Del “enemigo rojo” al proveedor estrella del ajuste libertario

Compartí esta nota en tus redes

Javier Milei pasó de denunciar al “comunismo chino” como una amenaza civilizatoria a abrirle el puerto, el mercado y los dólares. Mientras la industria automotriz nacional se derrumba y suspende trabajadores, un buque con 5.000 autos eléctricos de BYD ingresa sin aranceles. El libre mercado, cuando conviene, también habla mandarín.

Javier Milei construyó buena parte de su identidad política sobre una épica binaria: Occidente versus el comunismo, el capitalismo puro frente a la “amenaza china”. Durante años, China fue presentada como el reverso moral de su cruzada libertaria. Un país autoritario, colectivista, incompatible con los valores de la libertad económica que decía encarnar.

Pero el dogma dura lo que dura la caja.

El 20 de enero de 2026, el puerto de Zárate recibió un cargamento histórico: más de 5.000 autos eléctricos e híbridos de la marca china BYD. No fue una anécdota logística ni un episodio menor del comercio exterior. Fue una escena política. Mientras las terminales nacionales operan al 50%, suspenden personal y reducen salarios, el “enemigo comunista” ingresó por la alfombra roja del régimen especial: sin pagar el arancel del 35% que rige para vehículos extra Mercosur.

La ironía es perfecta: el gobierno que se proclama paladín del capitalismo occidental habilita importaciones masivas desde la República Popular China, el mismo país al que Milei calificó reiteradamente como una dictadura comunista incompatible con Argentina.

El problema, claro, no es China. El problema es la hipocresía.



El comunismo que no molesta cuando abarata

Según el propio Ministerio de Economía, el ingreso de estos vehículos se ampara en un cupo anual de 50.000 unidades “verdes” para fomentar tecnologías menos contaminantes. El envío de BYD representa apenas el 10% del total permitido y menos del 5% de los patentamientos proyectados para 2026.

Mientras los autos chinos desembarcan sin aranceles, la industria automotriz argentina atraviesa una de sus peores crisis en años. Las cifras de ADEFA son elocuentes: en diciembre, la producción nacional cayó un 30,3% respecto del mes anterior. Las exportaciones, especialmente hacia Brasil, siguen en retroceso. El mercado interno, aunque muestra un rebote estadístico en concesionarios, está sostenido por financiamiento precario y pérdida brutal del poder adquisitivo.

En Santa Fe, General Motors confirmó la continuidad de suspensiones mensuales. Los trabajadores cobran apenas el 75% del salario durante los parates. El ajuste no es un concepto abstracto: tiene nombres, turnos cancelados y recibos de sueldo recortados.

Pero nada de eso parece incompatible con el “modelo”.



El liberalismo libertario no es una doctrina, es una excusa

Aquí aparece la pregunta incómoda: ¿dónde quedó la defensa de la producción nacional? ¿En qué capítulo del liberalismo se justifica destruir empleo local para importar autos chinos subsidiados por un Estado que Milei detesta en sus discursos?

Cuando se trata de salarios, jubilaciones o empleo industrial, el mercado es una fuerza natural e implacable. Cuando se trata de importaciones estratégicas, el Estado aparece con cupos, beneficios y excepciones arancelarias. El mismo Estado que Milei dice querer destruir es el que habilita, regula y garantiza el ingreso masivo de bienes importados que compiten de manera desigual con la industria local.

Y el dato más grotesco: todo esto ocurre con China como protagonista central.

El “país comunista” pasó de ser una amenaza ideológica a convertirse en proveedor clave del consumo argentino. No hay ruptura civilizatoria, no hay objeción moral, no hay discurso anticolec­tivista que resista cuando el negocio cierra.

El puerto de Zárate fue el escenario físico de esta metamorfosis ideológica. Por allí entraron los autos eléctricos que simbolizan la nueva coherencia libertaria: el comunismo no molesta si llega en contenedores, no exige derechos laborales argentinos y no presiona por paritarias.

Mientras tanto, en las plantas locales, el ajuste se profundiza. Retiros voluntarios, suspensiones, despidos encubiertos. Desde 2024, el deterioro del entramado industrial no se detuvo. El discurso oficial habla de eficiencia y competencia; la realidad muestra desindustrialización y dependencia creciente.

Javier Milei no dejó de ser anticomunista. Simplemente redefinió qué comunismo le molesta.

Le molesta el que organiza trabajadores, el que reclama derechos, el que cuestiona la concentración económica. No le molesta el comunismo que produce barato, exporta en masa y ocupa el espacio que deja la industria nacional destruida por el ajuste.

China, al final, no era el problema. El problema era el relato.

Y como todo relato vacío, se cae apenas entra en contacto con la realidad… o con un barco lleno de autos eléctricos.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *