Crisis: La producción automotriz se derrumbó más del 20 por ciento

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La fabricación de vehículos cayó más del 30% interanual en enero de 2026, las exportaciones se desplomaron y las terminales ajustan con suspensiones, paradas y amenazas de cierre. Detrás de los números, una crisis estructural agravada por la apertura importadora y la ausencia de una política industrial activa.

El inicio de 2026 encontró a la industria automotriz argentina en uno de sus peores momentos en años. Con producción en retroceso, exportaciones en caída libre y plantas que se achican, el sector acusa el impacto de un modelo económico que desarma el entramado industrial y traslada la factura a trabajadores y proveedores.

El arranque de 2026 dejó una foto incómoda para quienes todavía prometen una “lluvia de inversiones” que nunca llega. La industria automotriz, uno de los pilares históricos de la Argentina productiva, empezó el año con un golpe seco: en enero se fabricaron apenas 20.998 vehículos, una cifra que representa una caída del 20,7% respecto de diciembre y un desplome del 30,1% en la comparación interanual. Los datos, difundidos por la Asociación de Fabricantes de Automotores, no sólo confirman un mal mes, sino que revelan algo más profundo: el deterioro acelerado de un sector estratégico bajo el actual rumbo económico.

Desde el discurso oficial se intentó explicar la debacle apelando a factores coyunturales. Menos días hábiles, paradas técnicas por vacaciones trasladadas a enero y adecuaciones de planta para incorporar nuevos modelos aparecen como los argumentos recurrentes. Es cierto que el mes tuvo tres días menos de actividad que enero del año pasado y que algunas terminales aprovecharon el inicio del año para reorganizar líneas productivas. Pero reducir el problema a una cuestión de calendario es, como mínimo, una subestimación peligrosa de la realidad.

Con un promedio diario de apenas 1.750 unidades, la cadencia productiva fue una de las más bajas de los últimos años. Y lo más preocupante es que este derrumbe se produce después de un 2025 muy malo para el sector. El año pasado se fabricaron alrededor de 490 mil vehículos, menos que los 510 mil de 2024 y a años luz del récord histórico de 800 mil unidades alcanzado en 2013. Es decir, la industria no viene de un ciclo expansivo que ahora se enfría, sino de una prolongada recesión que se profundiza.

El frente externo, tradicional válvula de escape para sostener niveles de producción, tampoco ofrece alivio. En enero se exportaron 9.759 unidades, equivalentes al 46,5% de lo producido en el mes. La cifra implica una caída del 51% frente a diciembre y del 12,3% interanual. El dato no es menor: la automotriz argentina depende de las exportaciones, especialmente al mercado brasileño, para mantener sus plantas en funcionamiento. Cuando ese canal se obstruye, el impacto es inmediato y brutal.

Las ventas mayoristas a concesionarios fueron la única variable que mostró cierta estabilidad. En enero se entregaron 34.333 unidades, un 33,1% menos que en diciembre, pero con una leve suba interanual del 0,7%. Esa pequeña mejora, sin embargo, no alcanza para compensar el derrumbe productivo ni para ocultar un fenómeno que explica buena parte de la crisis: el mercado interno se sostiene cada vez más con vehículos importados. En 2025 se patentaron alrededor de 600 mil unidades, pero el 70% fueron importadas. Es una cifra que desnuda el efecto de la apertura comercial impulsada por el gobierno de Javier Milei: se venden autos, pero no se producen en el país.

Desde la conducción de ADEFA, su presidente Rodrigo Pérez Graziano optó por la cautela. “Para evaluar con mayor precisión el desempeño anual habrá que aguardar al desarrollo del primer trimestre”, sostuvo. La frase, repetida casi como un mantra, busca ganar tiempo en un contexto cada vez más hostil. Pero puertas adentro del sector, el diagnóstico es bastante menos diplomático. La sensación dominante es que no se trata de un bache transitorio, sino de un declive estructural acelerado por decisiones políticas concretas.

Mientras las estadísticas oficiales piden paciencia, la realidad en las plantas habla otro idioma. General Motors confirmó que en 2026 continuará con el esquema de suspensiones iniciado el año pasado. En su fábrica de General Alvear, la producción se frena una semana por mes y los 600 trabajadores cobran apenas el 75% del salario. El motivo es claro: la caída de las exportaciones, especialmente del modelo Tracker, que destina cerca del 70% de su producción a Brasil. Cuando el mercado externo se retrae y el interno se inunda de importados, el ajuste cae del lado de los trabajadores.

El panorama es aún más delicado en otras terminales. Ford llegó a plantear abiertamente la posibilidad de cerrar su histórica planta de General Pacheco. Su presidente para Sudamérica, Martín Galdeano, fue explícito: sin exportaciones, la planta no tiene futuro. La advertencia no es menor. Pacheco es uno de los complejos industriales más modernos del país, con estándares de productividad y calidad de clase mundial. Sin embargo, ni siquiera eso alcanza cuando el contexto macroeconómico conspira contra la producción local.

Galdeano también puso el foco en la presión impositiva. Según detalló, exportar una Ranger implica una carga tributaria cercana al 12%, sumando impuestos nacionales, provinciales y municipales. El reclamo, en abstracto, no es nuevo. Lo que cambia es el escenario. En lugar de una política industrial que equilibre costos, promueva exportaciones y cuide el empleo, el gobierno optó por una apertura importadora indiscriminada que deja a las terminales locales compitiendo en desigualdad de condiciones.

El impacto del derrumbe no se limita a las grandes automotrices. La crisis se extiende a toda la cadena de valor. Autopartistas, proveedores logísticos y empresas metalmecánicas ya anticipan un 2026 con fuertes recortes. Ramón Ramírez, gerente de Maxion Montich, una fábrica de chasis y componentes de Córdoba, lo resumió sin eufemismos: “La reestructuración es inevitable. El que sostiene los costos con los números que está vendiendo, tarde o temprano va a tener problemas financieros”. En provincias industriales, donde cada planta es un núcleo de empleo y desarrollo, estas palabras suenan a alarma roja.

Desde ADEFA se insiste en la necesidad de trabajar en conjunto con el Estado para mejorar la competitividad, reducir impuestos y abrir nuevos mercados. Paradójicamente, esa coordinación parece hoy más lejana que nunca. El gobierno nacional se jacta de desregular, pero lo hace desarmando herramientas clave de política industrial. Mientras otros países refuerzan subsidios, protegen cadenas productivas y planifican la transición tecnológica, la Argentina avanza a contramano, confiando en que el mercado resolverá lo que la política abandona.

La comparación internacional deja al descubierto esa contradicción. En los principales mercados automotrices del mundo, la transformación tecnológica va de la mano de políticas industriales activas. Estados que invierten, regulan y orientan el desarrollo. Aquí, en cambio, la apertura importadora funciona como un atajo que satisface la demanda de corto plazo, pero erosiona la capacidad productiva local. Es una estrategia que puede inflar momentáneamente las estadísticas de ventas, pero vacía las fábricas y precariza el empleo.

El peor enero en seis años no es un accidente ni un problema técnico. Es el síntoma de un modelo que prioriza el ajuste y la liberalización sin red. La industria automotriz, que durante décadas fue emblema de industrialización y trabajo calificado, hoy vuelve a estar en la cornisa. Y lo hace en un contexto donde la discusión pública parece más preocupada por los equilibrios fiscales que por el futuro del aparato productivo.

Reconocer la complejidad del escenario no implica neutralidad. El sector enfrenta desafíos reales: cambios tecnológicos, competencia global, costos logísticos y presión tributaria. Pero esos desafíos se agravan cuando el Estado renuncia a su rol estratégico. El derrumbe del 30% en la producción no es sólo un dato estadístico; es una señal de alerta sobre el rumbo económico. Una advertencia de que, sin política industrial, la Argentina corre el riesgo de resignarse a ser un mercado de consumo importado, mientras se apagan las luces de sus fábricas.

Fuente:
https://www.infogremiales.com.ar/se-encienden-todas-las-alarmas-en-la-industria-automotriz-la-produccion-se-derrumbo-un-301-en-enero-de-2026/
https://www.lapoliticaonline.com/economia/la-produccion-automotriz-se-derrumbo-mas-de-30-puntos-en-enero-y-la-crisis-se-profundiza/

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