Rattazzi cruzó un límite: Valdés denuncia declaraciones “racistas y supremacistas” del empresario automotriz

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El diputado nacional calificó de “barbaridad” los dichos del expresidente de Fiat sobre los habitantes del conurbano bonaerense y lo acusó de despreciar a los trabajadores que hicieron posible su riqueza.

El legislador cuestionó la “ingratitud” de un empresario que llegó al país como inmigrante tras la Segunda Guerra Mundial y lo instó a escuchar al Papa Francisco sobre la dignidad del trabajo.

El diputado nacional Eduardo Valdés no dejó pasar los recientes dichos del empresario Cristiano Rattazzi, quien afirmó que “la gente que vive en el cordón del Gran Buenos Aires, que toda la vida les enseñaron que su vida era narcotráfico o robar o un plan, ahora van a tener la posibilidad de trabajar”. Para Valdés, la frase no es solo desafortunada: es directamente “ingrata”, “racista” y propia de un “supremacista” que desconoce la realidad social del país que lo recibió hace décadas.

La reacción del diputado expone algo más profundo que un cruce aislado. Muestra hasta qué punto ciertos sectores empresariales reproducen estigmas clasistas y criminalizantes para referirse a millones de argentinos y argentinas que viven en el conurbano, una región históricamente golpeada por políticas económicas que concentran riqueza en los mismos grupos que luego responsabilizan a las víctimas de la desigualdad.

Valdés fue contundente: para poder pronunciar semejante descalificación hay que olvidar –o elegir olvidar– quiénes hicieron posible su fortuna. “Usted pudo ser rico porque hubo obreros que le fabricaron los autos que usted comercializa”, le recordó, poniendo en palabras un sentido común que la narrativa empresarial suele invisibilizar: ninguna fortuna se construye sin trabajo ajeno.

El diputado también subrayó un punto histórico que muchos pasan por alto. Rattazzi no llegó a un país hostil ni empobrecido. Al contrario, Argentina recibió a su familia en 1948, cuando Europa todavía se recuperaba de los horrores de la Segunda Guerra Mundial. Ese detalle, que él mismo menciona cada tanto, revela otra dimensión de la discusión: la de la ingratitud hacia un país que brindó oportunidades, seguridad y prosperidad. “Mal no lo deben haber tratado, porque decidió quedarse en el país”, ironizó Valdés.

Su respuesta apunta además a una contradicción recurrente en el discurso del empresario: hablar de “110 años” sin crecimiento, como si el país en el que decidió hacer fortuna fuera un desierto improductivo que lo toleró por caridad. Ese relato, que se volvió un mantra en los sectores más duros del establishment económico, ignora deliberadamente los ciclos expansivos, la industria nacional, el rol obrero y el aporte de las generaciones que hicieron posible que empresas como Fiat pudieran desarrollarse localmente.

Para Valdés, lo que dijo Rattazzi no es un exabrupto suelto: es una expresión de desprecio social. Una forma de ver a los pobres como delincuentes potenciales y no como sujetos con derechos. Y, sobre todo, una muestra de desconocimiento absoluto sobre lo que implica el trabajo en términos de dignidad y comunidad.

Por eso, el diputado cerró su mensaje citando a quien considera un ejemplo mucho más inspirador para cualquier argentino de origen italiano: el Papa Francisco. “El trabajo es con Derechos o es esclavitud”, recordó Valdés, retomando una de las frases más potentes del pontífice. Y agregó la cita completa: “El trabajo no debería ser sólo una fuente de ingresos, sino una forma de construir dignidad, comunidad y sentido. Cuando no hay derechos laborales, el trabajo se convierte en una forma de esclavitud”.

La respuesta de Valdés no solo impugna el contenido discriminatorio de las palabras de Rattazzi, sino que obliga a revisar el modo en que se discute el trabajo en la Argentina. ¿Es un privilegio que se concede desde arriba? ¿O es un derecho que debe garantizar igualdad, estabilidad y dignidad?

El contraste es evidente: mientras algunos empresarios hablan de “enseñar a trabajar” a los habitantes del conurbano como si se tratara de una masa sin historia, sin cultura y sin derechos, Francisco plantea que el trabajo no puede existir sin protección laboral. Y que, sin esa base, lo que surge es explotación, precariedad y violencia social.

La intervención de Valdés vuelve a poner el foco donde corresponde: en el respeto, la memoria histórica y la dignidad de los trabajadores. Y, de paso, deja al descubierto un viejo problema argentino: ciertos sectores que crecieron gracias al país, pero que hoy lo miran con desprecio.


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