Sturzenegger avaló que el empleador decida las vacaciones y pague menos si el trabajador se enferma

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El ministro de Desregulación del gobierno de Milei explicitó en radio los pilares de la reforma laboral: menos descanso, menos salario y más poder para el empleador

La reforma laboral impulsada por el gobierno de Javier Milei dejó de ser un conjunto abstracto de artículos técnicos para convertirse en una definición política explícita cuando Federico Sturzenegger, ministro de Desregulación y Transformación del Estado, decidió explicarla sin eufemismos en una entrevista radial con Eduardo Feinmann en Radio Mitre. No habló como analista ni como opinador: habló como funcionario central del Poder Ejecutivo, responsable directo de diseñar e impulsar los cambios que afectan de lleno a millones de trabajadores en la Argentina.

Desde ese lugar de poder institucional, Sturzenegger desplegó una serie de argumentos que revelan con crudeza el corazón ideológico de la reforma laboral. Uno de los ejes más contundentes fue el ataque directo al régimen de vacaciones pagas. “La gente no quiere tomarse las vacaciones en bloque como cuando éramos chicos”, afirmó, utilizando una generalización sin respaldo para justificar una modificación estructural del derecho al descanso. Según su explicación, las vacaciones dejarían de ser un período continuo garantizado y pasarían a fragmentarse en semanas sueltas, cuya asignación quedaría en manos del empleador.

El cambio no es menor. Ya no se discute solamente cuántos días corresponden, sino quién tiene el control efectivo sobre el tiempo de descanso. En la lógica que expone el ministro, el trabajador pierde autonomía y el empleador gana discrecionalidad. El descanso deja de ser un derecho protegido por la ley y se transforma en una concesión administrada desde arriba, subordinada a las necesidades de la empresa.

Sturzenegger fue todavía más lejos y cuestionó directamente la idea misma de las “vacaciones largas”. Según sostuvo, no serían necesarias y con “una semana cada tanto” debería alcanzar. La frase condensa una concepción profundamente regresiva del trabajo: el descanso aparece como un exceso, como un privilegio prescindible, como un hábito del pasado que debe ser corregido. En esta mirada, la recuperación física y mental del trabajador deja de ser parte del salario indirecto y pasa a ser una variable de ajuste.

El segundo núcleo de la reforma quedó expuesto cuando el ministro abordó el régimen de licencias por enfermedad. Allí explicó que, con los cambios propuestos, un trabajador que se enferma pasará a cobrar solo el 75% o incluso el 50% de su salario. La enfermedad, en esta concepción, deja de ser una contingencia social protegida por el derecho laboral y se convierte en una responsabilidad individual que debe pagarse con pérdida directa de ingresos.

La definición más brutal llegó cuando ejemplificó el criterio que sustenta este recorte: “A partir de ahora, si te lastimaste jugando al fútbol, tu jefe te puede pagar solo el 50%, porque tu empleador no tiene nada que ver”. En esa frase se condensa toda una filosofía: el trabajador es responsable absoluto de su fuerza de trabajo incluso fuera del horario laboral, y cualquier deterioro físico —aunque sea cotidiano, inevitable o producto de una vida normal— habilita una sanción económica. El empleador queda completamente desligado de la reproducción de la fuerza laboral que utiliza todos los días para generar ganancias.

Lejos de tratarse de declaraciones aisladas o de un exceso retórico, los dichos de Sturzenegger revelan con precisión el contenido real de la reforma laboral que impulsa desde su ministerio: ajuste salarial indirecto, disciplinamiento social y transferencia total del riesgo al trabajador. Vacaciones fragmentadas, salarios recortados por enfermedad y una relación laboral cada vez más asimétrica configuran un modelo donde el trabajador vuelve a ser un sujeto subordinado, sin control sobre su tiempo, su salud ni su descanso.

El discurso oficial intenta presentar estas medidas como adaptaciones necesarias a los “nuevos tiempos”, pero las propias palabras del ministro desmienten esa narrativa. No hay modernización en pagar menos cuando alguien se enferma ni en quitarle al trabajador la potestad sobre sus vacaciones. Hay, en cambio, una restauración explícita de relaciones laborales propias del siglo XIX, cuando el salario dependía del estado físico diario y el descanso era una prerrogativa del patrón.

Cuando un ministro puede afirmar sin rodeos que enfermarse implica cobrar la mitad y que las vacaciones largas son un anacronismo, no estamos ante un problema de comunicación ni ante un malentendido. Estamos ante una definición política consciente. La reforma laboral no busca mejorar el empleo ni ampliar derechos: busca abaratar el trabajo, disciplinarlo y volverlo dócil. Y lo hace, esta vez, diciendo en voz alta lo que durante años se intentó disimular.

 

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