La aerolínea fundada por tres jóvenes de 20 años fue presentada como símbolo del “emprendedurismo libertario”, pero sus conexiones con funcionarios y empresarios cercanos al Gobierno exponen un sistema de privilegios, conflictos de intereses y riesgos para la seguridad aérea.
La historia de Humming Airways condensa en sí misma la lógica del proyecto económico de Javier Milei: desregulación vertiginosa, eliminación de controles estatales, concentración del mercado y una red de beneficios cruzados que favorece a los allegados al poder. Lo que el oficialismo presenta como una “revolución de la libertad” se revela, una vez más, como un experimento ideológico que transforma el Estado en una agencia de negocios privados.
Cuando el ministro de Desregulación, Federico Sturzenegger, presentó a Humming Airways como ejemplo del “nuevo aire” del mercado argentino, lo hizo con entusiasmo de converso. Mostraba al país una empresa que parecía encarnar el sueño libertario: tres jóvenes de apenas veinte años, sin experiencia en aviación, dispuestos a conquistar los cielos argentinos bajo las reglas del mercado libre. El relato oficial hablaba de innovación, de juventud, de dinamismo. Pero, detrás del discurso, se ocultaba una estructura opaca, plagada de vínculos empresariales y políticos que revelan una práctica mucho más antigua: el capitalismo de amigos.
La aerolínea fue formalmente constituida en abril de 2024 por Francisco Simón Errecart, Santiago Leopoldo Lugones y Danilo Enrique Massalin Dammann. Todos en sus veintes, todos debutantes en la industria aeronáutica. El propio Sturzenegger los presentó como “emprendedores disruptivos”, un término que en la jerga del mileísmo sirve para cubrir con un barniz de modernidad cualquier negocio que florezca al calor de la desregulación. En menos de ocho meses, la empresa obtuvo autorización para operar vuelos regulares y no regulares, algo que, hasta la firma del Decreto 599/2024, exigía años de trámite, inspecciones técnicas, certificaciones de flota y solvencia financiera comprobada. El decreto, firmado en julio de ese mismo año, simplificó radicalmente el proceso: bastaba una declaración jurada electrónica con información básica y sin control efectivo previo.
La “libertad” del mercado aéreo argentino se materializó en la práctica como una puerta abierta a compañías de papel, flotas alquiladas y redes de interés cruzado. Humming Airways, con base en el Aeroparque Jorge Newbery, comenzó a volar en diciembre de 2024 con un único avión Fairchild Swearingen Metro 23, un modelo regional de 19 plazas adquirido en leasing, sin infraestructura propia, sin talleres certificados y con una estructura mínima de personal. Aun así, promocionaba rutas nacionales e internacionales, vendía pasajes anticipados para vuelos no operativos y anunciaba conexiones con ciudades como Tandil, Villa María y Olavarría, lugares donde los vuelos fueron cancelados más de una vez sin explicaciones claras. Todo esto mientras las autoridades, lejos de intervenir, celebraban el supuesto dinamismo del nuevo mercado.
Lo que Milei llama “competencia libre” se parece demasiado a la anarquía regulatoria. En lugar de generar igualdad de oportunidades, la desregulación creó un terreno fértil para el favoritismo y la captura del Estado. En este caso, la investigación periodística reveló que detrás de la fachada juvenil de Humming Airways se encuentra el empresario Leonardo Scatturice, quien posee al menos el 75% de la participación indirecta a través de la firma Royal Class Air LLC. Scatturice no es un desconocido: su nombre aparece vinculado a operadores tradicionales del sector y a funcionarios con poder de decisión dentro del gobierno libertario. Uno de ellos es Hernán Gómez, subsecretario de Transporte Aéreo, cuya firma fue clave en la autorización operacional de la compañía. El detalle es que uno de los socios de Gómez participa en empresas del mismo rubro, lo que podría configurar una violación directa a la Ley de Ética Pública (Nº 25.188).
El decreto 599/2024, presentado como una herramienta para “eliminar la burocracia”, terminó habilitando un circuito de negocios donde los controles desaparecen y las responsabilidades se diluyen. Bajo el pretexto de modernizar la aviación argentina, se redujeron los tiempos de inspección, se flexibilizaron los requisitos financieros y se sustituyó el examen técnico por declaraciones juradas. Es decir, se reemplazó el control real por la buena fe de los empresarios, justo en un sector donde la seguridad y la solvencia no son caprichos administrativos, sino condiciones esenciales para evitar tragedias.
El Gobierno defiende esta política como un “shock de libertad”. Pero la libertad de mercado, en manos de un Estado ausente, se convierte en libertad para el abuso. Los mismos funcionarios que hablan de competencia son quienes firman decretos que eliminan la competencia real, favoreciendo a los allegados. No hay libre mercado cuando las reglas se escriben a medida de quienes tienen acceso al poder político. No hay innovación cuando el capital detrás de las empresas surge de estructuras preexistentes que solo cambian de nombre. Y no hay juventud emprendedora cuando los protagonistas son simples intermediarios de negocios que operan desde las sombras.
Los riesgos de este modelo no son teóricos. Son concretos. Las denuncias por cancelaciones reiteradas, la venta de pasajes para vuelos que nunca despegaron y la falta de infraestructura adecuada para las rutas anunciadas ponen en jaque no solo la credibilidad de Humming Airways, sino también la confianza del público en el sistema aeronáutico nacional. Cada autorización exprés sin fiscalización implica un riesgo operativo, financiero y, en última instancia, humano. La política de desregulación sin control no solo erosiona la transparencia institucional: también pone en riesgo la vida de los pasajeros.
El argumento oficial, repetido hasta el cansancio, es que la competencia y la desregulación reducen los costos y amplían la oferta. Pero la experiencia histórica, tanto en Argentina como en el mundo, demuestra lo contrario: cuando se eliminan los controles sin fortalecer las instituciones, los mercados se concentran y el Estado termina rescatando a las empresas fallidas con dinero público. Lo que hoy se presenta como eficiencia privada puede convertirse mañana en un nuevo capítulo de corrupción o desastre logístico.
El caso Humming Airways desnuda con crudeza el modelo económico que Milei intenta imponer: un Estado reducido a ventanilla de habilitaciones digitales, donde la supervisión se sustituye por la fe en el “espíritu emprendedor”. Federico Sturzenegger, convertido en el arquitecto del desguace regulatorio, aparece una vez más como ejecutor de un ideario que confunde libertad con impunidad. Su paso por el Banco Central durante el macrismo terminó en endeudamiento y fuga; su nueva etapa como ministro de Desregulación podría dejar un país más inseguro, más desigual y con un mercado aéreo al borde del colapso.
El mileísmo se aferra a una narrativa épica sobre la “revolución de los emprendedores”. Pero en los hechos, las empresas que prosperan son las que cuentan con padrinos políticos, socios estratégicos o vínculos con funcionarios clave. No se trata de meritocracia sino de lobby. La juventud y la innovación son máscaras de un modelo donde los negocios se hacen entre conocidos. La “nueva Argentina” que promete Milei empieza a parecerse demasiado a la vieja: un país donde el mérito se mide por la cercanía al poder.
La historia de Humming Airways no es una anécdota menor. Es la síntesis de un sistema que, bajo la excusa de liberar los mercados, libera también a los empresarios de toda responsabilidad pública. En nombre de la eficiencia, se desmantelan los controles. En nombre del progreso, se privatiza la supervisión. Y en nombre de la libertad, se perpetúa la dependencia del poder económico.
Mientras los jóvenes empresarios son exhibidos como símbolos del futuro, las verdaderas decisiones se toman en los despachos donde circulan decretos a medida, contratos de leasing opacos y vínculos que cruzan la frontera entre lo público y lo privado. Es allí, en ese espacio sin control, donde el sueño libertario se transforma en una pesadilla para la democracia.
La desregulación aérea de Milei no abrió los cielos: los entregó. No democratizó el acceso: lo concentró. No impulsó el emprendimiento: institucionalizó el favoritismo. Y Humming Airways, la joya publicitaria de Sturzenegger, es la prueba más visible de un proyecto que, bajo la bandera de la libertad, termina beneficiando a los mismos de siempre.
FUENTES
Perfil – “Los cielos liberados… y los negocios con alas: quién está detrás de Humming Airways”
https://www.perfil.com/noticias/politica/los-cielos-liberados-y-los-negocios-con-alas-quien-esta-detras-de-humming-airways.phtml





















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