Patricia Bullrich debatió la reforma laboral con asistencia tecnológica externa en el Senado

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La escena no ocurrió en un viaje al exterior ni en una caminata informal. Ocurrió en el corazón institucional de la Argentina. La exministra de Seguridad y actual senadora nacional Patricia Bullrich utilizó lentes inteligentes Ray-Ban Meta durante la sesión del Senado en la que se trató la reforma laboral, una de las iniciativas más regresivas impulsadas por el gobierno de Javier Milei. No fue un gesto menor ni inocente. Fue una postal que condensa, en silencio, una serie de interrogantes éticos que este artículo considera ineludibles.

El cuestionamiento central no es tecnológico, sino político y moral. Una senadora de la Nación utilizando lentes con capacidad de grabar, escuchar audios, recibir información en tiempo real y ejecutar comandos por inteligencia artificial dentro del recinto legislativo abre una zona gris alarmante. Con ese dispositivo, Bullrich podría estar recibiendo datos de un tercero que no se encuentra presente en la sesión, siguiendo indicaciones externas o incluso recibiendo instrucciones precisas sobre qué decir, cuándo intervenir y cómo orientar su discurso. No se afirma que eso haya ocurrido; se señala que la posibilidad existe. Y en democracia, que exista ya es un problema.

El Senado no es un living ni una pasarela tecnológica. Es un ámbito de deliberación pública donde la palabra debe ser propia, transparente y autónoma. La sola utilización de un dispositivo que habilita la asistencia remota y discreta erosiona el principio básico de ética institucional, más aún cuando quien lo porta es una dirigente con antecedentes en políticas de control, vigilancia y disciplinamiento social. La pregunta no es si los lentes son legales. La pregunta es si son aceptables.

A partir de esa escena —una senadora legislando con tecnología que permite ver, oír y recibir información sin que nadie lo advierta—, lo que sigue deja de ser una anécdota y se convierte en un síntoma del clima político actual. Porque cuando el poder se acostumbra a mirar sin ser visto, a escuchar sin ser escuchado y a hablar con palabras que quizás no le pertenecen del todo, la democracia empieza a volverse opaca.

Los lentes del poder: tecnología, vigilancia y la naturalización del control en tiempos de Milei

Entre la estética high tech y la política del disciplinamiento social, el uso de gafas inteligentes por parte de Patricia Bullrich vuelve a poner en escena una pregunta incómoda: quién mira, quién escucha y hasta dónde puede llegar el control estatal en la Argentina libertaria.

La imagen parece, a primera vista, una postal inofensiva. Una dirigente política fotografiada en Roma, frente a la Fontana di Trevi, usando anteojos de diseño. Pero el detalle que altera la escena no está en el paisaje ni en el vestuario: está en la tecnología incrustada en esos marcos. Patricia Bullrich, actual senadora nacional, exministra de Seguridad y una de las figuras más influyentes del oficialismo libertario, fue fotografiada utilizando lentes inteligentes Ray-Ban Meta en actividades públicas y viajes oficiales. Y a partir de allí, lo que parecía una anécdota se transformó en un síntoma político.

No se trata de lentes comunes. Los Ray-Ban Meta Skyler son un dispositivo de alta tecnología desarrollado por Meta en asociación con la histórica marca Ray-Ban. Incorporan cámara ultraamplia de 12 megapíxeles capaz de sacar fotos y grabar videos en alta definición, micrófonos múltiples que permiten captar audio con nitidez, altavoces integrados en las varillas para escuchar mensajes, llamadas o audios de WhatsApp, y una memoria interna de 32 GB que permite almacenar más de 500 fotos y alrededor de 100 videos cortos. Todo eso, sin tocar el teléfono. Todo eso, desde el rostro de quien los usa.

Según la información oficial de la propia empresa, estos lentes “combinan un estilo glamuroso con Meta AI”, la inteligencia artificial de la compañía, que permite traducir idiomas en tiempo real, enviar mensajes, realizar llamadas, escuchar audios y ejecutar comandos de voz. En la práctica, funcionan como un smartphone camuflado en la cara. El precio del dispositivo ronda los 500 dólares, un dato que no es menor en un país sometido a un ajuste brutal, donde el gobierno de Javier Milei predica austeridad mientras naturaliza privilegios en la cima del poder.

El dato llamó la atención de medios y redes sociales. Rosario3 detalló las características del dispositivo tras la difusión de las imágenes de Bullrich en Italia. El foco no estuvo solo en la novedad tecnológica, sino en las implicancias políticas de que una figura central del oficialismo utilice un dispositivo capaz de grabar imágenes y audios de manera discreta. La pregunta surge sola: ¿es compatible el uso de este tipo de tecnología con la función pública, especialmente cuando se trata de una dirigente con largo historial en áreas sensibles del Estado?

La periodista especializada en tecnología y cultura digital Irina Sternik advirtió sobre los riesgos éticos que conlleva este tipo de dispositivos. No porque la tecnología sea mala en sí misma, sino porque su uso por parte de figuras con poder institucional introduce una asimetría peligrosa. No es lo mismo que un ciudadano común use gafas inteligentes a que lo haga una dirigente política que fue ministra de Seguridad, promotora de políticas de mano dura y protagonista central del discurso represivo que hoy atraviesa al gobierno libertario.

La polémica se profundiza al inscribir este episodio en el contexto político actual. Aunque Bullrich hoy ocupa una banca en el Senado, su influencia en el gobierno de Milei es innegable. Su figura sigue siendo un emblema del orden, el castigo y la criminalización de la protesta social. En un país donde se reprimen manifestaciones, se persigue a militantes y se construye un relato que demoniza a todo disenso, la imagen de una senadora usando “lentes espía” no puede leerse como un gesto ingenuo.

Desde su entorno, Bullrich intentó bajar el tono del debate. En declaraciones radiales sostuvo que los lentes fueron un regalo traído de Estados Unidos y que los usa cotidianamente “como si fueran un smartphone”. Dijo que camina por la calle escuchando audios, hablando por teléfono y comunicándose con el presidente Javier Milei, a quien tiene agendado en sus contactos. La escena que describe es reveladora: hablar, escuchar, recibir información constante, sin sacar el celular y sin que nadie lo note. La vigilancia convertida en rutina.

No existe en Argentina una legislación específica que prohíba el uso de gafas inteligentes en ámbitos institucionales. Pero la ausencia de una norma no equivale a una habilitación ética. Menos aún cuando se trata de una figura pública con acceso a información sensible y con capacidad de influir en decisiones políticas de alto impacto. El problema no es solo qué hacen estos dispositivos, sino quién los usa y en qué contexto.

El antecedente internacional agrega una capa más al debate. Según se difundió en distintos medios, Mark Zuckerberg, CEO de Meta, le habría regalado un par de estos lentes a Donald Trump en diciembre pasado, aunque el expresidente estadounidense nunca fue visto usándolos. El dato no es menor: expone el vínculo cada vez más estrecho entre las grandes corporaciones tecnológicas y los líderes políticos, en una alianza donde los datos, la vigilancia y el control ocupan un lugar central.

En Argentina, el uso de estos dispositivos por parte de Bullrich reavivó el debate sobre los límites del monitoreo estatal. Mientras el gobierno de Milei avanza con recortes, desfinancia políticas públicas, ajusta jubilaciones y salarios y endurece el control social, la tecnología aparece como una aliada silenciosa del poder. Todo en nombre de la eficiencia, la modernidad y la seguridad. Viejas excusas para prácticas conocidas.

Hay también una dimensión simbólica imposible de ignorar. Una senadora nacional utilizando un dispositivo de lujo con inteligencia artificial incorporada, mientras millones de argentinos sobreviven con ingresos pulverizados, condensa la distancia entre el discurso oficial y la realidad. Ajuste para las mayorías, gadgets de última generación para quienes gobiernan. La motosierra no pasa por todos lados.

Reconocer la complejidad del tema no implica caer en teorías conspirativas. La tecnología puede ser útil y tener aplicaciones legítimas. Pero cuando se inserta en un contexto político marcado por el autoritarismo discursivo, la represión de la protesta y la deshumanización del adversario, la preocupación deja de ser exagerada. La vigilancia, cuando se normaliza, deja de parecer peligrosa. Y ese es, quizás, el mayor riesgo.

En tiempos de Milei, donde el Estado se redefine más como un aparato de control que como un garante de derechos, los lentes de Bullrich funcionan como una metáfora inquietante: ver sin ser visto, escuchar sin ser escuchado, registrar sin rendir cuentas. La pregunta ya no es tecnológica. Es política. Y la respuesta sigue abierta.


Fuente:
https://www.rosario3.com/tecnologia/Las-gafas-espia-que-usa-Patricia-Bullrich-traducen-filman–escuchan-audios-y-sacan-fotos-20250501-0028.html
https://www.rionegro.com.ar/redes/insolito-los-anteojos-espia-que-utiliza-patricia-bullrich-los-detalles-del-accesorio-inteligente-4155575/


 

 

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