Tras más de medio siglo de producción ininterrumpida, la histórica fábrica de retenes SCAR bajó sus persianas en barrio Pueyrredón y dejó un vacío que excede lo edilicio: es la postal cruda de una industria que cruje y de un modelo económico que parece resignarse a la desindustrialización.
La imponente mole de cemento quedó muda. Donde hubo camiones, turnos rotativos y orgullo obrero, hoy hay portones cerrados y una tristeza que atraviesa a todo un barrio. El cierre de SCAR no es un hecho aislado: es una señal de alarma en un país que empieza a naturalizar el industricidio.
Después de más de cincuenta años de actividad ininterrumpida, la fábrica de retenes SCAR apagó las luces y bajó definitivamente sus persianas en barrio Pueyrredón, en la ciudad de Córdoba. No se trata simplemente de una empresa que deja de operar. Se trata de un símbolo que se derrumba. De una estructura de cemento que durante décadas fue sinónimo de trabajo, producción y movimiento constante, y que hoy aparece vacía, silenciosa, casi fantasmal.
La escena es tan contundente como incómoda. Donde antes ingresaban y salían camiones con mercadería rumbo a distintos puntos del país, hoy solo quedan portones cerrados y ausencia total de actividad. La postal, que hasta hace poco mostraba operarios en distintos turnos, proveedores descargando insumos y transportistas apurados por cumplir con la distribución, se convirtió en una imagen detenida en el tiempo. El silencio domina la cuadra. Y ese silencio pesa.
En su etapa de mayor esplendor, SCAR se consolidó como un referente industrial cordobés en la fabricación y distribución de retenes. No era una pyme improvisada ni un emprendimiento efímero. Era una empresa con cinco décadas de trayectoria, con una red comercial que trascendía las fronteras provinciales y que realizaba distribución hasta el norte del país. Durante años, fue parte del engranaje metalmecánico que hizo de Córdoba uno de los polos industriales más importantes de la Argentina.
Ese entramado productivo no se construye de un día para el otro. Se forja con inversión, con conocimiento acumulado, con mano de obra especializada y con un ecosistema que articula fábricas, talleres, comercios y servicios. En barrio Pueyrredón, la fábrica no era un edificio más. Era un corazón que latía todos los días. Alrededor suyo crecieron comercios, se organizaron rutinas familiares y se moldeó una identidad barrial ligada al trabajo industrial.
Hoy, esa identidad está herida. “Mucha tristeza”, resumió un vecino al observar el predio sin movimiento. La frase, breve y directa, encapsula una sensación que atraviesa a la comunidad. Porque el cierre no solo implica la pérdida de una unidad productiva con más de cincuenta años de historia. Implica también un golpe social y emocional que no se mide únicamente en balances contables.
El impacto es tangible. Comercios cercanos que dependían del flujo diario de trabajadores ven reducidas sus ventas. Familias vinculadas a la actividad enfrentan incertidumbre. Vecinos que convivieron durante décadas con el ritmo fabril ahora se enfrentan a una cuadra muda. Lo que antes era ruido de motores y movimiento constante hoy es quietud. Y esa quietud no es paz: es señal de alarma.
El caso de SCAR no ocurre en el vacío. Se suma a otros cierres y dificultades que atraviesa el sector industrial en distintas regiones del país. La palabra “industricidio” empieza a circular con fuerza para describir un proceso que, lejos de ser anecdótico, adquiere rasgos estructurales. Cuando una fábrica histórica baja sus persianas después de medio siglo, no estamos ante un tropiezo coyuntural. Estamos ante un síntoma.
En el contexto actual, bajo las medidas económicas del gobierno de Javier Milei, la industria nacional enfrenta un escenario de apertura comercial, retracción del mercado interno y reconfiguración abrupta de reglas de juego. El discurso oficial insiste en que la competencia y la liberalización traerán eficiencia y modernización. Sin embargo, en el territorio concreto, en barrios como Pueyrredón, lo que se observa es otra cosa: fábricas que cierran, estructuras vacías y comunidades golpeadas.
La pregunta incómoda es si este desenlace era evitable o si forma parte de un modelo que asume como daño colateral la caída de sectores productivos tradicionales. Cuando se privilegia una lógica financiera por sobre la industrial, cuando se apuesta a la importación sin un esquema claro de protección y fortalecimiento local, el resultado puede ser devastador para empresas que, aun con historia y trayectoria, no logran sostenerse en un entorno hostil.
SCAR fue durante décadas una referencia en la fabricación y distribución de retenes. Su nombre estaba asociado a calidad, continuidad y alcance nacional. No se trata de una firma que recién empezaba. Cincuenta años de actividad ininterrumpida hablan de resiliencia, de adaptación a crisis previas, de capacidad para atravesar vaivenes económicos. Si una empresa con ese recorrido no logra sobrevivir al contexto actual, la señal es fuerte.
Córdoba, históricamente identificada con la industria metalmecánica, vuelve a sentir el crujido de su estructura productiva. No es una metáfora exagerada. Es un diagnóstico que se repite en distintos puntos del país, donde plantas industriales reducen turnos, suspenden personal o directamente cierran. Cada persiana que baja es una historia que se interrumpe. Y cada edificio vacío es un recordatorio de que el desarrollo no es un proceso irreversible.
Hay quienes sostienen que el mercado se reacomoda, que las empresas menos competitivas quedan en el camino y que otras ocuparán su lugar. Es una visión que, en abstracto, puede sonar razonable. Pero en la práctica, en el territorio, el reemplazo no es automático ni inmediato. El vacío que deja una fábrica histórica no se llena de un día para el otro. Y mientras tanto, el costo lo pagan trabajadores, familias y comunidades enteras.
El edificio de SCAR, imponente y ahora deshabitado, se erige como una metáfora de este tiempo. Es una mole de cemento que refleja la fragilidad de un entramado productivo que parecía sólido. Durante décadas fue símbolo de trabajo y producción. Hoy es testigo silencioso de una etapa que se cierra abruptamente.
La discusión de fondo excede a una empresa puntual. Tiene que ver con el rumbo que adopta el país en materia industrial. Con la decisión —explícita o implícita— de sostener o no un modelo que valore la producción local, el empleo industrial y el desarrollo regional. El cierre de SCAR no es solo una noticia económica. Es una advertencia.
En barrio Pueyrredón, el silencio no es neutro. Es el eco de un proceso que avanza y que, de continuar, puede dejar más estructuras vacías en el camino. La tristeza que sintetiza el vecino no es nostalgia romántica por el pasado. Es la percepción de que algo se está desarmando. Y cuando el tejido industrial se desarma, recomponerlo lleva años, a veces décadas.
En un país con una historia industrial intensa y conflictiva, cada cierre resuena con fuerza. Porque detrás de cada fábrica hay saberes, oficios y redes sociales que no se improvisan. La clausura definitiva de SCAR marca el fin de una etapa productiva en Córdoba. Pero también interpela al presente. Obliga a preguntarse si el rumbo elegido prioriza la especulación por sobre la producción, la rentabilidad inmediata por sobre el desarrollo sostenido.
La imponente estructura de cemento en Pueyrredón ya no vibra con el ruido de máquinas ni con el trajín de camiones. Vibra, en cambio, como símbolo de una encrucijada. El cierre de SCAR es una señal de alarma que no debería naturalizarse. Porque cuando el silencio se instala donde antes había trabajo, el problema no es solo económico. Es profundamente social. Y, sobre todo, político.
Fuente:
https://www.lavoz.com.ar/
https://canalc.com.ar/























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