El economista Alfredo Serrano Mancilla cuestionó el mito de la “estabilidad” pregonada por el Gobierno y recordó que los precios en Argentina treparon al Everest en los primeros meses de Milei para luego seguir escalando desde un piso ya inalcanzable para la mayoría.
Con datos oficiales del INDEC y un cuadro demoledor que expone aumentos de hasta 342% en productos esenciales, Serrano Mancilla advirtió que la supuesta calma inflacionaria del mileísmo oculta un deterioro brutal del poder adquisitivo. “Argentina es hoy uno de los países más caros del mundo, con salarios muy, muy, muy bajos”, sentenció. Incluso comparó: Cristina Fernández necesitó 71 meses y medio para acumular el mismo nivel de inflación que Milei consiguió en apenas 23.
El debate sobre la inflación en Argentina volvió a encenderse con fuerza tras el análisis publicado por el economista Alfredo Serrano Mancilla, director de CELAG, quien cuestionó de manera frontal el relato gubernamental de la “estabilidad de precios” supuestamente lograda durante los 23 meses de Javier Milei al frente del Ejecutivo. Su planteo es simple pero incómodo: ¿cómo puede hablarse de estabilidad cuando la inflación acumulada es del 241%?
Serrano Mancilla abordó el tema sin rodeos. Señaló que muchos defensores del gobierno se aferran a la idea de que la inflación “ahora es bajita”, pero omiten un detalle decisivo: “en sus primeros meses Milei subió los precios al Everest, y desde esa cima altísima han seguido subiendo de a poquito”. La postal es clara: se quemó el pasto entero de un fogonazo y luego se celebra que ya no haya llamas.
El economista propone un ejercicio básico que cualquier persona puede verificar sin tecnicismos ni porcentajes sofisticados: comparar los precios de los mismos productos en la misma tienda dos años atrás y ahora. Para reforzar esa idea, difunde un cuadro oficial con datos del INDEC que muestra aumentos escalofriantes. La sal fina de 500 gramos trepó un 342%. El pan de mesa un 316%. El aceite de girasol de 1,5 litros un 294%. El jabón en pan un 288%. El zapallo anco un 255%. La leche entera en sachet un 248%. La lavandina un 240%. La carne picada común un 212%. Los huevos un 190%. Y la harina de trigo 000 un 183%.
No se trata de productos de lujo ni de bienes excepcionales. Son artículos básicos, cotidianos, parte elemental del consumo de cualquier hogar. Los que más golpean cuando se encarecen. Los que derrumban la idea de estabilidad. ¿Cómo se sostiene, entonces, el relato oficial? Para Serrano Mancilla, solo mediante una combinación de marketing político y memoria selectiva.
“El que se marea con los datos puede hacer algo todavía más sencillo: recordar cuánto costaban las cosas hace dos años y cuánto cuestan ahora”, apunta. Y no lo dice como una exageración: señala que Argentina es hoy uno de los países más caros del mundo, pero con salarios “muy, muy, muy bajos”. Esa brecha, que se ensancha día tras día, constituye el verdadero drama económico de la gestión Milei.
El flyer publicado por CELAG es contundente. Bajo la imagen rígida y tensada del Presidente, aparece el número que el Gobierno preferiría no ver estampado en ninguna pared: 241% de inflación acumulada en 23 meses. No hay maquillaje posible: el dato es oficial. No está tomado de consultoras privadas ni de estimaciones alternativas. Surge del propio INDEC.
En paralelo, Serrano Mancilla introduce una comparación histórica que tiene el objetivo de poner en perspectiva el fenómeno. Explica que, de acuerdo con las mediciones externas difundidas por The Economist, Cristina Fernández de Kirchner tardó 71 meses y medio —casi seis años de gobierno— en acumular la misma inflación que Milei logró en poco menos de dos. No es un elogio a la gestión anterior ni un intento de embellecer el pasado. Es, simplemente, un contraste que acentúa el carácter extremo del presente.
La pregunta que surge es evidente: ¿cómo se sostiene entonces el discurso de la estabilidad? La respuesta, sugiere el economista, radica en la trampa narrativa. El mileísmo celebra los meses recientes de inflación baja como si fueran una conquista heroica, pero dejan fuera del encuadre el estallido inicial, cuando los precios volaron de manera abrupta. Es como si un escalador se jactara de no subir demasiado rápido un tramo final, omitiendo que empezó la expedición moviéndose a una velocidad suicida.
El análisis de Serrano Mancilla interpela directamente al relato gubernamental y también a quienes —por convicción, conveniencia o simple repetición— abrazan la idea de que el problema “ya está resuelto”. La foto que muestra el INDEC está lejos de esa celebración. Y todavía más lejos de las expectativas ciudadanas.
Los precios, insiste Serrano, no están quietos: están quietos respecto de sí mismos después de haber trepado a un nivel estratosférico. Están estabilizados, sí, pero estabilizados en la cima del Everest inflacionario que el propio Milei creó al inicio de su mandato. La estabilidad, en ese sentido, es solo una ancla para garantizar que la caída del poder adquisitivo no se revierta.
La advertencia final del economista introduce un elemento político de fondo: “Argentina es de los países más caros del mundo, pero con salarios muy bajos”. Ese desequilibrio, lejos de corregirse, se profundizó. Y esa realidad cotidiana, palpable en las góndolas, en el supermercado del barrio y en la mesa de cada familia, es la que hace que el discurso oficial sobre la estabilidad se vuelva cada vez menos creíble.
El cuadro de precios de CELAG lo muestra con crudeza. No son teorías, no son proyecciones, no son debates imaginarios. Es la vida real. Es la inflación que golpea. Es el número 241% que pesa más que cualquier eslogan. Y es, también, un recordatorio incómodo de que la economía no se ordena con frases virales, sino con políticas que no destruyan el bolsillo mientras prometen un futuro que nunca llega.





















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