Paoltroni, la Ferrari y la mesa de los argentinos

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Hay frases que dicen más de lo que parecen. Y cuando un senador compara el lomo con una Ferrari, no está hablando solo de precios. Está hablando de cómo ve el país.

Los datos son claros. Paoltroni no viene de la política tradicional. Viene del negocio agropecuario. De la nada! En el 2010 arma su empresa principal. Entre 2017 y 2024 su rodeo pasa de 141 a 3.390 cabezas. Es un crecimiento fuerte, muy fuerte. Y su patrimonio declarado ronda los 1.400 millones de pesos, concentrado en sus empresas.

Hasta ahí, los números. Un empresario que crece en su rubro. Nada ilegal probado con lo que hay público. Pero la política no se juega solo en balances. Se juega en ideas.

Y ahí aparece la frase:

“El lomo va a ser para pocos… como una Ferrari.”

Traducido al castellano de a pie: la carne buena no es para todos. Es para el que la pueda pagar.

Ahora bien, el problema no es que existan cosas caras. El problema es cuando empezamos a creer que lo que siempre fue parte de la mesa común se transforma en lujo importado.

Jauretche decía que el problema argentino no era solo económico, era mental. Las zonceras que nos meten en la cabeza. Y una zoncera muy peligrosa es convencernos de que lo normal es que lo nuestro sea inaccesible para nosotros.

Porque la Ferrari nunca fue argentina. Pero el asado sí.

Entonces, cuando alguien naturaliza que el lomo sea cosa de pocos, lo que está haciendo —quizás sin decirlo así— es instalar una idea: que el mercado manda más que la cultura, que el precio internacional manda más que la mesa familiar.

Eso no es solo economía. Es una forma de ver el país.

Hay dos miradas posibles:

Una dice: si vale caro en el mundo, vale caro acá. El que puede, come. El que no, mira.

La otra dice: si producimos carne en Argentina, el pueblo argentino no puede quedar afuera de su propio producto.
Ahí está el debate de fondo.

No es una discusión técnica. Es una discusión de modelo.

Porque cuando se empieza a aceptar que el lomo es Ferrari, el siguiente paso es aceptar que cada vez más cosas básicas se vuelvan privilegio.

Y ojo: nadie está diciendo que un productor no pueda ganar plata. Lo que se discute es si la lógica exportadora puede imponerse sin límites sobre el consumo interno.

En el fondo, el fenómeno Paoltroni refleja algo más grande: un sector del empresariado que dio el salto a la política y que no oculta su mirada de mercado duro. Es coherente con lo que piensa. No disimula.

La pregunta es si esa coherencia representa al país real.

Porque una cosa es exportar carne al mundo.

Y otra muy distinta es resignarse a que el argentino mire el lomo como si estuviera mirando una vidriera de un Ferrari.

En definitiva, no estamos discutiendo una metáfora.

Estamos discutiendo quién define qué es normal o no, en la Argentina.

Y eso, como diría Jauretche, no es cuestión de números.

Es cuestión de cabeza… y de a quién le compramos el relato.

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