¡Se regula sólo! En sólo 5 días hubo dos aumentos de combustibles

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El litro de nafta súper en YPF pasó de $1.720 a $1.755 en apenas cinco días, en una nueva escalada que combina microajustes empresariales, aumentos impositivos y el impacto del dólar y del Brent. El Gobierno reconoce que en enero habrá un reacomodamiento aún mayor. El bolsillo, otra vez en la línea de fuego.

El aumento del precio de la nafta en Argentina se convirtió en un ritual incómodo, previsible y cada vez más frecuente. En apenas cinco días, el litro de súper en YPF saltó de $1.720 a $1.755, un incremento del 2% que no sorprende a nadie, pero que irrita a todos. La escena vuelve a repetirse: un usuario sube la foto del surtidor a X, se viraliza, se acumulan likes indignados y la sensación de que el aumento del combustible ya no tiene freno se instala en el humor social. La nafta es, tal vez, el termómetro más crudo de lo que pasa en la economía: cuando sube, algo más profundo se está moviendo.

La explicación oficial combina tecnicismos y justificaciones sobre sostenibilidad fiscal, pero en la práctica el golpe es concreto. El Gobierno aplicó un nuevo tramo del esquema impositivo fijado en el Decreto 840/2025, publicado el 28 de noviembre. Ese movimiento sumó $16,377 por litro al Impuesto a los Combustibles Líquidos (ICL) y $1,003 al Impuesto al Dióxido de Carbono (IDC). No es todo: el resto de los ajustes postergados —que corresponden todavía a inflación acumulada de 2024 y de los primeros tres trimestres de 2025— quedó reprogramado para enero de 2026. Es decir, lo que hoy vemos es apenas una parte del golpe. El propio Ministerio de Economía reconoció que decidió “evitar un salto abrupto” antes de fin de año, pero lo que evitó hoy terminará impactando dentro de pocas semanas. Sumando IVA y tributos internos, los impuestos ya representan aproximadamente el 35% del precio final por litro.



En paralelo, las petroleras avanzan con su propia estrategia. No son grandes aumentos, sino pequeños movimientos constantes, conocidos como micropricing, que rondan entre 0,5% y 2% por ajuste y se aplican cada pocos días. Así ocurrió en noviembre, cuando se registraron al menos cinco subas sucesivas. En diciembre, la tendencia continúa: cada nueva actualización del dólar oficial —que avanza al ritmo del crawling peg del 2% mensual— y cada variación del Brent, que en las últimas semanas subió alrededor del 3%, se trasladan casi de inmediato a los surtidores. Argentina sigue importando aproximadamente el 20% de la nafta que consume, por lo que el impacto del precio internacional es inevitable.

La evolución de los últimos meses muestra con claridad el desfasaje entre los combustibles y el resto de la economía. En octubre, la nafta súper rondaba los $1.391; a fin de noviembre ya se ubicaba en $1.497. El 27 de ese mes, tras otro ajuste impositivo (Decreto 782/2025), saltó a $1.720. Y el 2 de diciembre alcanzó los actuales $1.755. Para un tanque promedio de 45 litros, llenar el auto cuesta casi $79.000, cuando hace apenas un mes el mismo llenado rondaba los $67.000. En ciudades como Córdoba y Buenos Aires, el litro de la versión premium ya supera los $2.000. En Patagonia, con beneficios impositivos diferenciados, el precio baja algo —alrededor de $1.650—, pero también registra subas constantes. En Salta, se ubica cerca de los $1.683. El país entero se mueve hacia arriba, y la tendencia no parece quebrarse.

El impacto no se limita a los automovilistas. Cada punto porcentual de aumento en los combustibles empuja un 0,2% los precios de los alimentos y bienes de consumo por efecto del transporte y los fletes. Por eso, este ajuste sumará entre 0,1 y 0,2 puntos adicionales a la inflación de diciembre, estimada entre 2 y 2,5%. Aunque la cifra es aparentemente baja en relación con otros períodos del pasado reciente, la fatiga social se profundiza: los salarios no acompañan, el consumo cae y la percepción generalizada es que todo se mueve más rápido que los ingresos. Las ventas de combustibles cayeron 4% interanual en noviembre, una señal inequívoca del deterioro del poder adquisitivo. Un dato llamativo, casi un síntoma cultural: el consumo de premium, en cambio, subió un 5%. Algunos usuarios optan por combustibles más caros buscando eficiencia y rendimiento ante precios que consideran insoportables.

Pero la discusión trasciende la economía doméstica. Para miles de usuarios de redes, la suba del combustible se convirtió en un símbolo del desorden más amplio. Funcionan las comparaciones con 2023, cuando el litro costaba unos $533 —una cifra que hoy parece salida de otro universo—, conviven los memes sobre la nafta “premium de lujo” y proliferan llamados a boicotear estaciones. El enojo se mezcla con un sentimiento de resignación: todos saben que el aumento de enero ya está escrito. Y que no será menor. Si el Gobierno no vuelve a postergar los ajustes pendientes, el precio podría sumar entre $20 y $30 por litro a partir de enero de 2026. A eso se agrega una actualización del 5% autorizada en biocombustibles, que también podría trasladarse a los surtidores.

El sector energético observa con expectativa la evolución de Vaca Muerta, que en octubre registró una producción petrolera de 859 mil barriles diarios, un 5% más que el mes anterior. Las petroleras esperan que las exportaciones permitan aliviar los costos internos y, eventualmente, contener los aumentos. Sin embargo, la dinámica actual indica que la combinación de impuestos, microajustes y presiones internacionales seguirá marcando el ritmo. Y ese ritmo, hoy, es marcado, constante y ascendente.

Las subas tan frecuentes alimentan una sensación de incertidumbre que atraviesa la vida cotidiana. La gente se organiza para cargar “antes de que aumente”, una frase que ya circula como advertencia permanente. Los taxis y remises ajustan tarifas a cuentagotas, los comercios trasladan costos y los transportistas recalculan rutas para minimizar gastos. Todo se acomoda alrededor del combustible. Todo se vuelve más caro cuando sube la nafta.

El cierre del año exhibe una paradoja: mientras el Gobierno argumenta que los ajustes escalonados son necesarios para recomponer cuentas fiscales y ordenar un sistema impositivo que arrastraba retrasos desde 2024, la ciudadanía percibe exactamente lo contrario: más presión, más desgaste y menos alivio. Lo que para la administración es un proceso de normalización, para la sociedad es una serie interminable de aumentos.

El combustible es, finalmente, el espejo de una economía que no termina de estabilizarse. Cada nueva suba se siente como un recordatorio de que el bolsillo está siempre en disputa. Y diciembre, con fiestas, viajes y gastos extra, vuelve a exponer la fragilidad del ingreso. La pregunta no es si habrá más aumentos, sino cuándo. Y todo indica que la respuesta llegará pronto.

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