El desplome del IVA, la baja de retenciones y la contracción del consumo explican una nueva caída real de los ingresos públicos. Enero confirmó que el ajuste no ordena: desfinancia, tensiona a las provincias y profundiza la recesión.
La recaudación tributaria volvió a caer en términos reales por sexto mes consecutivo. Con un Estado que recauda menos y un consumo en picada, el experimento económico de Javier Milei exhibe su costo fiscal y social: menos recursos, más conflicto federal y una economía cada vez más fría.
El arranque de 2026 dejó una señal difícil de maquillar. La recaudación tributaria nacional registró en enero una caída real interanual del 7,6 por ciento y volvió a confirmar que el ajuste, lejos de estabilizar, está secando las fuentes genuinas de ingresos del Estado. El dato, informado por la Agencia de Recaudación y Control Aduanero, no es un accidente ni un bache estacional. Es la sexta caída consecutiva y el reflejo directo de un modelo que apuesta a achicar impuestos clave, frenar la actividad y confiar en una reacción del mercado que, hasta ahora, no aparece.
Los números son elocuentes. En términos nominales, la recaudación totalizó 18,33 billones de pesos, con una suba que ronda entre el 22 y el 22,4 por ciento según la medición. Pero con una inflación estimada en torno al 32 por ciento, el resultado real es negativo. Detrás de esa caída aparece un factor central: el Impuesto al Valor Agregado. El IVA, ese termómetro casi perfecto del consumo cotidiano, aportó 6,2 billones de pesos, con una suba nominal del 16,4 por ciento que no alcanza a compensar la inflación. El mensaje es claro y duele: se consume menos, se vende menos y, en consecuencia, el Estado recauda menos.
La dinámica interna del IVA desnuda todavía más la fragilidad del escenario. Mientras el componente impositivo creció 28 por ciento, el aduanero cayó 7,6 por ciento. Menos importaciones, menos movimiento comercial, menos actividad. No es una discusión técnica: es la foto de una economía que se enfría por decisión política. Cuando el Gobierno celebra la caída de importaciones como señal de orden externo, lo que en realidad está mostrando es la retracción del mercado interno y el parate de sectores enteros.
El deterioro no se limita al IVA. El Impuesto a las Ganancias, que aportó 3,4 billones de pesos, tuvo un incremento nominal del 32,4 por ciento, lo que en términos reales lo deja prácticamente estancado. No crece porque no crecen las ganancias reales de empresas ni los ingresos de los trabajadores. Algo similar ocurre con el impuesto a los Créditos y Débitos bancarios, que subió 31,9 por ciento nominal hasta 1,4 billones, pero quedó planchado en términos reales. Menos transacciones, menos actividad, menos recaudación. Es una cadena lógica, aunque el relato oficial se empeñe en negar lo evidente.
Los recursos de la Seguridad Social tampoco escaparon a la lógica del ajuste. Con ingresos que crecieron alrededor del 27 por ciento nominal frente a una inflación superior, el sistema volvió a perder en términos reales. Aportes personales, contribuciones patronales y otros ingresos no lograron compensar el efecto del freno económico. En un país donde el empleo y el salario son claves para sostener el entramado social, esta caída anticipa más tensión y menos margen para políticas públicas.
El frente externo tampoco aporta alivio. Los derechos de exportación crecieron apenas 21 por ciento nominal y los de importación 14,8 por ciento. La explicación oficial apunta a la rebaja de retenciones al sector agropecuario y a un menor volumen de importaciones. Traducido sin eufemismos, el Estado resigna recursos fiscales en nombre de un incentivo que no se traduce en mayor actividad ni en más dólares, mientras el comercio se achica. Bienes Personales, con un aporte marginal, completa un cuadro donde la estructura impositiva se vuelve cada vez más regresiva y menos eficaz para sostener las cuentas públicas.
Este combo tiene una consecuencia política inmediata: menos transferencias automáticas a las provincias. En enero, los envíos por coparticipación se redujeron cerca de un 8 por ciento en términos reales. El dato no es menor. Golpea de lleno a los gobiernos provinciales, que ya vienen ajustados, y suma presión en una relación Nación-provincias marcada por la desconfianza y el conflicto. En ese contexto, el Gobierno nacional empuja reformas sensibles, como la laboral, mientras recorta los recursos que sostienen la gestión cotidiana de las jurisdicciones. Un cóctel explosivo.
El Instituto Argentino de Análisis Fiscal confirmó que enero fue el sexto mes consecutivo de caída real interanual de la recaudación y estimó un descenso del 7,4 por ciento. Más allá de la décima arriba o abajo, el diagnóstico coincide: la economía está fría y la recaudación lo siente. Incluso el análisis más técnico reconoce que la suspensión de derechos de exportación, la reducción de aranceles a las importaciones y la baja de impuestos internos incidieron de manera directa en el resultado.
Aquí aparece el núcleo del debate. El Gobierno de Javier Milei sostiene que bajar impuestos es condición necesaria para que la economía crezca. El problema es el tiempo y el contexto. Cuando la baja impositiva se combina con una recesión inducida, con salarios golpeados y consumo en caída libre, el resultado inmediato no es crecimiento sino desfinanciamiento. El Estado recauda menos justo cuando más se necesita amortiguar el impacto social del ajuste. Y las provincias, sin espalda financiera, quedan atrapadas en una pinza fiscal que las obliga a recortar o endeudarse.
Hay, además, una contradicción difícil de ocultar. Mientras se resignan recursos por retenciones y aranceles, se sostiene un discurso de disciplina fiscal extrema. Pero el ajuste no cierra solo con tijera. Si la recaudación se desploma, el equilibrio prometido se vuelve cada vez más frágil. El propio análisis de IARAF advierte que la porción de la recaudación que queda en manos del Gobierno nacional cayó cerca del 7,8 por ciento real interanual en enero, y la que va a provincias y CABA alrededor del 6,6 por ciento. Es decir, pierden todos.
La complejidad del escenario obliga a reconocer matices. No toda la caída responde a una sola medida ni a un solo impuesto. Influyen la desaceleración global, la dinámica inflacionaria y decisiones heredadas. Pero sería ingenuo no ver la responsabilidad central del actual rumbo económico. El modelo Milei apuesta a que el mercado reaccione rápido a los incentivos fiscales. Mientras tanto, el Estado se queda sin combustible y la economía real sin oxígeno.
Enero dejó una advertencia clara. La recaudación no es una variable abstracta: es el reflejo de la actividad, del empleo y del consumo. Cuando cae por sexto mes consecutivo, no hay relato que alcance. El ajuste puede achicar partidas, pero si también achica la economía, el resultado es un Estado más débil y una sociedad más tensa. El desafío es evidente y el tiempo corre. Persistir en este camino implica asumir que el costo fiscal y social seguirá creciendo, aunque se lo intente disimular con porcentajes nominales y discursos de ocasión.
Fuentes:
https://www.pagina12.com.ar/2026/02/03/la-recaudacion-cayo-76-en-enero/
https://www.clarin.com/economia/cayo-recaudacion-tributaria-enero-baja-retenciones-impuestos_0_d3II7midZz.html























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