Un posteo en redes volvió a exponer una operación discursiva peligrosa: confundir solidaridad con Palestina y crítica al Estado de Israel con antisemitismo, y convertir símbolos palestinos en amenazas morales. El resultado no solo banaliza una acusación grave: también reproduce una lógica islamofóbica que busca silenciar identidades y debates.
Un puesto de artesanías en Defensa al 700. Una feria autogestionada. Una bandera palestina colgada a la vista. Ese es todo el “hecho” que Claudio Avruj necesitó para denunciar en redes “el atroz antisemitismo de cada día que se expande”. No hubo consignas de odio, ni agresiones, ni referencias antijudías. Hubo un símbolo político. Y, sin embargo, la acusación fue inmediata, tajante y pública.
La escena es reveladora no por lo que ocurrió en la feria, sino por lo que Avruj decidió ver en ella. Su posteo no describe un acto antisemita: lo fabrica. Equipara, sin mediación ni argumento, la presencia de una bandera palestina con una forma de odio racial. Esa operación no es un error conceptual ingenuo; es una estrategia discursiva que busca correr el eje del debate y clausurar cualquier expresión crítica hacia el Estado de Israel.
Apoyar la existencia del Estado palestino no es antisemitismo. Oponerse a las políticas bélicas del Estado de Israel no es antisemitismo. Denunciar ocupaciones, bloqueos o acciones militares no es antisemitismo. Antisemitismo es el odio, la persecución o la discriminación contra personas judías por su condición de tales. Confundir deliberadamente estos planos no protege a las comunidades judías: banaliza una categoría histórica de violencia y la convierte en un arma política.
Pero el problema no termina ahí. El señalamiento de Avruj también habilita otra lectura, igual de preocupante: la reproducción de una lógica islamofóbica indirecta. La acusación no se dirige contra una consigna específica ni contra un discurso identificable de odio. Se dirige contra un símbolo palestino en sí mismo, tratado como una amenaza moral por el solo hecho de existir en el espacio público.
Así opera la islamofobia contemporánea: no siempre a través del insulto explícito al islam, sino mediante la criminalización de símbolos, la estigmatización de causas políticas ligadas a pueblos mayoritariamente musulmanes y la construcción de un “otro” peligroso al que hay que señalar y expulsar. En este marco, lo palestino aparece asociado al mal, al odio, a lo intolerable, aun cuando no hay ningún hecho que lo sustente.
Al presentar una bandera palestina como un acto “atroz”, Avruj borra deliberadamente la complejidad de un pueblo diverso —musulmán, cristiano, laico— y lo reduce a una identidad homogénea y sospechosa. No discute ideas, no refuta argumentos, no debate políticas internacionales. Señala. Denuncia. Estigmatiza. Y lo hace desde un lugar de poder simbólico que busca disciplinar la expresión política en el espacio público.
La referencia a que la feria está “autorizada por el GCBA” tampoco es inocente. Funciona como advertencia: el Estado observa, registra y eventualmente puede sancionar. El mensaje implícito es claro: ciertos símbolos no deberían mostrarse, ciertas causas no deberían visibilizarse, ciertos debates no deberían darse. No por ilegales, sino por incómodos.
Usar la acusación de antisemitismo de este modo no solo la vacía de sentido; también erosiona la lucha real contra el odio antijudío. Cuando todo es antisemitismo, nada lo es. Y cuando una bandera se convierte en delito simbólico, el problema ya no es el odio: es la censura.
En la feria de Defensa no hubo antisemitismo. Hubo una bandera. Lo que sí hubo fue una operación discursiva que confunde, estigmatiza y silencia. Una operación que banaliza el antisemitismo y, al mismo tiempo, reproduce una narrativa donde lo palestino —y por extensión lo árabe-musulmán— es sospechoso por existir. Ese desplazamiento no es casual. Tiene consecuencias. Y merece ser nombrado, discutido y cuestionado con la misma firmeza con la que se combate cualquier forma real de odio.
La expositora vecina a ese puesto es judía y pide que la retire pues no se trata de una feria políticia sino cultural. Como respuesta es invitada a irse. Que no es su lugar. Es abucheada, insultada a gritos antijudios y acusatarios, tambien por la muchedumbre que se agolpa. pic.twitter.com/9Zr7AibHIn
— Claudio Avruj (@clauavruj) March 1, 2026




















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