Taty: «la única lucha que se pierde es la que se abandona»

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La muerte de Taty Almeida deja un vacío imposible de llenar en el movimiento de derechos humanos argentino, pero también una certeza: su voz seguirá resonando en cada marcha, en cada pañuelo blanco y en cada generación que entienda que la memoria es una construcción colectiva. Su frase más conocida, convertida en un verdadero testamento político y ético, resume una vida entera de resistencia: «La única lucha que se pierde es la que se abandona».

Por Ignacio Álvarez Alcorta para NLI

No fue solamente una Madre de Plaza de Mayo. Taty Almeida se transformó en una referencia moral capaz de atravesar generaciones, gobiernos y coyunturas políticas. La desaparición de su hijo Alejandro, secuestrado por la Triple A el 17 de junio de 1975 cuando tenía apenas 20 años, cambió para siempre el rumbo de una mujer que pasó de la vida cotidiana a convertirse en una de las voces más firmes de la defensa de los derechos humanos.

Durante décadas caminó la Plaza de Mayo con el pañuelo blanco sobre la cabeza, reclamando por los 30.000 desaparecidos y exigiendo Memoria, Verdad y Justicia. Lo hizo sin claudicar incluso cuando el paso del tiempo obligó a reemplazar las largas caminatas por una silla de ruedas. Su presencia seguía siendo la misma: una mezcla de ternura, firmeza y convicción que interpelaba incluso a quienes no compartían sus ideas políticas.

Un mensaje para el futuro

Su última gran aparición pública terminó convirtiéndose, sin que nadie lo imaginara, en un legado para las nuevas generaciones. Al recibir el doctorado honoris causa de la Universidad de Buenos Aires recordó que cada militancia necesita compromiso y que no hay que tener miedo de esa palabra.

Entonces pronunció una frase que ya forma parte del patrimonio democrático argentino: «Acuérdense lo que las Madres hemos dicho y hacemos: la única lucha que se pierde es la que se abandona».

No era una consigna vacía. Era la síntesis de una vida atravesada por el dolor, pero también por la capacidad de transformar una tragedia personal en una construcción colectiva. Allí donde el terrorismo de Estado intentó sembrar miedo y silencio, Taty eligió responder con memoria y organización.

Incluso en sus últimos años insistía en que la responsabilidad debía pasar a los jóvenes. Sabía que las Madres ya eran muy pocas, pero estaba convencida de que la lucha seguiría viva mientras existiera alguien dispuesto a levantar el pañuelo blanco y reclamar justicia.

Un símbolo que trasciende una generación

La historia de Taty también es la historia de una transformación personal. Proveniente de una familia con fuerte tradición militar, reconoció en numerosas oportunidades que desconocía la militancia política de Alejandro hasta después de su desaparición. Fue la búsqueda de su hijo la que la llevó a descubrir otra realidad y a comprometerse para siempre con la defensa de los derechos humanos.

Con el correr de los años recibió innumerables reconocimientos académicos e institucionales, pero nunca dejó de definirse simplemente como una madre buscando a su hijo. Su autoridad no provenía de un cargo sino de una coherencia sostenida durante más de cuatro décadas.

Por eso su fallecimiento no representa únicamente la pérdida de una dirigente histórica. Significa la despedida de una mujer que convirtió el dolor en esperanza, la ausencia en memoria colectiva y la resistencia en una forma de amor.

Quedarán sus discursos, sus abrazos, sus pañuelos blancos y una frase que seguirá atravesando el tiempo como una invitación permanente a no resignarse: la única lucha que se pierde es la que se abandona.

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