Con más poder para Adorni y Santilli pintado al óleo, Milei aumenta un esquema cerrado y autoritario

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El presidente firmó el Decreto 793/2025, que reconfigura la Ley de Ministerios y otorga más poder a la Jefatura de Gabinete bajo el mando de Manuel Adorni, figura de confianza de Karina Milei. La medida despoja de competencias al Ministerio del Interior y consolida un esquema de gobierno cada vez más cerrado y autoritario.

En una jugada que combina cálculo político y concentración institucional, Javier Milei firmó el Decreto 793/2025 y nombró a su vocero, Manuel Adorni, como nuevo jefe de Gabinete. La reestructuración elimina la Secretaría de Comunicación y reduce al mínimo el poder del Ministerio del Interior, ahora encabezado por Diego Santilli. Analistas advierten sobre el avance de un hiperpresidencialismo que erosiona los contrapesos democráticos y refuerza el control del núcleo más duro del mileísmo.

El Decreto 793/2025 marca un nuevo punto de inflexión en la arquitectura institucional del gobierno de Javier Milei. Bajo el argumento de “optimizar la gestión”, el presidente eliminó la Secretaría de Comunicación y Medios, transfiriendo sus atribuciones a la Jefatura de Gabinete. Lo que en apariencia podría leerse como una simple reorganización administrativa encubre, en realidad, una ofensiva directa contra la transparencia y la pluralidad informativa del Estado.

Desde ahora, todas las comunicaciones oficiales y políticas de difusión pública dependerán exclusivamente de la Jefatura, que queda bajo control del flamante jefe de Gabinete, Manuel Adorni. Su nombramiento no es menor: se trata de uno de los hombres más cercanos a Milei y, sobre todo, de confianza directa de su hermana Karina. El movimiento consagra así la consolidación del círculo íntimo en el poder, blindando la toma de decisiones y reduciendo aún más la posibilidad de voces disidentes dentro del Ejecutivo.

El decreto también redefine el mapa del poder ministerial. El Ministerio del Interior, históricamente responsable de articular la relación con las provincias y de gestionar políticas sensibles como turismo, deportes y medioambiente, fue despojado de todas esas áreas, que ahora dependerán directamente de la Jefatura de Gabinete. De esa manera, Diego Santilli, su reciente titular y exdirigente del PRO, se convierte en un ministro sin poder real. Apenas desembarcado en el gabinete, Santilli queda confinado a funciones protocolarias y administrativas, sin margen político para influir en la toma de decisiones de fondo.

La jugada expone el mensaje político del gobierno: ningún actor externo al núcleo duro del mileísmo tendrá poder efectivo. Lo que Milei ofrece en apariencia como “amplitud” o “diálogo político” se traduce en designaciones vacías, subordinadas a un sistema de control vertical y cerrado. El macrismo, que buscaba algún grado de incidencia en la estructura nacional, termina absorbido por un esquema donde la fidelidad personal se impone sobre la experiencia o la gestión.

El caso del Ministerio de Seguridad resulta también alarmante. A partir de este decreto, esa cartera pasa a controlar la política migratoria y los registros de personas, otorgándole un poder inédito sobre los datos personales y el movimiento poblacional. En manos de un ministerio caracterizado por la represión y la lógica del control social, esta modificación despierta fuertes advertencias sobre el riesgo de vulneración de derechos humanos y el uso político de la información ciudadana.

El trasfondo institucional no deja lugar a dudas: Milei elude sistemáticamente el debate legislativo. Al imponer cambios de semejante magnitud mediante un decreto de necesidad y urgencia, el presidente margina al Congreso y vacía de contenido a la Comisión Bicameral Permanente, reducida a un papel formal sin capacidad de revertir las decisiones del Ejecutivo. La separación de poderes, piedra angular de cualquier república, queda así subordinada al mandato personal del presidente y su entorno.

La designación de Manuel Adorni como jefe de Gabinete agrega una capa simbólica al movimiento. Desde su rol como vocero, Adorni construyó una figura mediática centrada en la defensa acrítica de Milei y la demonización de toda oposición. Su ascenso al máximo cargo de coordinación ministerial no solo le otorga poder político y administrativo, sino que institucionaliza la comunicación vertical como herramienta de gobierno. Adorni se convierte, en los hechos, en el ejecutor del blindaje discursivo y operativo del régimen mileísta.

En paralelo, Karina Milei consolida su influencia como garante de lealtades dentro del Ejecutivo. La cercanía entre ambos no es un secreto: Adorni fue siempre su portavoz informal, el encargado de transmitir los mensajes y de sostener la narrativa oficial. Ahora, con la Jefatura de Gabinete en sus manos, la hermana del presidente amplía su dominio sobre las áreas estratégicas del Estado, borrando los límites entre la conducción política y la estructura administrativa.

El impacto político de esta maniobra se siente incluso dentro del propio oficialismo. Los sectores libertarios más moderados observan con preocupación la tendencia al aislamiento y al control absoluto del poder por parte de un grupo cada vez más pequeño. La falta de diálogo con el Congreso, la concentración de decisiones en la figura presidencial y el vaciamiento de ministerios clave son síntomas de un modelo de gobierno que avanza sobre los márgenes democráticos en nombre de la eficiencia.

El decreto, lejos de fortalecer al Estado, lo transforma en una herramienta de mando personal. La estructura se achica, pero el poder se concentra. Las decisiones se simplifican, pero los controles se disuelven. En nombre de la austeridad y la eficiencia, Milei construye una arquitectura autoritaria donde los resortes de la república quedan subordinados a un liderazgo unipersonal. La pregunta que comienza a resonar, dentro y fuera del gobierno, es hasta qué punto esta deriva puede sostenerse sin fracturar el sistema institucional argentino.

La publicación del Decreto 793/2025 no solo redefine ministerios: redefine el poder. En el tablero político de Milei, la lealtad se premia, la autonomía se castiga y la deliberación se considera una pérdida de tiempo. Adorni, Karina y el propio presidente conforman un triángulo de control que no deja espacio para la disidencia ni para el equilibrio de fuerzas. Lo que se juega en este movimiento no es una cuestión administrativa, sino el futuro de la democracia argentina.

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