Santilli y Adorni confirman el doble discurso del gobierno de Milei: no asumirán las bancas que prometieron ocupar

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Las designaciones de Diego Santilli como ministro del Interior y de Manuel Adorni como jefe de Gabinete revelan el cinismo del gobierno libertario, que hizo bandera del “anticasta” y ahora repite los vicios más tradicionales de la política que decía combatir.

Ambos dirigentes, electos como legisladores en octubre, renunciaron a sus bancas para sumarse al Ejecutivo de Javier Milei, incumpliendo las promesas realizadas a sus votantes y protagonizando exactamente aquello que habían denunciado: las candidaturas testimoniales. El caso refleja la creciente concentración de poder en manos de Karina Milei y el clan Menem, y marca un nuevo capítulo en el deterioro ético del oficialismo.

La contradicción es tan evidente que ni el propio gobierno de Javier Milei logra disimularla. En menos de una semana, el presidente confirmó que su flamante ministro del Interior será Diego Santilli, el “exitoso” candidato libertario que había encabezado la lista en la provincia de Buenos Aires y que, apenas días atrás, había prometido asumir su banca en la Cámara de Diputados. En paralelo, su vocero y rostro mediático, Manuel Adorni, fue designado jefe de Gabinete, el cargo de mayor jerarquía política después del Presidente. Ambos, electos por la voluntad popular, abandonan esas bancas sin haberlas ocupado un solo día.

La jugada es doblemente significativa. Primero, porque consagra una práctica que el propio Milei calificó como “fraude al electorado”: las candidaturas testimoniales, esa maniobra tan criticada en boca de los libertarios cuando eran oposición. Segundo, porque desmantela el discurso de la pureza moral que sostenía al oficialismo: “Nosotros no somos como ellos”, decían. Hoy, el archivo los desmiente.

Santilli fue contundente durante la campaña. En una entrevista televisiva, al ser consultado sobre si dentro de La Libertad Avanza había candidatos testimoniales, respondió sin dudar: “No, no tenemos testimonial. Absolutamente todos los candidatos de nuestra alianza iban a asumir”. Más aún: explicó que, para él, lo testimonial era “volver a un cargo anterior”, y que su compromiso era con la banca legislativa. Ahora, su desembarco en el ministerio encargado de articular con gobernadores y Congreso pulveriza aquella definición.

El caso de Adorni es incluso más grotesco. Hasta hace pocos días, el portavoz presidencial machacaba en conferencias que las candidaturas testimoniales eran “un fraude al electorado”. Lo dijo sin titubear, con el mismo tono moralista con que fustigaba a los “políticos de la casta”. Hoy, en una pirueta argumental, se defiende asegurando que su caso “es distinto”, que él “ya estaba trabajando para la Legislatura” y que su nuevo cargo es “una cuestión de deber jerárquico”. En resumen: los principios valen mientras no molesten al poder.

Esa frase suya —“Ante el llamado del Presidente, uno se debe al Presidente”— sintetiza con crudeza el nuevo credo libertario: la lealtad no es al electorado, sino al líder. La ética del compromiso público queda subordinada a la obediencia personal. En nombre de la “meritocracia” y del “orden”, el gobierno de Milei reproduce el verticalismo más viejo de la política argentina, el que juró demoler.

La contradicción se agrava cuando se recuerda que el propio Milei había prometido, durante la campaña, que “todos los candidatos libertarios iban a asumir sus cargos si resultaban electos”. No fue una frase suelta: era parte de su cruzada contra los “políticos que usan al pueblo como trampolín”. Hoy, ese mismo Milei avala —y festeja— que sus dos principales voceros políticos incumplan la palabra empeñada.

Detrás de la maniobra hay algo más que oportunismo. Hay una consolidación del poder en manos de un pequeño círculo: Karina Milei y los Menem. Ellos diseñaron la nueva estructura ministerial que relegó a figuras incómodas como Guillermo Francos y premió a quienes mostraron obediencia total. El resultado es un gabinete cada vez más concentrado, menos plural y más alineado con los intereses personales del entorno presidencial.

El ascenso de Santilli tiene una lectura política inmediata: es un intento de recomponer los puentes con los gobernadores y el Congreso, dos ámbitos donde el oficialismo acumula fracasos. Pero también implica resignar el compromiso electoral con los bonaerenses que lo votaron para representarlos en el Parlamento. Rubén Torres, un militante libertario de Ezeiza cercano a Sebastián Pareja, ocupará su banca, sin legitimidad propia ni visibilidad pública. En otras palabras: los votos se usaron como moneda de cambio para ubicar a un funcionario de confianza del aparato partidario.

Mientras tanto, Adorni se apresta a coordinar el gabinete con el estilo que lo hizo famoso: el de quien pontifica más que gobierna. Su paso de vocero a jefe de Gabinete es la coronación simbólica de una era en la que la comunicación importa más que la gestión. Y su nombramiento refleja la degradación institucional del cargo, pensado como un espacio de articulación política y convertido ahora en tribuna ideológica.

El contraste entre las promesas libertarias y la práctica real es cada vez más brutal. Milei llegó al poder denunciando la “vieja política” y jurando que jamás repetiría sus vicios. Hoy, su gobierno funciona con las mismas lógicas de privilegio y cinismo. Los funcionarios que decían representar la “nueva honestidad” traicionan, sin pudor, el mandato que les dieron las urnas.

La pregunta que se impone es si este tipo de decisiones son errores tácticos o una característica estructural del mileísmo. Todo indica lo segundo. Desde el inicio, el proyecto libertario se alimenta de un relato que dice una cosa y hace otra. Se predica austeridad mientras se multiplican los sueldos de funcionarios; se promete transparencia mientras se ocultan contratos; se exalta la libertad mientras se ataca la educación y se persigue a docentes. Ahora, se defiende la voluntad popular al mismo tiempo que se la ignora.

La contradicción de Santilli y Adorni no es un hecho aislado: es el síntoma de un modelo que se derrumba sobre sus propias mentiras. La base discursiva de Milei —el mérito individual, el sacrificio, el respeto por la palabra— se deshace frente a la lógica del acomodo político. En nombre de “la eficiencia”, se avala la falta de coherencia. En nombre del “cambio”, se reedita lo peor de la política tradicional.

A la larga, estas decisiones erosionan la confianza pública. La sociedad, golpeada por la inflación, el ajuste y la pérdida de derechos, asiste una vez más a la confirmación de que el poder político no se rige por las mismas reglas que exige a los ciudadanos. Y el daño es doble: no solo se defrauda al votante, sino que se banaliza la mentira como herramienta de gestión.

En un país que todavía busca recomponer su institucionalidad, la ética política no puede reducirse a un eslogan de campaña. Los libertarios lo sabían. Lo dijeron mil veces. Pero cuando el poder los llama, la coherencia se evapora. El resultado es un gobierno cada vez más encerrado en su propio relato, incapaz de sostener la palabra empeñada y cada vez más alejado de la realidad de la gente.

No es casual que, mientras se discuten estas designaciones, el Ejecutivo avance con aumentos en tarifas, recortes en salud y nuevas privatizaciones. La agenda real del gobierno se impone bajo el ruido de las contradicciones discursivas. Milei no necesita cumplir sus promesas si logra mantener vivo el espectáculo de sus enemigos imaginarios. En ese teatro, las bancas vacías de Santilli y Adorni son apenas una escenografía más del fraude moral que La Libertad Avanza intenta maquillar.

Pero la memoria social es más tenaz de lo que suponen. Los argentinos han visto demasiadas veces cómo los gobiernos que prometen revolución terminan administrando el statu quo. Y esta vez, la distancia entre el discurso libertario y la realidad del poder ya es inocultable. Cada paso que da Milei hacia la concentración y el amiguismo desmiente la épica de la libertad que lo llevó al gobierno.

Santilli y Adorni son apenas las caras visibles de una hipocresía colectiva. Ambos encarnan el nuevo rostro de la vieja política: la que predica la verdad mientras practica la mentira, la que se disfraza de cambio mientras perpetúa el privilegio. En definitiva, la que usa la palabra “libertad” para justificar la sumisión al poder.

El oficialismo podrá maquillar sus contradicciones con discursos o con marketing, pero hay algo que no puede revertir: la evidencia. Y esa evidencia muestra que, en menos de un año de gestión, el gobierno libertario ya traicionó su principal promesa: ser distinto.

FUENTE

Tiempo Argentino – “Contradicción y polémica: Santilli y Adorni no asumirán sus bancas, en contra de su propio discurso contra las candidaturas testimoniales”
https://www.tiempoar.com.ar/politica/santilli-y-adorni-no-asumiran-sus-bancas-en-contra-de-su-propio-discurso-contra-las-candidaturas-testimoniales

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