La heladera vacía de la libertad: el festín de los mercados y el hambre de los barrios. Bajo el rigor gélido de la planilla de Excel oficial, el consumo popular se desmorona y arrastra consigo el tejido social de la Argentina profunda, mientras el gobierno de Javier Milei celebra un superávit fiscal edificado sobre el cementerio de las pymes y el plato vacío de los trabajadores.
El derrumbe del 1,5% en las ventas de supermercados y el cierre masivo de 70 kioscos por día no son meros accidentes estadísticos, sino las marcas de un plan de miseria planificada que ha transformado el acto de alimentarse en una odisea financiera para millones de familias.
Caminar hoy por las calles de cualquier ciudad argentina es enfrentarse a un paisaje de persianas bajas y carteles de «se alquila» que se multiplican como hongos después de una lluvia ácida. No hace falta ser un economista de Wall Street para entender que el modelo libertario está crujiendo en su eslabón más sensible: el bolsillo del laburante. El dato del INDEC que señala una caída del 1,5% en las ventas de los supermercados es apenas la punta de un iceberg de dolor e incertidumbre.
Lo que esa cifra no te cuenta, pero que se siente en el aire, es la angustia de la madre que debe elegir qué hijo come carne y cuál se conforma con un plato de fideos, o el jubilado que estira el blíster de pastillas porque el PAMI ya no le cubre lo que antes era un derecho. Estamos ante la paradoja de un presidente que, como bien señalan algunos empresarios industriales, actúa como un médico que parece desear que el paciente se muera para comprobar que su teoría sobre la autopsia era correcta.
El «emprendedorismo» que nos vendieron como la panacea de la libertad se ha convertido en una trampa mortal para los pequeños comerciantes. La cifra es escalofriante y debería quitarle el sueño a cualquier funcionario con un mínimo de empatía: se estima que cierran 70 kioscos por día en todo el territorio nacional. Esos 70 locales no son solo unidades económicas; son sueños familiares, ahorros de toda una vida y el último refugio de socialización de un barrio.
La inviabilidad del modelo es total cuando el costo de la boleta de luz, que en lugares como Andalgalá ya trepa a los 130.000 pesos, supera la capacidad de ganancia de quien vende caramelos y cigarrillos. Es una «motosierra» que no corta los privilegios de la casta, sino que amputa la posibilidad de subsistencia del tipo que abre su ventana a las seis de la mañana para pelearla.
La situación es tan terminal que el consumo de carne en la Argentina ha caído a sus niveles más bajos en más de 20 años. Es un golpe a nuestra identidad cultural y alimentaria. Ver los ganchos vacíos en las carnicerías de barrio es la imagen viva de una derrota social. Según los datos que maneja el sector, la faena se ha derrumbado estrepitosamente, alcanzando niveles de actividad que no se veían en casi medio siglo. La gente ya no «va al súper», va a «ver qué puede comprar».
Se ha instalado una economía de guerra donde la morosidad familiar superó por primera vez el 10%, un récord triste que refleja que las familias argentinas se están endeudando no para irse de vacaciones, sino para comprar leche y pan. Hay algo profundamente roto en una sociedad donde los clientes le preguntan a la almacenera si pueden pagar una compra de 3.500 pesos en cuotas con la tarjeta de crédito. Eso no es libertad, es una condena a la usura para poder masticar algo antes de irse a dormir.
Mientras esta tragedia se despliega, el gobierno se pierde en discusiones sobre «therianos», glaciares y ataques sistemáticos al periodismo para no hablar de lo que realmente importa. Se dedican a montar una batalla cultural de cartón pintado mientras la industria textil se transforma en un cementerio con el 80% de sus máquinas paradas. Es doloroso escuchar los testimonios de biólogas altamente calificadas del CONICET que, ante el desfinanciamiento y el desprecio oficial por la ciencia, hoy deben trabajar como plomeras para no caer en la indigencia.
El vaciamiento es total: desde la ciencia hasta el frigorífico de la esquina. Empresas que antes producían 200.000 pares de zapatillas por mes hoy producen cero, dejando a cientos de trabajadores a la deriva, como ocurrió con Bicontinentar. Es una carnicería laboral donde ya se sumaron 230.000 nuevos desocupados en el último año, llevando el desempleo al 7,5%.
No podemos ignorar la complejidad de una crisis que se agrava por un contexto internacional de guerra que el propio Milei se encarga de importar con sus alineamientos ciegos. La suba de precios es inmediata y el riesgo país, que superó los 600 puntos, es la prueba de que el mercado —ese dios al que tanto le rezan— no confía en la capacidad de pago de un país que se está quedando sin reservas y sin alma.
La incertidumbre jurídica que genera la reforma laboral, con fallos que ya la declaran inconstitucional en provincias como Córdoba, solo añade leña al fuego de un mercado de trabajo donde la informalidad ya alcanza el 43%. Los jóvenes son las principales víctimas: 7 de cada 10 trabajadores de hasta 24 años están en la absoluta precariedad, sin aportes, sin obra social y sin futuro bajo este régimen.
Es imperativo rescatar la bandera de la justicia social y la solidaridad. Frente a un presidente calificado de «sin corazón» por referentes de comedores comunitarios que ya no reciben ayuda ni siquiera de la gente común, que también está ahorcada, la única respuesta es la organización y la defensa de los derechos humanos. No es solo una cuestión de números; es la vida misma la que está en juego.
Cuando el Estado se retira de la vacunación, cuando las universidades entran en paro porque el salario docente no cubre la canasta básica, cuando se cierran las oficinas que asisten a personas con discapacidad en la causa ANDIS, lo que se está destruyendo es la dignidad humana. Una sociedad más justa no se construye con exclusión y odio, sino con trabajo digno y un mercado interno que funcione para todos, no solo para los amigos del poder que viajan en jets privados financiados por productoras fantasma.
La resistencia no es una opción, es una necesidad ética. El modelo neoliberal libertario ha demostrado ser un experimento fallido en su capacidad de generar bienestar para el pueblo argentino. El desplome del consumo es el grito de una sociedad que ya no puede esperar más, como bien señala ese 60% de argentinos encuestados que afirman estar al límite de sus fuerzas. Es hora de volver a poner el foco en el trabajo, en la producción nacional y en la defensa de una Argentina soberana, solidaria y con pan en todas las mesas. La libertad no puede ser el derecho a morir de hambre mientras la casta se reparte los restos de lo que alguna vez fue un país con movilidad social ascendente.

