El operativo que evitó una tragedia en una escuela de Caballito expuso algo más que un caso policial: la expansión del odio político y el fanatismo violento entre jóvenes simpatizantes del discurso ultraliberal del gobierno de Javier Milei.
La Policía Federal detuvo a un chico de 16 años acusado de planificar un tiroteo escolar. En su casa hallaron réplicas de fusiles con inscripciones nazis, bombas molotov y un cuaderno con el plan del ataque. Según fuentes policiales, el adolescente mostraba afinidad con comunidades libertarias y mensajes afines al gobierno nacional. La falta de políticas de contención y el avance de discursos violentos son parte de un mismo deterioro social que Milei prefiere negar.
La detención de un adolescente de 16 años en Caballito por planear un tiroteo escolar estremeció a Buenos Aires. Lo que comenzó con un reporte del FBI sobre publicaciones amenazantes en la red X terminó con un allanamiento de la Policía Federal en Juan Bautista Alberdi al 1600, donde se halló un arsenal casero: bombas molotov, armas blancas, cargadores, gas pimienta y réplicas de fusiles con inscripciones de tiradores como Anders Breivik o Brenton Tarrant.
Entre los objetos también había una carta suicida y un cuaderno en el que detallaba paso a paso cómo realizar el ataque: primero una amenaza en un shopping para distraer, luego ingresar al colegio disfrazado de policía y abrir fuego. El plan imitaba el esquema del terrorista noruego Breivik, autor de una masacre en 2011 que dejó 77 muertos.
Fuentes de la investigación señalaron que el adolescente mostraba afinidad con contenidos libertarios y grupos de extrema derecha, donde se mezclan consignas ultraliberales con símbolos del supremacismo blanco y referencias a líderes políticos actuales. En sus posteos, decían, compartía mensajes de odio hacia sindicatos, movimientos feministas y organizaciones sociales, alineados con el discurso de “la casta” y el desprecio al Estado, tan repetido por Javier Milei y su entorno.

El caso, caratulado como “intimidación pública”, está en manos del Juzgado Federal N.º 1 de María Servini. Pero el verdadero interrogante excede a la causa: ¿qué clase de país está produciendo una juventud que asocia libertad con destrucción?
Desde la asunción de Milei, el Estado argentino se ha retraído de sus funciones básicas. Los programas de salud mental, educación pública y prevención de violencia juvenil fueron desfinanciados o desmantelados. El discurso oficial, que promueve la confrontación y desprecia la empatía, funciona como combustible para quienes buscan en el odio un sentido de pertenencia. Cuando el propio Presidente celebra insultos, niega el valor de la educación y convierte la agresión en marca de identidad política, los resultados son inevitables.
El adolescente de Caballito no nació en el vacío: fue moldeado por un clima social donde se normaliza el desprecio por el otro, donde las ideas de “orden” se confunden con represión y donde los líderes políticos se presentan como profetas de una guerra cultural. En ese ecosistema, los foros extremistas y las comunidades libertarias más radicales se convierten en espacios de adoctrinamiento informal.
El Ministerio de Seguridad, hoy concentrado en perseguir manifestaciones y docentes, no tiene un solo programa activo de detección temprana de radicalización juvenil. Tampoco existen campañas públicas sobre salud mental o prevención de discursos de odio. Paradójicamente, el gobierno que más habla de “libertad” es el que menos se preocupa por la vida de los jóvenes.

Según la Unidad Antiterrorista, este es el décimo caso similar en los últimos dos años. Todos los involucrados eran menores de edad, con perfiles ideológicos que oscilan entre el neonazismo y el libertarismo radical. La convergencia no es casual: ambos modelos comparten una misma matriz de individualismo extremo, desprecio por lo público y culto a la violencia como forma de afirmación personal.
Lo ocurrido en Caballito no es un hecho aislado: es la consecuencia de un país donde la desigualdad crece, la educación se deteriora y la palabra presidencial legitima el odio. Hoy, la amenaza ya no viene solo de los márgenes: se gesta en las casas, en las redes, en los discursos de poder.
Mientras el joven espera peritajes psiquiátricos, el país sigue sin un debate serio sobre los límites del discurso de odio ni sobre la responsabilidad del Estado frente a esta nueva forma de violencia. La pregunta que queda flotando es brutal: ¿qué puede esperar una sociedad cuyo gobierno alienta la confrontación y desprecia la empatía?
Porque en la Argentina de Milei, la línea entre la libertad y el fanatismo se está borrando peligrosamente.
Fuente
.https://www.clarin.com/policiales/detuvieron-caballito-chico-16-anos-planeaba-tiroteo-antigua-escuela-arsenal-apologia-nazismo-mencion-anders-breivik_0_aQKVob4w9F.html

















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