplome del consumo interno que ha dejado a las pymes y a los gigantes históricos pedaleando en el aire.
El caso de Garbarino es, quizás, el epitafio más doloroso de esta era. Lo que alguna vez fue un imperio con más de 200 sucursales y 4.500 empleados, hoy es apenas un expediente judicial que ordena la quiebra y la liquidación total de sus bienes. La justicia ha dictado el fin de una marca emblemática tras el fracaso del proceso de salvataje, dejando claro que en la Argentina de hoy no hay lugar para el rescate si no viene de la mano de un milagro financiero que nunca llega. El cierre definitivo de Garbarino implica no solo el cese de actividades, sino el inicio de un remate de activos que incluye desde las marcas tangibles hasta las unidades productivas en el sur del país, como Tecnosur y Digital Fueguina en Tierra del Fuego, plantas que en el pasado fueron el motor del ensamblado nacional y que hoy se encuentran en un estado de parálisis total. Es un símbolo de época: donde antes había operarios y tecnología, hoy hay silencio y deudas. La caída de Garbarino no es un hecho aislado; es el síntoma de una gangrena que se extiende por todo el cuerpo industrial argentino, donde el consumo de electrodomésticos, tras una pausa temporal por la volatilidad de las tasas, intenta sobrevivir en un mercado que ya no puede pagar cuotas.
La carnicería no se detiene en el retail. El sector manufacturero vive un calvario diario con un ritmo de cierres que eriza la piel. Entre 2023 y 2025 se registraron 2.436 cierres de empresas manufactureras, lo que en algunos períodos significó que más de 30 empresas bajaban la persiana cada bendito día. En total, el saldo es aterrador: más de 22.000 empresas han desaparecido en dos años, un cementerio de proyectos y sueños que el Gobierno ignora mientras se abraza a las proyecciones de crecimiento para 2026 que parecen más un espejismo que una realidad tangible para el trabajador de a pie. El sector textil, históricamente sensible, ha sido pasado por la picadora de carne con una caída interanual del 36,7% en noviembre de 2025, golpeado por una apertura importadora que invita a competir a industrias locales desprotegidas contra potencias globales en condiciones de total desigualdad. Es una pelea de un boxeador amarrado contra un gigante; el resultado es la lona y el olvido.
La situación del empleo formal es otra herida abierta que supura desolación. Se han perdido 73.000 empleos industriales en apenas dos años, formando parte de un total de 300.000 puestos de trabajo formales que se esfumaron por la liberalización comercial y el parate económico. La tasa de desempleo trepó al 7,6% en 2025, afectando con saña a los jóvenes que ven cómo el mercado laboral se precariza o, simplemente, desaparece. Es desgarrador pensar que el 45,6% de las industrias no puede pagar salarios, proveedores e impuestos al mismo tiempo, una encrucijada letal que empuja a la informalidad y a la pobreza. Incluso empresas emblemáticas de otros rubros, como Kopelco, la firma detrás de los preservativos Tulipán, tuvo que achicar su planta en más de un 60% debido a la caída del consumo y la competencia de productos importados. Si hasta el placer se ha vuelto un lujo inalcanzable por la crisis, ¿qué queda para el resto de la dignidad humana?
El Gobierno se jacta de un «modelo exportador» que celebra la producción de petróleo, energía y minería, sectores que efectivamente muestran números positivos y proyecciones de crecimiento generosas. Se habla de un despegue en Vaca Muerta y de servicios basados en el conocimiento que alcanzarán cifras récord. Pero este relato omite que ese crecimiento es de enclave: genera divisas pero no derrama trabajo en los cordones industriales del conurbano o de las provincias. Mientras el PBI podría subir un 4% en 2026, la industria seguirá estando un 4% por debajo de los niveles de 2023. Es un crecimiento sin gente, un avance macroeconómico que se construye sobre las ruinas de la clase media trabajadora. La capacidad ociosa de las fábricas es un monumento a la ineficiencia forzada: en diciembre de 2025, el 53,8% de la capacidad instalada estaba sin uso, llegando a niveles paupérrimos en el sector textil, que opera apenas al 32,5%. Tener más de la mitad de las máquinas paradas es un pecado económico que solo un dogmatismo ciego puede justificar.
El contraste regional es, cuanto menos, humillante. Mientras Argentina se desmanufactura y compite en indicadores de caída con naciones en crisis terminal, vecinos como Brasil o Chile muestran expansiones del 3,5% y 5,2% respectivamente. No es el mundo el que nos castiga, es la receta local la que nos está envenenando. La apertura importadora se presenta como una modernización, pero sin una agenda de reformas tributarias y laborales que alivien el costo argentino antes de abrir la frontera, lo que se ha generado es una masacre productiva donde lo importado no viene a complementar, sino a sustituir lo poco que quedaba en pie. La incertidumbre es la única constante; aunque algunos analistas y organismos internacionales como el BID o el FMI proyectan rebotes para 2026, la pérdida de capital humano y la destrucción de la cadena de valor sugieren que estamos ante una «crisis productiva terminal» de la que no se sale con simples ajustes de tasa.
Es cierto que el panorama ofrece matices de complejidad. Hay sectores como el automotriz que muestran una recuperación en patentamientos, pero incluso allí la trampa es evidente: la oferta se moderniza con autos importados mientras la producción nacional pierde participación. El consumo privado podría alcanzar un récord histórico en 2026 gracias al crédito hipotecario y la mejora del salario real, pero ¿quiénes podrán acceder a ello en un país con una pobreza que sigue siendo estructuralmente alarmante y donde miles de industriales han pasado a ser desocupados de cuello azul?. La brecha entre la Argentina que exporta materias primas y la Argentina que fabrica cosas se ensancha cada día más, creando un país de dos velocidades donde la mayoría se queda varada en la estación del desempleo.
Finalmente, este proceso de reconversión sectorial, como lo llaman eufemísticamente algunos consultores, no es más que una rendición incondicional de la soberanía productiva. No se puede hablar de crecimiento genuino cuando se celebra el cierre de una cadena como Garbarino o la reducción drástica de personal en fábricas históricas como si fueran meros ajustes de mercado. La política de Milei ha decidido que la industria es un lastre del pasado, prefiriendo un modelo extractivo que nos devuelve a principios del siglo XX. El riesgo es que, para cuando el famoso «derrame» llegue, ya no quede nadie con un balde para recogerlo. Estamos asistiendo al desmantelamiento de un país que alguna vez soñó con ser industrial y que hoy, bajo el látigo de la austeridad libertaria, solo parece aspirar a ser una gran oficina de remates al mejor precio.
Fuente:
- https://www.infobae.com/economia/2026/03/05/adios-a-garbarino-la-justicia-ordeno-la-quiebra-de-la-cadena-de-electrodomesticos-y-la-liquidacion-de-todos-sus-bienes/
- https://www.infobae.com/economia/2025/12/10/radiografia-2026-el-informe-que-anticipa-un-fuerte-despegue-de-la-economia-y-los-sectores-que-seran-lideres/























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