Libertarios en contradicción: odian lo colectivo, pero lo usan cuando les conviene
Hay escenas que, sin proponérselo, funcionan mejor que cualquier tratado de teoría política. No porque expliquen, sino porque desnudan. El caso de Flavio —militante de Javier Milei, convertido en figura viral luego del cruce con Diego Brancatelli en C5N— es una de esas escenas. Una postal perfecta de las contradicciones que atraviesan a buena parte de los jóvenes que se autoperciben como libertarios, anarcocapitalistas o, indistintamente, liberales. Una ensalada conceptual que en una mesa de examen duraría lo que tarda el docente en decir “desaprobado”.
La historia es conocida: luego de las burlas por su ropa y su condición social, sectores libertarios reaccionaron con indignación moral. No contra la desigualdad estructural, no contra la estigmatización de la pobreza como fenómeno social, sino contra el “ataque” a uno de los suyos. ¿La respuesta? Colectas informales impulsadas desde redes sociales, con el aval y la difusión de cuentas influyentes del ecosistema mileísta, entre ellas La Derecha Diario. El resultado fue concreto: ropa nueva, herramientas y una moto Benelli roja, celebrada como “la moto de la libertad”.
Hasta acá, los hechos. Ahora viene lo interesante.
El problema no es la solidaridad, es la negación de su lógica
La teoría libertaria —y con más énfasis su versión anarco-capitalista— se construye sobre un axioma central: el individuo es anterior y superior a lo colectivo, y toda forma de organización solidaria institucionalizada (Estado, sindicatos, políticas públicas) es vista como una coerción ilegítima. Lo colectivo aparece como sinónimo de imposición, parasitismo o directamente robo.
Sin embargo, cuando uno de los propios queda expuesto, humillado o vulnerable, el reflejo no es individual: es colectivo. Se organizan, se pasan alias, se transfieren fondos por Mercado Pago, se coordina un objetivo común y se celebra el resultado como una victoria compartida. Eso, en cualquier manual básico de ciencias sociales, se llama acción colectiva.
La contradicción no es moral, es teórica.
Solidaridad privada: el nombre no cambia la sustancia
Los defensores del caso repiten una consigna: “No es solidaridad, es ayuda voluntaria entre privados”. Pero cambiarle el nombre a las cosas no altera su naturaleza. Cuando muchas personas aportan recursos para mejorar la situación material de otra, movidas por empatía, identificación o sentido de pertenencia, estamos frente a un fenómeno solidario. Que no haya Estado no lo convierte mágicamente en algo distinto: solo lo vuelve más precario, más arbitrario y profundamente selectivo.
Porque acá aparece la segunda gran contradicción: ¿quién merece ser ayudado?
Flavio sí. Miles de pibes en condiciones similares, arruinados por este gobierno, pero sin carnet ideológico libertario, no. La ayuda no se organiza en función de una necesidad social, sino de una identidad política. No es universal, es tribal.
El mercado no salva: selecciona
El relato libertario intenta presentar el episodio como prueba de que “el privado te salva”. Pero lo que salva no es el mercado: es el vínculo social, incluso cuando se lo niega discursivamente. El mercado, por definición, no funciona por empatía sino por intercambio. Acá no hubo intercambio: hubo donación. Y la donación es una categoría que el liberalismo extremo nunca logró explicar sin incomodarse.
Más aún: el mismo discurso que demoniza impuestos, redistribución y políticas públicas, celebra una redistribución informal, sin reglas claras, sin controles y basada en la emocionalidad del momento. Si eso no es una admisión implícita de que el individuo aislado no alcanza, ¿qué es?
Lo que han hecho querido libertarios es sencilla una redistribución de ingresos y han puesto en práctica el antiguo sistema solidario que crearon en plena revolución industrial los obreros para ayudarse de la tremenda opresión de los industriales explotadores. ¡Genios del voto!
Quedaron en En Orsai haciendo lo que supuestamente no sirve
Muchos jóvenes libertarios no llegan a estas ideas por lecturas sistemáticas de Hayek, Rothbard o Mises, sino por memes, streams y slogans. Eso lo sabemos, lo tenemos claro. De ahí la confusión conceptual: se odia “lo colectivo” en abstracto, pero se lo practica en la vida real cuando hace falta. Se repite “el Estado no sirve”, pero se apela a lógicas estatales (recaudación, redistribución, solidaridad) cuando el golpe toca cerca.
Repitámoslo, porque el contraste es revelador: los libertarios que dicen odiar al Estado activaron, sin ruborizarse, tres pilares fundamentales de aquello que afirman combatir: la recaudación de recursos, la redistribución del ingreso y la solidaridad social.
No es cinismo: es inmadurez política. Una comprensión fragmentaria de teorías complejas, reducidas a consignas que no resisten el primer contraste con la realidad.
La contradicción de un movimiento politico que nos lleva a la destrucción
El caso Flavio no prueba que el libertarismo funcione. Prueba exactamente lo contrario: que incluso quienes dicen odiar lo colectivo no pueden prescindir de él. Que la solidaridad no desaparece por decreto ideológico. Y que cuando se la niega en el plano teórico, reaparece deformada, selectiva y contradictoria en la práctica.
Espero que esta lectura llegue a interpelarlos. Es difícil: no tanto que los interpele, sino que la lean. Pero no perdamos la esperanza.
Este cúmulo de contradicciones —visibles incluso en el propio Javier Milei— se manifiesta a diario y nos empuja hacia un túnel oscuro (sí, como el de Gabriela Michetti). Un túnel que quienes ya atravesamos y estudiamos otras crisis sabemos bien cómo termina: no tiene salida, salvo el impacto inevitable contra una pared.
Ahora bien, la pregunta no es por qué ayudaron a Flavio.
La pregunta es por qué necesitan negar que eso también es política colectiva.
Y esa negación, más temprano que tarde, siempre pasará factura.




















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