¡Insólito! Olmedo defiende la explotación laboral mientras acumula denuncias por trabajo esclavo

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El empresario y diputado Alfredo Olmedo volvió a ser tendencia tras declarar en televisión que “hay mozos que quieren trabajar 20 horas”. Su frase, destinada a justificar la reforma laboral del gobierno de Javier Milei, reactivó la indignación pública por su historial de causas judiciales por trata y explotación de trabajadores rurales.

El video, viralizado por la cuenta @ArrepentidosLLA, expuso la contradicción moral del oficialismo libertario: mientras promueven la “libertad laboral”, sus figuras emblemáticas arrastran denuncias por esclavitud moderna. La historia de Olmedo, entre el discurso del sacrificio y las causas por servidumbre, muestra hasta qué punto el gobierno de Milei legitima la precarización extrema como valor moral y modelo económico.

A veces, una frase basta para desnudar el corazón de un proyecto político. Alfredo Olmedo, empresario agropecuario y legislador aliado de Javier Milei, lo hizo sin pudor en el programa “La Yapa”, emitido el 6 de noviembre desde Salta. Con su habitual tono campechano, declaró: “Yo trabajo 14 horas y estoy impecable. Tengo un mozo en uno de mis restaurantes y a él le encantaría trabajar 20 horas”. Lo dijo para defender la reforma laboral del gobierno, que habilita jornadas de hasta 12 horas y deja abiertas excepciones “por convenio”.

El fragmento, de apenas 56 segundos, se viralizó al instante. La cuenta @ArrepentidosLLA fue la primera en publicarlo el 7 de noviembre, y en pocas horas superó las 50.000 vistas, 3.500 likes y 680 republicaciones. La indignación fue inmediata. La ironía más repetida en redes resumió el sentir general: “Si el mozo quiere trabajar 20 horas es porque le pagás una miseria por 8”. Otros usuarios fueron más duros: “Olmedo hablando de libertad mientras tiene causas por esclavitud es como un violador defendiendo el consentimiento”.


Detrás de la frase no hay sólo cinismo o ignorancia: hay un patrón. El discurso del sacrificio —tan funcional al gobierno libertario— convierte la explotación en mérito y la desigualdad en destino natural. Lo que Milei y sus aliados llaman “libertad laboral” es, en la práctica, el desmantelamiento de derechos conquistados durante un siglo de luchas obreras. Y en el caso de Olmedo, ese discurso se vuelve aún más obsceno cuando se recuerda su pasado judicial.

En 2011, la AFIP y el Ministerio de Trabajo clausuraron su finca “AHO S.A.”, en La Rioja. Allí encontraron a 400 trabajadores, en su mayoría migrantes bolivianos, viviendo en condiciones que un informe oficial describió como “infrahumanas”: carpas de nailon, un solo baño, comida en mal estado, sin agua potable y con menores trabajando. La causa fue caratulada como “trata de personas y reducción a la servidumbre”, con penas de hasta 15 años. Olmedo negó todo, se presentó a declarar y habló de “persecución política”.

Lejos de ser un episodio aislado, los informes sindicales y judiciales se repitieron. En 2019, UATRE denunció nuevas irregularidades: más de 30 peones en cinco fincas sin aguinaldo ni aportes jubilatorios, trabajando sin ropa adecuada y bajo amenazas de despido. “Nos tiene como esclavos”, declaró uno de ellos a la prensa. El mismo patrón se repitió en 2025: en mayo, una nueva inspección constató “condiciones laborales precarias e inhumanas” en otra propiedad de la misma empresa.

Tres denuncias, tres décadas distintas, un mismo modelo. Olmedo siempre tuvo la misma defensa: culpar a las víctimas. Dijo que “es el estilo cultural de esta gente” o que “los planes sociales los acostumbraron a no trabajar”. Frases que revelan algo más profundo que un conflicto individual: un desprecio estructural por los trabajadores pobres, especialmente migrantes, que encaja perfectamente con la matriz ideológica del gobierno de Javier Milei.

En el universo libertario, la desigualdad no es un problema sino una prueba de mérito. Por eso Olmedo puede proclamarse ejemplo de sacrificio mientras justifica jornadas de 14 o 20 horas. No importa que la OIT establezca límites estrictos para prevenir la explotación ni que la Constitución argentina reconozca el derecho al descanso. En su lógica, el mercado es la única ley, y quien no aguanta, sobra.

La “reforma laboral” que el gobierno impulsa en ese mismo sentido busca flexibilizar los contratos, eliminar las indemnizaciones tradicionales y permitir turnos extendidos bajo la excusa de “modernizar la economía”. Pero detrás del tecnicismo se esconde una transferencia brutal de poder desde los trabajadores hacia las patronales. Lo que se presenta como libertad es, en realidad, subordinación absoluta: el trabajador como mercancía descartable, el patrón como amo legítimo.

El caso de Olmedo condensa ese proyecto. Su figura —a medio camino entre empresario mediático y político de ultraderecha— simboliza la Argentina que Milei está construyendo: un país donde el éxito personal se mide en horas de trabajo sin descanso y la explotación ajena se presenta como virtud moral. No es casual que haya sido recibido con simpatía en los círculos libertarios. Su relato del “yo me rompo el lomo” encaja perfecto en la narrativa del gobierno que desprecia la organización sindical, demoniza el salario mínimo y celebra los despidos como eficiencia.

Sin embargo, la viralización del video no sólo expuso su hipocresía individual. Puso en evidencia el corazón ideológico del proyecto mileísta: la idea de que el sufrimiento del trabajador es el precio de la “libertad”. Un modelo que romantiza la precariedad y naturaliza la desigualdad, como si el derecho al descanso o a un salario digno fueran lujos de otro siglo.

Hay algo profundamente perverso en que un dirigente con causas por servidumbre pretenda dar lecciones de ética laboral. Pero más preocupante aún es que lo haga bajo el amparo de un gobierno que legitima esas ideas. Mientras la Argentina real sufre inflación, hambre y desempleo, los libertarios discuten cómo extender las jornadas laborales sin que eso suene a esclavitud. Y Olmedo, que en su momento fue acusado de tener a cientos de peones viviendo en carpas, se presenta como modelo de esfuerzo.

La viralización del clip fue inevitable: en tiempos donde cada declaración pública se mide en segundos de impacto, Olmedo volvió a ser la caricatura perfecta del “empresario ejemplar” que el mileísmo idolatra. Pero también, sin quererlo, reveló la contradicción moral del oficialismo: predican libertad, pero practican sometimiento.

Las reacciones en redes lo confirmaron. Hasta cuentas simpatizantes del gobierno optaron por borrar o silenciar el video, conscientes del costo simbólico. Porque no hay relato meritocrático capaz de justificar el cinismo de quien equipara trabajo con esclavitud voluntaria. Y si algo mostró este episodio es que, pese a la propaganda oficial, todavía existe sensibilidad social ante el abuso y la injusticia.

El caso Olmedo no es un desliz comunicacional, sino una radiografía del poder actual: un gobierno que desregula, empresarios que celebran la desprotección y medios que maquillan la crueldad bajo el nombre de eficiencia. La frase “hay mozos que quieren trabajar 20 horas” no sólo revela ignorancia; revela un modelo de país donde la dignidad laboral es una variable descartable.

En el fondo, no se trata sólo de Olmedo. Se trata de un sistema que, desde el poder, pretende convencer a los argentinos de que el agotamiento es libertad, la servidumbre es vocación y la pobreza es culpa individual. Y frente a esa maquinaria discursiva, la viralización del video se convierte en un pequeño acto de resistencia: una sociedad que, pese a todo, todavía reacciona ante la injusticia.

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