Mientras Donald Trump se jacta de bajar el precio de la carne en Estados Unidos, los productores rurales —su histórico bastión político— lo acusan de “traidor” por abrir las puertas a la carne argentina. Detrás del acuerdo se esconde un nuevo capítulo de subordinación económica entre Washington y el gobierno de Javier Milei, sostenido por un swap financiero de US$ 20.000 millones.
Los ganaderos norteamericanos sienten que Trump los vendió. El anuncio de cuadruplicar el cupo de importación de carne argentina desató la ira de un sector que durante años fue fiel al lema “America First”. La BBC revela la magnitud de la indignación: mientras el magnate promete abaratar la carne, los rancheros lo acusan de favorecer a un competidor extranjero y de hipotecar el trabajo local. Detrás del acuerdo comercial, asoma la estrategia política y financiera que une a Trump con Milei: una alianza ideológica que habla el idioma del capital, no del campo.
Cuando Christian Lovell volvió al rancho familiar en Illinois creyó que el futuro de la ganadería seguía seguro bajo los gobiernos republicanos. “Es una pasión, un estilo de vida”, le confesó a la BBC. Pero esa fe se resquebrajó el día en que Donald Trump anunció, a bordo del avión presidencial, que compraría carne a la Argentina para reducir los precios internos. Para Lovell —y para miles de rancheros que depositaron su voto y su confianza en el magnate neoyorquino— el mensaje fue demoledor: “Es una traición”. La frase recorrió los foros rurales y las emisoras del medio oeste como un disparo. En el país del “Buy American”, la promesa de abrir las puertas a la carne argentina fue percibida como un acto de rendición ante la globalización que Trump decía combatir.
El plan filtrado por la Casa Blanca contempla cuadruplicar el cupo arancelario de 20.000 a 80.000 toneladas métricas, una cifra que podría parecer insignificante en términos globales —la carne argentina apenas representa el 2,1% de las importaciones estadounidenses—, pero que tiene un enorme peso simbólico. No se trata solo de toneladas, sino de identidades: del rancho, del orgullo productivo, de la idea de una nación que se alimenta a sí misma.
Los ganaderos no esperaban esto de su caudillo. “Sentimos que nos ha vendido a un competidor extranjero”, lamentó Lovell. En los estados del cinturón rural —Nebraska, Kansas, Texas, Montana— la frase se repite como un mantra de desilusión. La base electoral que ayudó a llevar a Trump a la Casa Blanca ahora percibe que el discurso nacionalista se esfuma frente a los intereses del mercado global. Bill Bullard, presidente de la organización R-CALF, fue categórico: “Es una contradicción. La consigna era ‘Estados Unidos Primero’, pero ahora se beneficia a productores extranjeros”. La indignación fue tan grande que la Casa Blanca se vio obligada a anunciar un paquete de subsidios y apoyo financiero al sector para calmar la furia del campo. Pero el daño político ya estaba hecho: Trump rompió el pacto moral con los productores que creían en su proteccionismo.
La controversia no puede separarse del otro frente caliente de la relación Trump-Milei: el rescate financiero de US$ 20.000 millones que Washington otorgó a Buenos Aires a través de un “swap” de monedas. Para los críticos estadounidenses, ese dinero debería haber ido al campo local, no al auxilio de un gobierno extranjero. La maniobra huele a reciprocidad política. Mientras Milei proclama que su “hermano Donald” lo salvará del colapso financiero, Trump se presenta como el artífice de un acuerdo que le garantiza carne barata para el consumidor estadounidense y apoyo ideológico desde el sur. Pero, como señala la BBC, ni siquiera los economistas ven un impacto real en los precios. David Anderson, especialista de la Universidad Texas A&M, recuerda que el ingreso de carne argentina es marginal: “No es probable que tenga un efecto significativo. El mercado debería autorregularse con la oferta y la demanda”. En otras palabras: Trump vende una ilusión populista de precios bajos mientras sacrifica a sus propios productores.
Para los ganaderos norteamericanos, el verdadero enemigo no está en la pampa argentina, sino en las cuatro megacorporaciones que controlan el 80% del procesamiento de carne en Estados Unidos. Lovell lo explica sin vueltas: “Los rancheros no controlamos el precio; lo hacen las empacadoras”. Esas firmas —Tyson Foods, JBS, Cargill y National Beef— dominan el mercado, fijan los valores y obtienen márgenes siderales. Paradójicamente, JBS es brasileña, lo que refuerza el argumento de que la política de importaciones no hace más que beneficiar a conglomerados extranjeros en detrimento del productor local. Al abrir la puerta a la carne argentina, Trump profundiza esa dependencia corporativa y destruye la narrativa de soberanía productiva que alguna vez prometió. El slogan “Make America Great Again” se transforma en “Make Beef Cheap Again”, a costa del trabajo rural.
El contexto tampoco ayuda. Estados Unidos tiene hoy el menor número de cabezas de ganado en 74 años. Tras años de sequía y bajos precios, muchos rancheros redujeron sus rodeos y cerraron explotaciones familiares. Mientras tanto, la demanda interna se mantuvo firme y los precios en góndola subieron. Para un presidente en campaña, nada más tentador que prometer un alivio en el supermercado. Pero el remedio puede ser peor que la enfermedad. Si el consumidor paga unos centavos menos, el productor pierde dólares enteros. La BBC subraya que los límites a la carne mexicana por plagas y los aranceles a la brasileña contribuyeron a la escasez. En lugar de fortalecer la producción nacional, Trump elige compensar esa falta con importaciones argentinas, una solución de corto plazo que amenaza la autosuficiencia alimentaria estadounidense.
Los economistas más ortodoxos citados por el medio británico intentan bajar el tono. Arlan Suderman, de la consultora StoneX, asegura que “Argentina no es una gran amenaza”. Pero el debate trasciende lo económico: es ideológico. Trump y Milei comparten la retórica del libre mercado, pero en la práctica ambos utilizan el Estado como herramienta para favorecer intereses concentrados. El primero, subsidiando a las empacadoras y manipulando cupos comerciales; el segundo, entregando recursos naturales y divisas a corporaciones extranjeras bajo la bandera del “ajuste”. El acuerdo de la carne no es una simple transacción: es el reflejo de un nuevo orden de sumisión comercial, donde Argentina actúa como proveedor dócil y Estados Unidos como consumidor dominante. Detrás de cada tonelada de carne que cruce el Atlántico, se exporta también una cuota de soberanía.
Para Trump, el riesgo es doble: perder apoyo rural y ser acusado de incoherencia ideológica. Para Milei, la ganancia es simbólica: exhibir la aprobación de su referente global en el momento en que su economía se derrumba. Ambos líderes necesitan mostrarse exitosos. Uno, ante el votante estadounidense que sufre la inflación alimentaria; el otro, ante los mercados que dudan de su credibilidad. Pero la realidad económica desmiente a los dos: ni bajarán los precios en Estados Unidos, ni Argentina verá un beneficio genuino, pues la carne exportada quedará en manos de los grandes frigoríficos multinacionales. En los ranchos de Texas y Nebraska, el sentimiento es claro. “Trump apoya a un competidor extranjero”, dice Lovell. La frase podría repetirse en las estancias argentinas, donde los productores locales también ven cómo su gobierno privilegia las ganancias de las corporaciones sobre las del campo nacional. Lo que en el norte se percibe como traición es, en el sur, una nueva forma de dependencia.
El conflicto por la carne revela la verdadera naturaleza del trumpismo y del mileísmo: movimientos que se autoproclaman defensores de la libertad económica, pero que terminan subordinados a los intereses del gran capital transnacional. Mientras los rancheros estadounidenses sienten que los vendieron, los argentinos celebran exportaciones que no se traducen en bienestar interno. En ambos casos, el pueblo rural queda en el margen de un negocio decidido en los despachos de Washington y Buenos Aires. En la práctica, la promesa de “carne barata” oculta un acuerdo político que consolida la alianza entre dos gobiernos de derecha unidos por la retórica y el oportunismo. Trump necesita carne; Milei necesita dólares. El resultado es un pacto donde ambos ganan titulares, pero pierden sus pueblos. Como resumió un ganadero de Montana citado por la BBC, “nosotros producimos con las uñas, y ellos negocian con nuestras vacas”. Una frase que vale tanto para el norte como para el sur del continente.
Fuente
BBC: «Es una traición»: la furia de los ganaderos en EE.UU. porque el gobierno de Trump quiere importar más carne argentina: https://www.bbc.com/mundo/articles/c0mx8ydp8zgo






















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