El ex socio intelectual del Presidente lo acusa de haber expandido exponencialmente los agregados monetarios en términos reales entre julio de 2024 y julio de 2025. Los gráficos muestran fuerte crecimiento del crédito y aceleración inflacionaria desde mediados de 2025. ¿Remonetización saludable o giro inflacionario encubierto? . Un debate técnico que desnuda una tensión política: si el dinero real crece más que los precios, ¿se trata de normalización o de una nueva forma de impuesto inflacionario?
La crítica no viene de la oposición tradicional ni de economistas heterodoxos. Viene de alguien que compartió libros, teoría y diagnóstico monetario con el propio presidente. Diego Giacomini, ex socio intelectual de Javier Milei, publicó dos gráficos que, más allá del tono provocador con el que calificó al mandatario como “pirómano monetario”, abren una discusión técnica que golpea el centro del relato oficial: ¿hubo expansión monetaria real significativa entre julio de 2024 y julio de 2025? ¿Y esa expansión explica la reciente aceleración inflacionaria?
El primer gráfico, elaborado en base a datos del Banco Central de la República Argentina y deflactado por IPC con base junio 2024, muestra una recuperación muy fuerte de los agregados monetarios reales luego del piso registrado en abril-mayo de 2024. La Base Monetaria real pasa desde valores cercanos a 70 hasta niveles alrededor de 146. Billetes y monedas en poder del público siguen una trayectoria similar. Pero el dato más impactante es el crédito al sector privado, que escala desde niveles deprimidos cercanos a 70 hasta superar 210 en términos reales. Se trata, en efecto, de una expansión muy significativa.
Ahora bien, la interpretación de ese salto es el núcleo del debate. El oficialismo sostiene que la economía argentina venía de un proceso de desmonetización extrema, con agregados monetarios equivalentes a apenas 5 o 6 por ciento del PBI, niveles históricamente bajos producto de años de inflación crónica. En ese marco, la remonetización no sería inflacionaria sino una normalización necesaria para que la economía vuelva a funcionar. Más crédito no implicaría emisión irresponsable sino reactivación del sistema financiero tras la eliminación de pasivos remunerados y la recomposición del balance del Banco Central.
Giacomini, en cambio, plantea una lectura monetarista ortodoxa: si el dinero en términos reales crece más que los precios, tarde o temprano la inflación responde. Y el segundo gráfico que acompaña su denuncia parece, al menos superficialmente, reforzar ese argumento. Las variaciones mensuales del IPC muestran un mínimo en mayo de 2025 del 1,5 por ciento y luego una pendiente ascendente sostenida: 1,6 en junio, 1,9 en julio y agosto, 2,1 en septiembre, 2,3 en octubre, 2,5 en noviembre, 2,8 en diciembre y 2,9 en enero de 2026. No se trata de un salto explosivo, pero sí de nueve meses consecutivos de aceleración.
¿Es prueba de causalidad? No necesariamente. La inflación no depende exclusivamente de la cantidad de dinero. También intervienen expectativas, tipo de cambio, política fiscal, recomposición salarial, márgenes empresariales y velocidad de circulación. Sin embargo, el dato incómodo es que la desaceleración inflacionaria que caracterizó buena parte de 2024 se detuvo y dio paso a una pendiente creciente justo después del período de expansión monetaria real que marcan los gráficos.
El punto más delicado para el Gobierno no es técnico sino doctrinario. La administración construyó gran parte de su legitimidad económica sobre la consigna de “emisión cero” y la promesa de que la inflación era exclusivamente un fenómeno monetario. Si esa premisa es válida, entonces el aumento real de los agregados debería tener consecuencias sobre los precios. Y si las consecuencias aparecen, la narrativa oficial queda tensionada por su propio marco teórico.
Al mismo tiempo, los datos muestran que los depósitos a la vista reales permanecen prácticamente estables, mientras el gran salto se concentra en el crédito al sector privado. Eso abre otra lectura posible: no se estaría ante una emisión fiscal descontrolada sino ante una reapertura del canal crediticio en una economía que había sido comprimida brutalmente en términos monetarios. La pregunta entonces deja de ser si hubo expansión —porque la hubo— y pasa a ser si el nivel alcanzado supera o no el equilibrio compatible con estabilidad de precios.
La discusión no es menor. Si la economía estaba artificialmente submonetizada, la recuperación puede ser parte del proceso de normalización. Pero si la demanda de dinero no creció al mismo ritmo, el rebote inflacionario podría consolidarse en los próximos meses. En ese caso, el llamado “impuesto inflacionario” al que alude Giacomini no sería una exageración retórica sino una advertencia sobre el riesgo de haber abandonado la prudencia monetaria inicial.
Lo que emerge con claridad es que el debate monetario ya no es entre oficialismo y oposición tradicional, sino dentro del propio campo liberal. El cuestionamiento proviene desde el corazón de la teoría que sostuvo el programa original. Y eso transforma una discusión técnica en un problema político: cuando quien critica habla el mismo lenguaje doctrinario que el gobierno, la disputa no es ideológica sino de coherencia.
Si la aceleración inflacionaria continúa, la tesis de Giacomini ganará fuerza. Si se estabiliza o vuelve a descender, el argumento oficial de remonetización saludable quedará reforzado. Por ahora, los gráficos no prueban una catástrofe, pero sí muestran una tensión evidente entre discurso y dinámica monetaria. Y en economía, cuando los datos empiezan a discutir el relato, la estabilidad deja de ser un dato y pasa a ser una incógnita.
























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