Bruce Springsteen acaba de volver a demostrar que el rock, cuando se lo toma en serio, sigue siendo una herramienta incĂłmoda para el poder. Con Streets of Minneapolis, The Boss irrumpe otra vez en el presente polĂtico de Estados Unidos con una canciĂłn escrita al ritmo de la coyuntura, sin metĂĄforas tranquilizadoras ni distancia estĂŠtica. No es nostalgia, no es pose: es intervenciĂłn cultural directa.
El tema surge como respuesta a operativos violentos de la agencia migratoria ICE en Minneapolis, y desde su letra deja en claro que Springsteen no estĂĄ dispuesto a suavizar el conflicto. Nombra a las vĂctimas, describe la escena urbana, acusa al Estado y seĂąala responsabilidades polĂticas concretas. En tiempos donde gran parte de la mĂşsica popular se refugia en la neutralidad del algoritmo o en la ambigĂźedad calculada, Springsteen elige la vieja tradiciĂłn del rock como relato social, aun sabiendo que eso implica costos.
Hay algo deliberadamente ĂĄspero en la canciĂłn. Musicalmente no busca el hit radial ni el estribillo pegadizo: se apoya en una estructura sobria, casi narrativa, que recuerda mĂĄs al folk elĂŠctrico que al estadio. Esa decisiĂłn no es estĂŠtica sino polĂtica. La canciĂłn no quiere acompaĂąar, quiere incomodar. No pide consenso, exige memoria. En ese punto, Springsteen se corre del lugar cĂłmodo de âleyenda vivaâ para volver a ocupar el sitio del cronista urbano, el que cuenta lo que pasa cuando la ley baja a la calle convertida en fuerza bruta.
La presentaciĂłn en vivo junto a Tom Morello refuerza ese gesto. Morello no es un invitado decorativo: su presencia conecta esta canciĂłn con una genealogĂa explĂcita de mĂşsica insurgente, de guitarras pensadas como herramientas de confrontaciĂłn y no como adornos. El cruce entre ambos funciona como un puente entre generaciones de protesta, recordando que la politizaciĂłn del rock no es una anomalĂa sino parte constitutiva de su historia.
Desde el punto de vista cultural, Streets of Minneapolis llega en un momento clave. Estados Unidos atraviesa una nueva fase de endurecimiento discursivo contra migrantes y minorĂas, mientras buena parte de la industria cultural evita tomar posiciĂłn para no perder mercados. Springsteen hace exactamente lo contrario: asume que su lugar como artista implica una responsabilidad pĂşblica. No habla âen abstractoâ sobre valores universales, sino que se mete en el barro del presente, con nombres propios, geografĂas concretas y un antagonista claramente identificable.
TambiĂŠn hay algo profundamente incĂłmodo para el establishment liberal en esta canciĂłn. Springsteen no denuncia un exceso aislado ni un error administrativo: seĂąala un sistema que habilita y reproduce la violencia estatal. Al hacerlo, rompe con la narrativa de la excepciĂłn y obliga a pensar la represiĂłn como polĂtica, no como desvĂo. Esa es, quizĂĄs, la razĂłn por la que la canciĂłn genera reacciones airadas en sectores oficiales y mediĂĄticos: porque no permite refugiarse en la idea de que âson hechos lamentables pero aisladosâ.

Que un artista de mĂĄs de setenta aĂąos sea hoy una de las voces mĂĄs claras de denuncia dice mucho sobre el estado de la cultura contemporĂĄnea. Mientras nuevas figuras prefieren el silencio rentable, Springsteen insiste en que la mĂşsica popular no naciĂł para decorar playlists sino para contar historias incĂłmodas. No hay aquĂ romanticismo ni ĂŠpica vacĂa: hay una mirada dura sobre un paĂs que vuelve a militarizar sus calles y a criminalizar la pobreza y la migraciĂłn.
En definitiva, Streets of Minneapolis no es solo una canciĂłn nueva de Bruce Springsteen. Es un recordatorio de que la cultura puede intervenir en el debate pĂşblico sin pedir permiso, de que el rock todavĂa puede ser un lenguaje polĂtico eficaz y de que, cuando los derechos retroceden, el silencio artĂstico tambiĂŠn es una forma de complicidad. Springsteen elige no callar, y en ese gesto vuelve a colocar a la mĂşsica en el lugar que nunca debiĂł abandonar: el de una voz que incomoda porque dice exactamente lo que estĂĄ pasando.


















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