Despidos silenciosos en bancos: Galicia y Naranja X recortan personal

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La combinación de caída del poder adquisitivo, aumento de deudas impagas y digitalización del sistema financiero acelera cierres de sucursales y reducción de personal en dos de las principales entidades del país. Mientras el gobierno de Javier Milei insiste en que la economía “se está ordenando”, los datos del propio sistema financiero cuentan otra historia. Bancos que durante años obtuvieron ganancias extraordinarias ahora reducen personal y reestructuran su funcionamiento frente al aumento de la morosidad y la caída del consumo. En ese escenario, el empleo bancario aparece como la variable de ajuste.

Algo empieza a crujir en el corazón del sistema financiero argentino. No es un estruendo visible ni un colapso inmediato, pero sí un proceso silencioso que avanza con la lógica implacable del ajuste. En los últimos meses, dos jugadores centrales del negocio financiero, Banco Galicia y Naranja X, comenzaron a reducir personal y cerrar sucursales en distintas partes del país. No hay todavía una cifra oficial global que sintetice el fenómeno, pero los datos disponibles permiten delinear una tendencia inquietante: al menos 215 puestos de trabajo desaparecieron en el período reciente, y todo indica que el número real podría ser mayor.

 

El Grupo Financiero Galicia cerró 2025 con 10.079 empleados, lo que implica una reducción de 165 trabajadores respecto del trimestre anterior. La cifra, en apariencia moderada, esconde un movimiento más profundo. Detrás de ese número hay una reorganización interna vinculada a la integración de HSBC Argentina y a un proceso más amplio de ajuste de costos en medio de una caída de resultados. En otras palabras, la banca también aprieta el cinturón, aunque no precisamente por altruismo.

El caso de Naranja X expone otra dimensión del mismo fenómeno. En distintas provincias comenzaron a registrarse cierres de sucursales acompañados por despidos puntuales. Uno de los episodios más visibles ocurrió en Tartagal, en la provincia de Salta, donde el cierre de una oficina dejó a unos 50 trabajadores en la calle. No es el único caso. En otras localidades se reportaron reducciones de personal o cierres de dependencias, aunque muchas de esas decisiones se ejecutaron sin cifras oficiales confirmadas.

El resultado mínimo documentado es claro: Galicia redujo su plantilla en alrededor de 165 trabajadores en el último trimestre reportado y Naranja X registró al menos 50 despidos vinculados al cierre de oficinas. Pero el panorama es más complejo que una simple suma de números. Entre retiros voluntarios, reorganizaciones internas y oficinas que bajan la persiana, el ajuste real puede ser más amplio de lo que muestran los datos públicos.

Para entender por qué ocurre esto hay que mirar el contexto económico más amplio. Y ahí aparece un dato incómodo para el relato oficial del gobierno de Javier Milei. El problema central es el aumento de la morosidad en el sistema financiero. Es decir, cada vez más personas dejan de pagar sus deudas.

Las entidades que viven del crédito al consumo, como bancos y emisoras de tarjetas, están empezando a sentir el impacto. Los atrasos en pagos de tarjetas de crédito aumentaron y también creció el incumplimiento en préstamos personales. La razón es bastante evidente: los ingresos no alcanzan.

En los hogares argentinos la prioridad es sobrevivir. Pagar la comida, la luz o el alquiler se vuelve más urgente que cumplir con la tarjeta. Y cuando la economía empuja a esa lógica, el sistema financiero comienza a tambalear. No porque los bancos estén en riesgo de desaparecer, sino porque deben asumir un costo mayor por las deudas que probablemente no podrán cobrar.

Cuando la morosidad sube, las entidades financieras tienen que provisionar dinero para cubrir incobrables. Esa reserva impacta directamente en sus resultados. En términos simples: los balances empiezan a mostrar números menos brillantes.

El fenómeno golpea con especial intensidad a empresas como Naranja X, cuya cartera de clientes está compuesta en gran medida por sectores de ingresos medios y bajos. Allí es donde la crisis pega primero. Y donde el deterioro del poder adquisitivo se traduce rápidamente en cuentas impagas.

Pero la morosidad no es el único problema. El negocio financiero también enfrenta una presión creciente sobre su rentabilidad. Durante años los bancos argentinos acumularon ganancias extraordinarias apoyadas en intereses de créditos, comisiones y colocaciones financieras. Sin embargo, el escenario actual cambió.

La demanda de crédito se enfrió. Con tasas altas y salarios deteriorados, muchas familias dejaron de financiar consumos. Comprar en cuotas ya no resulta tan accesible como antes. El resultado es una contracción del negocio tradicional de préstamos.

A eso se suma el aumento del riesgo crediticio. Más mora significa más probabilidad de pérdidas. Y como si fuera poco, las estructuras operativas de la banca siguen siendo costosas. Mantener sucursales físicas, personal administrativo y redes de atención implica gastos significativos.

En ese contexto, las empresas empiezan a mirar sus balances con lupa. Y cuando aparece la palabra “reducción de costos”, casi siempre hay una conclusión inevitable: el ajuste recae sobre el empleo.

Así aparecen los retiros voluntarios, las reestructuraciones internas, los cierres de oficinas y las plantillas que se achican trimestre tras trimestre. No es un fenómeno exclusivo de Argentina. El sector financiero atraviesa una transformación global que redefine la relación entre tecnología y trabajo.

La digitalización del sistema financiero es el tercer gran factor que explica este proceso. Cada vez más operaciones se realizan desde el celular. Transferencias, pagos, préstamos, inversiones y tarjetas virtuales se gestionan desde aplicaciones móviles sin necesidad de pisar una sucursal.

La consecuencia es evidente. Las estructuras físicas empiezan a sobrar. Las cajas, los mostradores y buena parte de la atención presencial pierden relevancia frente a la lógica de las plataformas digitales.

Los bancos se transforman lentamente en empresas tecnológicas que manejan dinero. Y en ese nuevo modelo la cantidad de empleados necesarios para operar es mucho menor.

En el caso de Galicia, la reorganización incluye un fuerte impulso a la banca digital, automatización de procesos y la integración de operaciones tras la compra de HSBC Argentina. Cuando dos estructuras se fusionan, inevitablemente aparecen áreas duplicadas. Y esas duplicaciones suelen resolverse con recortes.

Naranja X, por su parte, atraviesa una mutación todavía más profunda. La empresa busca dejar atrás su identidad de tarjetera tradicional para convertirse en una fintech. Ese giro implica menos sucursales físicas y más operaciones desde la aplicación.

En ese camino se reorganizan equipos, se redefinen funciones y se reducen estructuras que ya no encajan en el nuevo modelo de negocio.

La paradoja es tan clara como incómoda. Los bancos siguen siendo actores extremadamente rentables dentro de la economía, pero cada vez necesitan menos trabajadores para funcionar. La tecnología, que promete eficiencia y velocidad, también trae consigo una contracara social que rara vez aparece en los discursos oficiales.

Mientras tanto, el gobierno de Javier Milei insiste en que la economía atraviesa un proceso de ordenamiento. Sin embargo, cuando incluso las entidades financieras empiezan a ajustar personal, la pregunta que flota en el aire es inevitable: ¿quién paga realmente el costo de ese ordenamiento?

Los trabajadores despedidos en Tartagal o los empleados que desaparecen de las planillas de Galicia probablemente tengan una respuesta bastante clara.

Y esto recién empieza. Si la tendencia actual se profundiza, el sistema financiero argentino podría avanzar hacia más cierres de sucursales, más retiros voluntarios y una concentración mayor del negocio en pocas plataformas digitales.

La banca del futuro promete eficiencia, rapidez y operaciones en tiempo real. Pero también deja entrever un escenario donde el empleo tradicional del sector se reduce cada vez más.

En el fondo, la historia es siempre la misma. Cuando la economía se ajusta, los números se acomodan en los balances de las empresas, pero el costo termina cayendo sobre la vida cotidiana de las personas.

Y ahí es donde las estadísticas dejan de ser frías. Porque detrás de cada número hay un trabajador que perdió su puesto en un sistema que, aun en tiempos de crisis, nunca deja de ganar.

 

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