El último balance de Tarjeta Naranja confirma lo que miles de hogares vienen sintiendo en carne propia: la deuda dejó de ser una herramienta financiera y se transformó en una carga imposible de sostener. La compañía reportó pérdidas netas por $32.118 millones entre julio y septiembre, un derrumbe impulsado por el crecimiento explosivo de la incobrabilidad. Las tasas reales exorbitantes y la caída del poder adquisitivo explican un fenómeno que ya golpea al sistema financiero y que anticipa un escenario social de extrema vulnerabilidad.
El impacto del deterioro económico sobre las familias argentinas dejó de ser un debate abstracto y se traduce hoy en números alarmantes en los balances del sistema financiero. Tarjeta Naranja, una de las principales compañías de crédito al consumo del país, presentó un balance trimestral que encendió todas las alertas: perdió $32.118 millones entre julio y septiembre, una cifra que revela hasta qué punto la morosidad de los hogares se convirtió en un problema estructural. La empresa no enfrenta una caída de ingresos ni un aumento extraordinario en sus gastos operativos. El origen del derrumbe es otro y está claramente identificado. Tal como subraya el economista Hernán Letcher, los cargos por incobrabilidad crecieron un 383% interanual en términos reales y más del 40% en relación con el trimestre anterior. Esa dinámica aparece con crudeza en la línea del estado de resultados que muestra cómo los montos destinados a cubrir deudas que dejaron de pagarse se dispararon de $169.624 millones al 30 de septiembre de 2024 a $525.142 millones en el mismo período de 2025. El salto es tan violento que borra de un plumazo cualquier ganancia que la compañía pudiera haber obtenido por servicios o financiamiento.
Los ingresos siguen siendo elevados. En el trimestre, Tarjeta Naranja declaró $157.239 millones por servicios y más de $318.923 millones por financiamiento. Pero ese flujo no alcanza para absorber una incobrabilidad que se convirtió en el principal factor de pérdida. A esto se suma que los gastos operativos, desde personal hasta depreciaciones, muestran variaciones moderadas que no explican en ningún caso un resultado tan negativo. El problema no está dentro de la empresa: está en la capacidad real de pago de sus clientes.
La explicación es sencilla y brutal. Según datos del Banco Central, la tasa nominal anual de los préstamos personales se ubicaba al 10 de noviembre en el 82%, lo que implica un crecimiento mensual cercano al 7%. En un escenario de inflación del 2,3% en octubre y salarios privados registrados que en septiembre apenas aumentaron 1,4%, la relación entre ingresos y deuda se vuelve directamente insostenible. Las familias deben afrontar obligaciones que crecen tres veces más rápido que los precios y cinco veces más rápido que sus salarios. No existe presupuesto doméstico capaz de compensar semejante diferencia sin caer en mora o en refinanciaciones que solo patean el problema hacia adelante.
El balance de Tarjeta Naranja no es un caso aislado ni un accidente financiero. Es un síntoma contundente de la fragilidad económica que atraviesa a millones de hogares. La tarjeta de crédito, históricamente usada como un puente entre el salario y los consumos del mes, se transformó en un laberinto del que cada vez es más difícil salir. La refinanciación a tasas desorbitantes acumula intereses que se agrandan mes a mes y la imposibilidad de pagar la deuda total hace que los saldos impagos crezcan como una bola de nieve que erosiona cualquier posibilidad de recomposición económica. Letcher lo resume con precisión al señalar que, con estos niveles de tasa real y salarios que se mantienen por debajo de la inflación, cuesta imaginar un escenario en el que las familias no terminen atrapadas en un endeudamiento que escala al 7% mensual. Ese crecimiento es, al mismo tiempo, una sentencia: cada mes que pasa, la deuda se vuelve más impagable y el margen de recuperación se estrecha.
El resultado contable de Tarjeta Naranja funciona como una radiografía cruda de esa realidad. No se trata de una mala decisión empresaria ni de un contexto desafiante aislado. Es la expresión directa de una economía en la que la capacidad de pago de la población se desmorona. Los hogares se endeudan para llegar a fin de mes, pero las tasas les impiden siquiera sostener el mínimo. El consumo financiado deja de ser un mecanismo de inclusión para convertirse en un acelerador de exclusión, y el sistema financiero comienza a absorber las primeras ondas de choque.
La preocupación se instala porque, si la tendencia no se revierte, la economía argentina podría enfrentar un proceso más profundo de contracción del crédito, mayores restricciones para acceder a financiamiento, un endurecimiento en los criterios de otorgamiento y un deterioro aún mayor del mercado interno. Las pérdidas que hoy asume Tarjeta Naranja son el primer aviso de un escenario que puede extenderse al resto de las entidades si los ingresos de las familias continúan perdiendo la carrera contra los precios y las tasas.
El balance deja a la vista un mensaje que ninguna estadística oficial puede suavizar: las deudas están creciendo más rápido que la economía y mucho más rápido que la vida de las personas. Cuando una compañía financiera de esta magnitud reconoce un agujero de $32.000 millones en tres meses, lo que se está viendo no es un problema financiero, sino la consecuencia directa de un modelo económico que carga el ajuste sobre los hogares que menos margen tienen. Las familias están cayendo en una espiral que no generaron y que, bajo las condiciones actuales, no tienen forma de frenar.





















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